Luis
Linares Zapata
Pemex: la presa sitiada
Fuente:
UNTCIP.net
(22/02/08)
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Las elites decisorias del país han
llegado a un acuerdo para la apertura de Pemex a la inversión
privada. Por tal referencia se entiende, en verdad, la entrada del
capital externo que, se alega, portan las empresas de energía
internacionales que por años le han dado la vuelta a la noria de las
presiones, los consejos y hasta los sobornos con tal de hacerse con
una parte de la jugosa renta petrolera. El PAN y el gobierno
federal, auxiliados por un conjunto de gobernadores ávidos de
meterle el diente a los remanentes petroleros, han jalado a los
dirigentes cupulares del PRI a este tinglado de intereses. Juntos,
quieren modernizar a Pemex, eufemismo que trata de ocultar, ante los
mexicanos de banqueta, las crudas intenciones que los empujan a
trastocar o darle la tramposa vuelta a la misma Constitución.
Frente a ellos se mueve una fuerza popular de la magnitud suficiente
para detener tan inicuo proyecto. Es la fuerza de los clasificados,
con la malicia de los colmilludos, como duros, intransigentes, los
trasnochados nacionalistas, los opositores irredentos. Pero lo que
estos mexicanos sienten, saben por negativa y hasta trágica
experiencia, es que sin el total control de los energéticos, tal
como hoy ordena la Constitución en su artículo 27, México perderá la
capacidad de decidir su destino. Sin el apego al espíritu
nacionalizador que rescató los hidrocarburos nacionales de manos
extranjeras, allá por el lejano 38 del siglo pasado, el futuro
económico, tecnológico, industrial y hasta cultural del país entrará
en un túnel sin salida. La cruzada para evitar la catástrofe
planeada desde el poder no se detendrá hasta lograr el propósito que
la anima. Se cuenta, para ello, con la lucidez de muchos mexicanos
que van aportando análisis, estudios, experiencia pero, sobre todo
por la creciente movilización del pueblo.
La compulsión privatizadora, entreguista, de esa elite burocrática
es entendible. Lo es porque las personas que la integran cuidan, en
primerísimo lugar, sus propias biografías. Carreras políticas que
pretenden sean de éxitos continuos, asegurados desde las cúspides.
Son hombres y mujeres timoratos, con muy pocos arrestos para
enfrentar dificultades, para defender lo que los de abajo requieren.
Siempre están atentos a los que sucede arriba de ellos, a veces
voltean a sus lados pero sólo en raras ocasiones atisban abajo,
menos aún hacia adelante para otear un futuro que siempre está
plagado de incógnitas e inseguridades. Carecen de grandeza para
emprender aventuras transformadoras, las de gran aliento que exigen
la imaginación de la que carecen, duras luchas que esquivan a toda
costa, desgastes y, en especial, solicitan perseverancia y trabajos
múltiples difíciles de adoptar como cotidiana práctica.
Por estos días de pasiones e ilegitimidades angustiantes, las
presiones de sus patrocinadores se han robustecido. Sostienen que el
momento ha llegado. No se puede esperar más. Alegan que las reservas
se agotan, los recursos escasean, la tecnología no se domina, la
administración es deficiente, el sindicato asfixia, la necedad de
algunos estorba y se alienta la resistencia al cambio. Han estudiado
con detenimiento el tiempo preciso para actuar. Las encuestas de
opinión les dicen que, a pesar de que la mayoría de los mexicanos no
quieren abrir Pemex al capital trasnacional, la conciencia de la
muchedumbre es débil, puede afectarse con una efectiva campaña
publicitaria. Una donde se diga que no se puede aguantar más el
declive de la empresa, que las alianzas no son contratos de riesgo,
que no se privatizará ni un tornillo. Llegan a citar, con toda la
alarma del enterado, que los estadunidenses recurrirán al estúpido
método del popote para chuparse los veneros de chapopote de este
lado de la frontera marítima. Y esto lo anuncia, con voz de
salvador, un hombrecito del priísmo más decadente (Labastida) que
pretende salvar a Pemex. Sin verse como un simple favorecido por la
gracia de amistades, por la ayuda de subordinados encumbrados para
terminar con una carrera sin lustre, sin logros, llena de escaladas
inmerecidas y sonadas derrotas, ayuna de aportaciones a favor del
pueblo o de cualquier causa noble.
La interesada compulsión privatizadora de esa clase de personajes
que integran la elite oficialista actual sigue adelante, ahora con
ímpetu renovado por las fuertes presiones que reciben de aquellos
empresarios de gran calado que, para hacer negocios, para
incrementar sus enormes fortunas, requieren del manto gubernamental.
O por aquellas empresas y hasta gobiernos a los que les urge
asegurar sus atentos proveedores confiables. Trasnacionales que
desean, con ahínco, aprovechar los altos precios de los energéticos
para engrosar sus obscenas utilidades a costa de los desprevenidos
mexicanos que no saben cuidar y defender sus tesoros. Los
legisladores del PRIAN, el presidente formal, con sus asesores y
demás acompañantes de los medios, no pueden resistir las ambiciones
del gran capital, ya sea éste local o foráneo. Es un peso enorme
sobre sus timoratos espíritus.
El capital insaciable es la palanca que mueve al aparato establecido
y no, como se sostiene con fingida veracidad, las intenciones de
mejorar a la más importante empresa de los mexicanos, tal como
difunden los preclaros líderes del momento burocrático. Pero tampoco
se pueden descartar las complicidades individuales de los que
intervienen en el diseño de la ruta privatizadora.
Las ambiciones de los que extienden sombras y tratan de ocultar las
reales intensiones de la reforma energética y suavizan sus
consecuencias flotan inocultables. Se trasluce el cinismo de los
proponentes, los apoyos repletos de malicia sorprenden, la enjundia
difusiva y las opiniones de enterados que ponen sus prestigios en la
balanza abundan sólo para caer después en el vacío de los
extraviados. El petróleo y la energía en general (eléctrica) es un
tesoro que debe quedar bajo el dominio de la nación sin injerencia
externa o privada. Se trata, en última instancia, de decidir quién
manda: el capital externo o los mexicanos.