Notas periodísticas

Abril 2005

¿Qué más?

Luís de la Calle

El Universal

¿Estamos listos para enfrentar precios récord de petróleo?

Mancera Los precios altos quitan a la Secretaría de Hacienda el principal mecanismo para rehusar mayores niveles de gasto federal. En vísperas de un año electoral, la tentación se volverá irresistible

Yogi Berra sentenciaba que la predicción es un negocio arriesgado, sobre todo cuando se trata del futuro. En las últimas semanas los analistas se han aventurado a predecir que en próximos meses el petróleo cotizará cerca de 100 dólares por barril.
Este nivel implicaría un crecimiento del precio de más de 60%, que debería sumarse al incremento de otro 60% que ha tenido en los últimos 12 meses. Tales alzas equivaldrían a un nuevo choque petrolero similar en dimensiones si no es que mayor al ocurrido en 1973.

El raciocinio del alza pronosticada, si puede haber alguno que el mercado no hubiera ya tomado en cuenta, descansa en la observación de una demanda creciente por la recuperación de la economía mundial aunada a la muy poca inversión en perforación por razones de inestabilidad política o militar en algunas fuentes, por restricciones ambientales en otras, por falta de recursos financieros de empresas clave, por ausencia de reformas en México y al agotamiento de pozos en el mar del Norte y otros. Adicionalmente, el mercado está a punto de experimentar una situación novedosa: pronto Arabia Saudita estará produciendo al máximo, sin margen de maniobra para abrir válvulas y saciar la sed de consumo desaforado.

En cualquier caso, aún si el incremento temido no se materializa, no debemos esperar que el precio del crudo baje en el futuro inmediato; es muy probable que transitemos 2005 y una parte de 2006 con precios elevados.

Generalmente se piensa que mayores precios del petróleo son buenos para México. Entre más alto sea el precio, mayor la renta que se obtiene con un costo de producción de cuatro dólares, más holgados los márgenes para ampliar el presupuesto de exploración de Pemex y el desarrollo de la industria, mayor capacidad presupuestaria para gasto social, mejores términos de intercambio y más ingreso agregado.

Sin embargo, intuimos que no todo puede ser tan positivo. De alguna manera, que un fenómeno que conviene a Hugo Chávez no puede convenirnos a nosotros. De hecho los precios altos del crudo pueden tener efectos muy perniciosos en la economía mexicana si no tomamos las medidas adecuadas para lidiar con sus efectos macro y microeconómicos.

Es conocido el argumento del efecto perverso del precio alto a través del doble impacto negativo sobre la economía de EU: por un lado equivale a un impuesto que disminuye la capacidad adquisitiva de los consumidores y, por otro, el inevitable crecimiento en el nivel general de precios con frecuencia se traduce en un endurecimiento de la política monetaria para evitar una espiral inflacionaria.

Además del efecto indirecto a través de la economía de Estados Unidos que se puede traducir en menor crecimiento del mercado de exportaciones y en una caída en inversión extranjera, el punto más sensible para nosotros tiene que ver con el hecho de que dedicamos los ingresos petroleros para financiar gasto corriente. Esto se da por lo menos en dos ámbitos: los precios altos generalmente producen un mucho mayor gasto en Pemex, ya que se vuelve muy difícil para la dirección de la empresa y el consejo de administración negar las constantes solicitudes por parte de sindicatos, proveedores y otros rentistas. En segundo lugar, los precios altos quitan a la Secretaría de Hacienda el principal mecanismo para rehusar mayores niveles de gasto federal. En vísperas de un año electoral, la tentación se volverá irresistible. En la discusión del Presupuesto 2006, la SHCP no contará con la excusa de que el mejor estimado del precio de la mezcla mexicana es 23 dólares por barril y que la Cámara de Diputados sería altamente irresponsable de predecir un precio superior.

El problema, por supuesto, es doble: por un lado dedicamos un recurso no renovable para gasto corriente que no expande permanentemente la capacidad productiva y, por otro, los incrementos en gasto que en su mayoría se destinan al gasto de personal son difíciles de revertir.

La discusión de la ley de presupuesto nos presenta ahora una oportunidad de hacer una auténtica reforma estructural para afrontar las fluctuaciones del precio internacional del petróleo. Lo primero es reconocer que ni la SHCP ni el Congreso deben estar en el negocio de predecir el precio del petróleo. Así, deberíamos acordar un nivel de precio modesto (15 dólares por barril sería razonable) como base para la elaboración del presupuesto federal.

Posteriormente, se establecería un fondo alimentado por los ingresos producto de precios superiores al precio base. El saldo de este fondo se podría utilizar exclusivamente para el retiro de deuda y para inversión en infraestructura carretera.

La iniciativa de ley de presupuesto se encuentra ahora en la Cámara de Diputados. La discusión gira alrededor de las competencias compartidas entre Ejecutivo y esta cámara. Éste es un asunto importante aunque mayormente resuelto excepto el derecho de veto a favor del Legislativo por las reformas constitucionales de julio pasado que permiten explícitamente la modificación del presupuesto en la Cámara. Esperemos que el Congreso tome la delantera y proponga la auténtica despetrolización del presupuesto y el uso de un recurso no renovable sólo para proyectos de inversión.

buzon@cmmsc.com.mx

* El autor es socio de De la Calle, Madrazo, Mancera, S.C. (CMM)