Rolando Cordera Campos
Los veneros del diablo
Fuente:
UNTCIP.net
(18/02/2008)
• La reacción inmediata
es ¿por qué? ¿Por qué se ha incurrido en tanta irracionalidad en el
uso del petróleo, de su renta, y de la entidad estatal responsable
de su explotación, industrialización, comercio y expansión? ¿Por qué
la dilapidación salvaje de los fastuosos ingresos y excedentes
petroleros de los últimos años? ¿Por qué, tantas veces y sobre
tantos asuntos vitales para Mexico?
Registro esta serie casi interminable de porqués luego de asistir a
una estimulante reunión convocada por institutos de la UNAM e
Ingenieros Pemex Constitución 1917. Los datos, cifras y tendencias
presentados parecen contundentes, aunque sabemos que en esta
veleidosa materia, la del petróleo y la energía, nada hay firme,
todo es gaseoso y, en nuestro caso, institucionalmente opaco.
Nada es seguro, en efecto, porque el crudo se escabulle y engaña;
sin embargo, las series estadísticas y las gráficas, junto con los
relatos de la propia experiencia profesional vertidos esa mañana,
apuntan en un solo sentido: por las razones que se quiera, de las
antropológicas y cercanas al racismo corriente, a las glamorosas de
la “elección pública o racional”, hasta las más pedestres de un
historicismo huero pero no menos intencionado, México cayó en una
suerte de enfermedad holandesa que lo llevó a echarse a la vera del
camino del desarrollo, y se dedicó a merendarse la renta petrolera
en un grotesco homenaje al diablo y las escrituras de nuestro gran
López Velarde.
El panorama resultante es, sin duda, de dureza extrema: penuria
energética absoluta, y con ella una hacienda pública harapienta y
desgarrada por la disputa brutal por sus migajas, aunque todo ello
bajo el oropel de la democracia impoluta que no admite falacias y el
triunfo federal, comandado por los nuevos señores de la guerra.
Hay que empezar por algún lado, aunque el nudo parezca impenetrable.
¿Por qué dejamos de explorar en aguas someras y en las zonas del
territorio definidas como promisorias? Porque, decía la razón al
modo, Cantarel lo era todo y guay de aquel que advirtiera sobre su
inevitable finitud. ¿Por qué se insiste hoy en que no hay otro
horizonte que las aguas profundas, sin abordar siquiera la pregunta
anterior? Porque, dice el presidente Calderón, todos lo hacen ya,
porque Fidel firmó contratos de riesgo con el que se dejó, porque
Brasil va muy adelante o, dicen los ingenieros… porque las
multinacionales observan el declive inevitable de las explotaciones
profundas en Europa, Mar del Norte, etcétera, y se abocan a un
furioso lobby en México para que sus fierros, tecnologías,
plataformas, etcétera, encuentren pronto acomodo y no se queden
ociosos.
¿Por qué dilapidamos gozosos los excedentes provenientes del alza de
precios del crudo en un gasto corriente que se desparramó a estados
y municipios? Porque así es la vida en los trópicos, dirá el cínico
o, dicen los economistas políticos… porque así le convino al
vicepresidente Gil y porque ese fue el precio de la pax foxiana.
¿Por qué no construimos refinerías a tiempo, y modificamos su diseño
para hacerlas compatibles con las necesidades y la economía de la
generación de electricidad? Porque con los “precios de
transferencia” que se establecieron para Pemex la refinación
“resultó” no rentable y, así, se actuó racionalmente conforme a los
dictados de un mercado… que, en realidad, dicen los que saben, fue
inventado, como juego de Nintendo para economistas modernos.
La realidad sin historia que cultiva el discurso oficial: declive
acelerado y fatal de las reservas probadas, salvo que se explore en
mares profundos, donde, Calderón dixit, “tenemos un tesoro
enterrado”; endeudamiento oneroso de Pemex; hiperadicción petrolera
de las finanzas públicas. Y de aquí, linchamiento mediático contra
todo lo que huela a defensa de Pemex y que no admita como
mandamiento un fuerte componente de privatización o apertura. Como
se hizo más de una vez en estos tiempos de globalización desbocada:
la carreta por delante del caballo y el flautista de Hammelin como
metáfora tecnocrática del desbarrancamiento mental y moral de la
República.
El gobierno, luego de haber alborotado la gallera con unos planes
nunca expuestos, parecía haber recapacitado al admitir que se
necesitaba un diagnóstico. Pero hoy, viernes, nos amanecemos con las
declaraciones de la inefable señora Kessel (La Jornada, p.5) y con
las jugarretas verbales de Calderón al decir good bye, que nos ponen
ante un juego absurdo que, sin embargo, es siniestro precisamente
por lo que se juega. El campo para el debate, que la convocatoria al
diagnóstico parecía abrir, se cierra, por otra pueril maniobra de
distracción y dilación que abre la puerta para una refriega en la
que habrá algo más que gritos y sombrerazos.
Sagazmente, en sus dicharachos en Los Ángeles, el licenciado
Calderón dijo que de darse, respetaría la decisión de “quedarnos
como estamos”, pero advirtió sobre el agotamiento inminente de las
reservas. “La segunda opción que planteó es que pueda optarse por
destinar más recursos a Pemex… hay que ver de dónde sacamos más
recursos, podría ser de gasto social” (Reforma, 15/02/08, p.1)
Aparte de todo, habrá que admitir que al Presidente lo engañaron en
el ITAM y en Harvard…
Con este extraño fin del tour americano, el gobierno decreta el fin
del tiempo del ingenio menor de la teocracia neoliberal. Llegó la
hora para el poder constituido, en el Ejecutivo y en el Congreso, de
responder preguntas como las aquí esbozadas, porque la paz social y
política del país se ha puesto en riesgo, por tanta avidez y tan
poca responsabilidad pública, hoy como ayer.