¿Estamos listos para enfrentar precios récord
de petróleo?
Mancera Los precios altos quitan a la Secretaría de Hacienda el
principal mecanismo para rehusar mayores niveles de gasto federal. En
vísperas de un año electoral, la tentación se volverá irresistible
Yogi Berra sentenciaba que la predicción es un negocio arriesgado, sobre
todo cuando se trata del futuro. En las últimas semanas los analistas se
han aventurado a predecir que en próximos meses el petróleo cotizará
cerca de 100 dólares por barril.
Este nivel implicaría un crecimiento del precio de más de 60%, que
debería sumarse al incremento de otro 60% que ha tenido en los últimos
12 meses. Tales alzas equivaldrían a un nuevo choque petrolero similar
en dimensiones si no es que mayor al ocurrido en 1973.
El raciocinio del alza pronosticada, si puede haber alguno que el
mercado no hubiera ya tomado en cuenta, descansa en la observación de
una demanda creciente por la recuperación de la economía mundial aunada
a la muy poca inversión en perforación por razones de inestabilidad
política o militar en algunas fuentes, por restricciones ambientales en
otras, por falta de recursos financieros de empresas clave, por ausencia
de reformas en México y al agotamiento de pozos en el mar del Norte y
otros. Adicionalmente, el mercado está a punto de experimentar una
situación novedosa: pronto Arabia Saudita estará produciendo al máximo,
sin margen de maniobra para abrir válvulas y saciar la sed de consumo
desaforado.
En cualquier caso, aún si el incremento temido no se materializa, no
debemos esperar que el precio del crudo baje en el futuro inmediato; es
muy probable que transitemos 2005 y una parte de 2006 con precios
elevados.
Generalmente se piensa que mayores precios del petróleo son buenos para
México. Entre más alto sea el precio, mayor la renta que se obtiene con
un costo de producción de cuatro dólares, más holgados los márgenes para
ampliar el presupuesto de exploración de Pemex y el desarrollo de la
industria, mayor capacidad presupuestaria para gasto social, mejores
términos de intercambio y más ingreso agregado.
Sin embargo, intuimos que no todo puede ser tan positivo. De alguna
manera, que un fenómeno que conviene a Hugo Chávez no puede convenirnos
a nosotros. De hecho los precios altos del crudo pueden tener efectos
muy perniciosos en la economía mexicana si no tomamos las medidas
adecuadas para lidiar con sus efectos macro y microeconómicos.
Es conocido el argumento del efecto perverso del precio alto a través
del doble impacto negativo sobre la economía de EU: por un lado equivale
a un impuesto que disminuye la capacidad adquisitiva de los consumidores
y, por otro, el inevitable crecimiento en el nivel general de precios
con frecuencia se traduce en un endurecimiento de la política monetaria
para evitar una espiral inflacionaria.
Además del efecto indirecto a través de la economía de Estados Unidos
que se puede traducir en menor crecimiento del mercado de exportaciones
y en una caída en inversión extranjera, el punto más sensible para
nosotros tiene que ver con el hecho de que dedicamos los ingresos
petroleros para financiar gasto corriente. Esto se da por lo menos en
dos ámbitos: los precios altos generalmente producen un mucho mayor
gasto en Pemex, ya que se vuelve muy difícil para la dirección de la
empresa y el consejo de administración negar las constantes solicitudes
por parte de sindicatos, proveedores y otros rentistas. En segundo
lugar, los precios altos quitan a la Secretaría de Hacienda el principal
mecanismo para rehusar mayores niveles de gasto federal. En vísperas de
un año electoral, la tentación se volverá irresistible. En la discusión
del Presupuesto 2006, la SHCP no contará con la excusa de que el mejor
estimado del precio de la mezcla mexicana es 23 dólares por barril y que
la Cámara de Diputados sería altamente irresponsable de predecir un
precio superior.
El problema, por supuesto, es doble: por un lado dedicamos un recurso no
renovable para gasto corriente que no expande permanentemente la
capacidad productiva y, por otro, los incrementos en gasto que en su
mayoría se destinan al gasto de personal son difíciles de revertir.
La discusión de la ley de presupuesto nos presenta ahora una oportunidad
de hacer una auténtica reforma estructural para afrontar las
fluctuaciones del precio internacional del petróleo. Lo primero es
reconocer que ni la SHCP ni el Congreso deben estar en el negocio de
predecir el precio del petróleo. Así, deberíamos acordar un nivel de
precio modesto (15 dólares por barril sería razonable) como base para la
elaboración del presupuesto federal.
Posteriormente, se establecería un fondo alimentado por los ingresos
producto de precios superiores al precio base. El saldo de este fondo se
podría utilizar exclusivamente para el retiro de deuda y para inversión
en infraestructura carretera.
La iniciativa de ley de presupuesto se encuentra ahora en la Cámara de
Diputados. La discusión gira alrededor de las competencias compartidas
entre Ejecutivo y esta cámara. Éste es un asunto importante aunque
mayormente resuelto excepto el derecho de veto a favor del Legislativo
por las reformas constitucionales de julio pasado que permiten
explícitamente la modificación del presupuesto en la Cámara. Esperemos
que el Congreso tome la delantera y proponga la auténtica
despetrolización del presupuesto y el uso de un recurso no renovable
sólo para proyectos de inversión.
buzon@cmmsc.com.mx
* El autor es socio de De la Calle, Madrazo, Mancera, S.C. (CMM)