Adolfo
Sánchez Rebolledo
Debate nacional
Fuente:
CNEE-sur.net
(17/04/08)
• La necesidad de abrir
un espacio para el debate nacional en torno a la reforma de la
industria petrolera es inobjetable, pues de ningún modo suplanta al
trabajo legislativo y, sí, en cambio, lo enriquece, le da vitalidad,
arraigo. La visión de la política como asunto de especialistas,
distante de las preocupaciones más vivas de la ciudadanía, no ha
sido nunca una fórmula democrática y contradice las virtudes del
sistema representativo. En este punto se puede diferir en cuanto a
la naturaleza de los medios puestos en juego para alcanzar dicho
objetivo de ir al debate nacional, condenar la radicalidad de las
formas, como si éstas no exigieran mayores reflexiones políticas,
pero ningún juicio es válido si no considera el contexto en que se
dan los hechos. Por supuesto, en democracia, las conductas se
premian o castigan con los votos, es cierto, pero en este asunto aún
falta un largo camino por recorrer, de modo que es mejor evitar la
histeria de adelantar vísperas quemando en leña verde a una de las
partes.
La cuestión de qué tipo de reforma de Pemex plantea el gobierno se
ha despojado de todo misterio: allí están las iniciativas (aún falta
alguna), de manera que hay materia concreta sobre la cual trabajar.
Sin embargo, aun para los hasta ayer partidarios del fast track, es
obvio que el camino será largo y, si no mejora el clima general, se
volverá accidentado y peligroso para el país. Es mucho lo que está
en juego, lo admitan o no los fieles de la tecnocracia que sólo ve
peligros en la conducta ajena. Padecemos las secuelas del déficit de
normalidad democrática que define nuestra transición inconclusa ante
una cuestión de suyo trascendente. Por favor, no hagamos como si no
pasara nada. Por lo menos, démosle al debate el tiempo que el tema
exija. La discusión central no debería estar entre la televisión
versus algunos partidos, como ahora ocurre, sino en la sociedad
convocada por el Congreso.
No estamos ante una reforma más y esto conviene reiterarlo, pues
aunque el gobierno en la propaganda millonaria magnifica los
alcances de su propuesta, (y juega sin pudor con los usos de la
riqueza aún no extraída) al mismo tiempo la empequeñece para que
pase sin contratiempos los procedimientos legislativos. Limadas las
aristas más filosas, es decir, la renuncia a modificar el 27
constitucional (base de su alianza con el PRI) se ha pronunciado por
un debate puntual, pragmático, como si, en efecto, se tratara de
leyes comunes y corrientes. La trampa es demasiado evidente. En
primer término porque existen dudas razonables en cuanto a si, en
efecto, las iniciativas realmente eluden plantear un esquema
privatizador como ha dicho el gobierno o son meras fórmulas ideadas
para burlar el espíritu y la letra del 27 constitucional, cuya
abolición es requerida con la fuerza de un dogma por todos los que
aspiran a llevarse un buen pedazo de la tajada petrolera mexicana.
Hay razones para abrigar sospechas, pues la modificación de las
leyes secundarias no asegura, como ya se ha visto en el caso de la
electricidad, la fidelidad a los principios constitucionales ni
acredita, por parte del gobierno, la renuncia a la privatización. El
argumento en contra de la privatización no apela, como han dicho
algunos profesores, al rencor social de los que nada tienen. Tampoco
la defensa del petróleo es una causa entre otras posibles. Debatir
sobre su importancia aquí y ahora debía ser el eje del debate
nacional asumido, pero aún no concretado por los legisladores.
Teniendo en cuenta la experiencia acumulada en esta materia, la cual
no es desdeñable, pues al día siguiente de la expropiación en 1938
ya estaba en pie el intento de asaltar legalmente la renta
petrolera, se han alzado algunas voces subrayando la opacidad de las
iniciativas a este respecto. Cuauhtémoc Cárdenas, en un lúcido y
oportuno artículo publicado en estas páginas, alertó contra el
carácter entreguista de la pretendida reforma: “De aprobarse estos
textos, estaría dándose, en los hechos, la entrega a la inversión
privada de áreas estratégicas de la industria petrolera, que
dejarían de manejarse en función de un interés público para pasar a
manejarse de acuerdo a intereses privados, extranjeros o nacionales.
La experiencia de las privatizaciones vivida en los últimos
sexenios, deja ver que así sucedería también en la industria del
petróleo”.
Otros analistas conocedores del tema energético, como Antonio
Gershenson, han denunciado que la propuesta calderonista no sólo
entrega algunas actividades reservadas a la iniciativa privada, sino
que en conjunto pretende configurar una empresa paralela a Pemex,
deformando por completo la noción de “industria nacional” explícita
en nuestra legislación. Hay un aspecto que nunca se había hecho
público, hasta el envío del proyecto de reformas: refinerías
privadas. Una empresa, de hecho extranjera, puede construirse su
refinería, operarla y venderle la gasolina y demás refinados, que
son mucho más caros que el petróleo crudo, a Pemex, todo esto
mediante contratos. Algo así como los “productores externos” con la
industria eléctrica “nacionalizada”. Al sustraer de la exclusividad
del Estado el transporte, almacenamiento y distribución de gas, de
los productos que se obtengan de la refinación de petróleo y de los
petroquímicos básicos, afirma el ex director de Pemex, Francisco
Rojas, “se quita a la industria estatal y a la nación sus vasos
comunicantes, sus arterias y sus venas”.
Por eso y más repito lo que dije hace una semana en este espacio,
aunque se renuncia a la privatización como noción positiva (venta de
activos) ésta subyace como criterio ordenador de la acción
gubernamental. No conciben al Estado como representante del interés
nacional, sino como promotor de los negocios privados. Ésa es la
diferencia “filosófica” entre los neoliberales y sus críticos de
izquierda. Ojalá y el Congreso sea sensible a la necesidad de no
ahorrar tiempo en detrimento de la transparencia de su labor. Ojalá
y la última palabra se corresponda con la defensa del interés
nacional.
PD. Dos ausentes lamentables: El PRD, perdido como partido y sin
brújula, empujado por dentro y fuera a la fractura. El sindicato
petrolero, siempre silente y apoyador. Para la derecha que piensa
que el mejor sindicato es el que no existe, hoy deviene aliado
imprescindible. ¡Qué tragedia que los trabajadores no sean la
columna vertebral de la reforma que se requiere! Pero ninguna
burocracia trabaja contra sus propios privilegios, pero, ojo, hasta
ésos se derrumban.