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Dos soberbias

Fuente: UNTCIP.net
(25/02/08)

• juangabriel_valencia@yahoo.com.mx

En política, la soberbia de un tecnócrata es sólo comparable a la de un ignorante. Ese es el drama de México durante las últimas décadas en torno a muchos temas gubernamentales, sobre los cuales había que tomar decisiones urgentes y se han pospuesto, ya no digamos por sexenios, sino por generaciones, simplemente porque quienes saben no han valorado el hecho de comunicar ni han sabido hacerlo y, por otro lado, quienes no saben tienen una creencia que rebasa el argumento racional y la mayoría de las veces la disposición y la posibilidad de informarse, saber y asumir una postura que trascienda la simple opinión.

Lo que pasa en la actualidad en el debate de la reforma energética no es una situación novedosa en la historia reciente del país. La tecnocracia, por llamarle de algún modo, los poseedores del conocimiento técnico y con la experiencia profesional, no han sabido elegir al sujeto ni al conjunto de sujetos a quienes habrían de dirigirse y convencer y, por igual, menos han sabido diseñar el mensaje pertinente para ello.

Ejemplos abundan. Desde finales de los años 60, diversas voces en la Secretaría de Hacienda y el Banco de México han planteado vías, que en la jerga académica contemporánea se les llama estructurales, para corregir la debilidad fiscal crónica del Estado mexicano. Han hecho sus planteamientos, los han respaldado técnicamente y han presentado su postura y su balance de costos y beneficios ante los grupos directamente involucrados. Sólo ante los directamente involucrados. ¿Y si no estoy directamente involucrado y tarde o temprano los costos y beneficios de esa decisión o de esa indecisión me van a alcanzar? No existo; el uso de la primera persona no es casual. Nunca en 40 años han podido formular de manera sencilla y didáctica en qué me beneficia o me perjudica el establecimiento de un impuesto patrimonial o la homologación del IVA. No es de extrañar que en el presente estemos ante un IETU fiscalmente escuálido que, para colmo, por igual no se entiende. Es un hábito mental que la tecnocracia aprendió de los viejos políticos, quienes sabían dirigirse a las creencias de grupos y masas, con absoluto desprecio de las personas reales. Y cuando la modernidad con la consecuente complejidad de los problemas alcanzó al país, la tecnocracia siguió ignorando al individuo, a la persona de carne y hueso y a sus familias, con la arrogancia propia del que piensa, a la antigüita, que el entorno político y cultural no ha cambiado y que únicamente hay que convencer al poderoso.

La tecnocracia ni entonces ni ahora ha sido capaz de segmentar a detalle las consecuencias de las decisiones que propone. Así abortaron en la segunda mitad del siglo pasado los intentos de reforma fiscal, energética, laboral y en parte financiera. Más ejemplos. Zedillo, Gurría y Guillermo Ortiz fueron incapaces de explicar a detalle, con sencillez, que no es simplismo, las consecuencias que hubiera tenido para mí o para usted, que la reforma financiera no se aprobara. Lo que importaba es que se aprobara, no que se aceptara. Y ahí anda todavía vociferando López Obrador con el Fobaproa, cuando buenas razones sobraban, muchas de ella al alcance del ciudadano común. Lo mismo sucedió con la aprobación del IVA en 1995; los diputados priistas votaron a favor por sumisos, no porque entendieran las consecuencias que eran imperativas para el país y para la viabilidad de la nación. Otro caso. La apertura de México en materia agropecuaria 14 años después de la aprobación del Tratado de Libre Comercio. Algunos productores están siendo afectados. Lo que son incapaces de decir estos tecnócratas es cuántos millones de consumidores están siendo beneficiados y cómo. Porque lo están.

Con la reforma energética se está reeditando ese círculo vicioso. Unos, los que saben, son incapaces de explicarlo de la A a la Z o simplemente no les interesa. Por su lado, los que creen, son incapaces de saber o tampoco les interesa, porque compartir la creencia política mayoritaria y ser vocero de ella es políticamente más rentable que una deliberación racional y saber.

Es pregunta. Sin tener nada que ver con Pemex, directamente, ¿a usted y a mí en qué nos beneficia que las cosas sigan igual o que cambien? La salud financiera de Pemex y su capacidad tecnológica, per se, me vale madres, con o sin cambios. Tanto comunicólogo multimillonario al servicio del Estado y no hay respuesta.

 



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