PETRÓLEO, GAS NATURAL Y PEMEX,
PROCESO DE PRIVATIZACIÓN Y ALTERNATIVAS
Fuente:
UNTCIP.net
(28/02/08)
• Víctor
Rodríguez-Padilla
Felipe Calderón asegura que su gobierno no privatizará a Petróleos
Mexicanos, que seguirá siendo del pueblo de México. Sin embargo, esa
promesa no incluye al petróleo, al gas natural y a los demás
hidrocarburos, ni tampoco significa voluntad real, efectiva y
contundente para fortalecer a la primera empresa del país, al
contrario, desde el inicio de su administración ha venido socavando,
al igual como hizo Vicente Fox, las bases técnicas, financieras y
gerenciales de la compañía pública como parte de un programa de
desmantelamiento de largo plazo, al tiempo que ha entregado a
empresas extranjeras la explotación de campos petroleros de Pemex.
Paralelamente ha tomado una serie de medidas para que el sector
privado nacional y extranjero continúen haciendo negocios en la
industria petrolera, ya sea realizando directamente las actividades
que componen la cadena del petróleo, el gas natural y los demás
hidrocarburos –lo cual está prohibido por la Constitución– ya sea
trabajando para Pemex mediante un contratismo desmedido.
Este ensayo tiene por objetivo exponer el proceso de privatización y
extranjerización de las actividades petrolera que acompaña al
desmantelamiento de Pemex y sus organismos subsidiarios, así como
una alternativa de reforma que atiende al interés de todos los
mexicanos y no sólo de unos cuantos como proponen las fuerzas de
derecha alentadas desde el extranjero.
1. Pemex, de palanca de desarrollo nacional a botín de intereses
privados
La administración de Pemex por parte del gobierno federal ha seguido
diversas pautas a lo largo del tiempo. En una primera etapa
(1938-1976) se le manejó como una empresa destinada a sustentar el
desarrollo económico con el imperativo fundamental de atender
necesidades nacionales. En una segunda etapa (1976-1982) se le
adicionó a sus responsabilidades la de ser fuente significativa de
divisas, obtenidas mediante la exportación de crudo, para soportar
un vasto programa de industrialización bajo la dirección del Estado.
Durante los años de la crisis de la deuda (1982-1988) se confirmó su
vocación de suministrador de divisas, pero ya no para impulsar el
desarrollo sino para pagar la deuda externa. Desde Salinas y hasta
la actualidad (1988-2008) se le ha venido utilizado como instrumento
de estabilidad macroeconómica y terreno de oportunidad para la
inversión privada en un proceso de desmantelamiento gradual y
progresivo, al tiempo que se privatizan las actividades petroleras.
Este último proceso empezó con la petroquímica y continuó con el gas
natural, y es probable que en pocas semanas alcanzará al petróleo si
se concreta el albazo legislativo que el PAN y el PRI pretenden
realizan en el Congreso en abril de 2008, coordinados y dirigidos
por Felipe Calderón.
1.1. 1938-1988, empresa al servicio del desarrollo nacional
Desde sus orígenes y sobre todo después de la expropiación de 1938
el gobierno utilizó a Pemex como palanca fundamental del desarrollo
económico, por la vía de proporcionar con suficiencia y oportunidad
combustibles baratos para soportar el crecimiento y el progreso del
país, es decir, como instrumento clave para un desarrollo económico
independiente. Asimismo, a la empresa se le puso al servicio directo
del interés social y el bienestar colectivo. Los subsidios a los
energéticos se justificaron en cumplimiento a las políticas públicas
de fomento a la agricultura, la industria y el transporte.
Sobre esa base la empresa incursionó en nueva áreas, integrando
cadenas productivas hasta construir una poderosa industria petrolera
con niveles crecientes de integración. Además de realizar
directamente las actividades de exploración, extracción,
procesamiento, transporte, almacenamiento, distribución y venta de
petrolíferos, gas natural y petroquímicos, Pemex creó unidades o
empresas suministradoras de servicios, reduciendo el contratismo a
su mínima expresión. Para despejar toda duda del significado de
explotación directa por parte de la Nación se cancelaron todos los
contratos de riesgo otorgados por las administraciones de Miguel
Alemán.
Durante este periodo se le consideró a Pemex como sinónimo de
industria petrolera. Era el instrumento mediante el cual la Nación
ejercía la propiedad y la explotación directa, principio y programa
codificado en la Constitución de 1917 y las reformas
constitucionales de 1940 y 1958.
Durante los años setentas el manejo de la empresa pública se adaptó
a las nuevas circunstancias, caracterizadas por la crisis energética
internacional y el descubrimiento de ricos yacimientos de petróleo
en el sur del país. Las tesis tradicionales de limitar el uso de los
hidrocarburos a la satisfacción de la demanda nacional, de reservar
los trabajos petroleros a la propia empresa petrolera y de cuidar
con celo el patrimonio geológico, se desmoronaron ante la premura de
aprovechar la oportunidad y, sobre todo, bajo la presión de los
Estados Unidos para que los nuevos descubrimientos en México
alimentaran a la economía estadounidense con un flujo seguro y
creciente de petróleo y gas natural.
El camino que tomó el gobierno de José López Portillo es conocido:
consideró que una política agresiva de exportaciones agenciaría los
recursos necesarios para financiar un ambicioso proyecto de
industrialización y modernización, en donde el Estado figuraba
todavía como el promotor por excelencia del desarrollo. Así, Pemex
tuvo un cambio sustancial: en lugar de comprometerse celosamente a
salvaguardar los hidrocarburos para las necesidades nacionales, se
volcó hacia la actividad exportadora. Ante la premura por realizar
la nueva tarea se flexibilizaron los criterios para la conducción de
la industria petrolera con el propósito de acelerar la perforación y
otros trabajos mediante la participación de contratistas privados.
Sería el comienzo del fin, Treinta años después vemos como el
contratismo exacerbado degeneró en un cáncer que está a punto de
acabar con el organismo público: más del 90% del gasto en inversión
en Pemex se realiza para contratar empresas privadas.
A partir de la crisis de la deuda (1982) pierde fuerza el modelo de
desarrollo basado en la conducción económica por el Estado y su
presencia directa en el aparato productivo. La industria petrolera
no escapó a los programas de ajuste derivados de los acuerdos con el
FMI y el Banco Mundial. Se conservaron las atribuciones de Pemex en
cuanto a garantizar el abasto de combustibles, exportar para obtener
divisas y aportar recursos al fisco, pero el gobierno comenzó a
limitar la función se servicio que hasta entonces había guiado el
desarrollo y manejo de la empresa; poco a poco Pemex dejó de ser
fuente de subsidios para la economía.
1.2. 1989-1994, Pemex al servicio de los negocios privados
Con las acciones militares, penales y políticas desplegadas en
contra tanto del sindicato y sus dirigentes como del contrato
colectivo y de los trabajadores –considerados por la administración
de Carlos Salinas como escollos a la modernización– el gobierno
asumió plenamente la dirección de la empresa y de la industria en
1989. A partir de ese momento el grupo en el poder imprime un giro a
la política petrolera y al manejo de Pemex para alejarlos del
mandato constitucional y ponerlos en sintonía con los preceptos de
la economía neoliberal y la integración comercial con los EU, en
otras palabras, hacerlos funcionales a los intereses del capital
internacional, especialmente estadounidense, en un ambiente de
corrupción y entreguismo.
Mediante un proceso de apertura gradual y progresiva se ideó
sustituir el control directo del Estado en materia de petróleo, gas
natural y petroquímica, plasmado en la Constitución, por una serie
de mercados en cascada donde participarían empresas nacionales y
extranjeras en un ambiente hipotéticamente competitivo. Las
operaciones petroleras serían aseguradas por empresas privadas
nacionales y extranjeras que trabajarían mediante un sistema de
contratos y permisos. En ese esquema el papel del Estado se
limitaría al de propietario de los recursos naturales, rector de la
actividad y regulador de la competencia, eludiendo de esa manera su
responsabilidad constitucional de realizar directamente la
explotación de los hidrocarburos.
Entre los grupos impulsores de esa política de apertura se impuso la
corriente pragmática que postulaba la conveniencia de mantener, al
menos por un tiempo, el control directo de las actividades más
rentables, lo cual significaría especializar a Pemex en la
extracción y exportación de petróleo crudo, fundamentalmente por dos
razones: en primer lugar, el papel básico del ingreso petrolero en
las finanzas públicas y en la distribución de la riqueza, al
permitir el pago puntual de la deuda pública y compensar el escaso
cobro de impuestos a las clases pudientes de la sociedad, es decir,
el manejo de clase de los hidrocarburos; en segundo lugar, el
nacionalismo petrolero arraigado en la sociedad mexicana y los
elevados costos políticos que resultarían de proponer cambios en la
máxima ley del país. Ante esas pesadas restricciones el grupo en el
poder prefirió abrir la industria poco a poco dándole la vuelta a la
Constitución mediante cambios en leyes, reglamentos, directivas y
resoluciones.
La estrategia de apertura consistió, en primer lugar, en hacer clara
distinción entre la industria petrolera y Pemex, es decir, entre el
conjunto de actividades que componen la cadena del petróleo, el gas
y los demás hidrocarburos y la entidad pública encargada de
participar en dichas actividades. Una vez realizada esa distinción
entre industria y operador, ambos niveles serían sometidos a
procesos específicos hasta lograr que el manejo de los recursos y el
la industria petrolera mexicana pasaran a manos de compañías
privadas, especialmente multinacionales. El Estado conservaría la
propiedad de los hidrocarburos y la administración de las cuencas
geológicas pero cedería al sector privado las actividades técnicas,
como si la rectoría del Estado fuera suficiente para conservar el
control sobre la explotación petrolera realizada en adelante por
empresas guiadas por el lucro y la ganancia. Recordemos que la
“rectoría del Estado” fue concepto utilizado por Carlos Salinas como
artilugio para convertir lo estratégico (reservado al Estado) en
“prioritario” (abierto al sector privado), y dar pauta a la
privatización masiva de empresas públicas.
- La industria sería desmonopolizada mediante desregulación y
liberalización de actividades, y la correspondiente privatización de
activos. La meta inmediata era acomodar nuevos operadores en
sustitución o en paralelo Pemex hasta lograr tarde o temprano el
reemplazo definitivo. Se trataba de abrir espacios y dar facilidades
al sector privado nacional y extranjero para que se instalara,
creciera, se fortaleciera, presionara por más y mayores cambios, y
exigiera la irreversibilidad del proceso argumentando “la necesidad
de dar certidumbre jurídica a las inversiones”, pero a sabiendas que
fueron realizadas inicialmente al margen de la Constitución y con
pleno conocimiento de causa por parte de los inversionistas.
- Pemex sería seccionado, reducido, limitado, inmovilizado y
debilitado, siguiendo la técnica sugerida por el Banco Mundial de
“llevar a la empresa a punto de privatización”. En las áreas
operativas en las que Pemex todavía estuviera trabajando se
reduciría selectivamente la inversión, al tiempo que sería
sustituido el capital propio por capital privado, mediante la
inversión conjunta y los contratos que incluyen el financiamiento.
Dentro de la nueva política petrolera se confirmó la obligación de
Pemex de garantizar el abasto en combustibles y petroquímicos
primarios pero sin la obligación de producir todo internamente, es
decir, permitiéndole al organismo la importación de los volúmenes
que fuera necesario o conveniente de acuerdo a los criterios de los
altos mandos de la SHCP. Los precios de los carburantes,
combustibles y petroquímicos se indexaron a los precios practicados
en los EU. Años más tarde se eliminaron los aranceles a la
importación de destilados.
Aunque los objetivos y estrategia fueron perfeccionados por las
administraciones posteriores el esquema de apertura y privatización
de la industria, y nuevo modelo empresarial de Pemex quedó definido
durante el sexenio de Carlos Salinas.
Durante la administración salinista el manejo neoliberal de Pemex se
concretó en la creación de cuatro empresa subsidiarias con cierto
nivel de autonomía bajo una conducción central, la desincorporación
sistemática de actividades, el estancamiento en la inversión, el
reemplazo del capital propio por capital privado, la
coinversión,[1]/ y el contratismo generalizado en un mercado de
servicios dominado por firmas extranjeras.
Durante las negociaciones del TLCAN 1991-1992 se pactó la apertura
de la petroquímica, la electricidad. El gobierno mexicano reservó el
petróleo y el gas, pero abrió las compras gubernamentales, dando
pauta para el desarrollo explosivo de la contratación de servicios
con empresas extranjeras. Se preparó la apertura de la industria de
gas natural. Se creó una comisión especializada –la Comisión
Reguladora de Energía– para regular los nuevos mercados que se tenía
planeado crear. En electricidad se pactó la entrada de empresas
extranjeras en la generación de electricidad para servicio público.
1.3. 1995-2006. Apertura, contratismo y desmantelamiento
Durante las administraciones de Ernesto Zedillo y Vicente Fox se
aceleró el proceso de extranjerización de las actividades petroleras
reservadas constitucionalmente al Estado, y se aceleró el
desmantelamiento de Pemex.
En 1995, al margen de la Carta Magna, se reformó la Ley
Reglamentaria del Artículo 27 Constitucional en el Ramo del petróleo
para dejar fuera de la industria petrolera reservada a la Nación, el
transporte, el almacenamiento, la distribución, la venta y el
comercio exterior de gas natural. El transporte de gas licuado por
medio de ductos fue incluido en el proceso. Poco tiempo después se
vendieron a empresas privadas las redes de distribución de gas
natural de Pemex y de la CFE. Las nuevas disposiciones regulatorias
ahora impiden a Pemex participar en la distribución de gas natural
lo cual es totalmente contrario al mandato constitucional.
Al margen de la Constitución, la petroquímica se abrió completamente
en 1996 y se pusieron en venta los complejos de Pemex aunque fracasó
la operación en virtud de las condiciones exigidas por los
potenciales compradores y por torpezas administrativas. El Estado
conservó la exclusividad en “petroquímicos básicos”, los cuales no
son petroquímicos sino hidrocarburos naturales extraídos de los
yacimientos. Con todo y ese doloso engaño, la apertura y
privatización de esa industria ha sido un rotundo fracaso porque el
sector privado no ha invertido y condiciona sus inversiones a la
entrega de subsidios públicos.[2]/
Durante la administración de Ernesto Zedillo el contratismo se
aceleró en forma notable. La inversión pública con recursos propios
entró en un proceso de extinción, siendo sustituida por inversión
con capital privado. Aparecieron grandes paquetes de obras
realizadas esencialmente por firmas extranjeras bajo el esquema
Pidiregas, modalidad de financiamiento que apareció como una
respuesta a la crisis financiera de 1994-1995 y que ofrece algunas
ventajas cuando se le usa puntualmente, pero que implica grandes
riesgos cuando se le usa masivamente como se ha venido haciendo, ya
que eleva innecesariamente el costo del capital y el endeudamiento,
y desplaza inversión con recursos propios. Esto último es
particularmente grave porque las empresas públicas pierden
competencias al dejar de operar los procesos, las instalaciones y
los equipos; la perdida de solvencia técnica destruye los cimientos
de los organismos públicos del sector y los hace inviable a largo
plazo.
Los Pidiregas se han convertido en un instrumento de la política
neoliberal que sirve para dejar que el sector privado haga negocio
donde la Constitución lo prohíbe, para provocar una crisis
financiera en Pemex que justifique un eventual rescate por parte del
Gobierno Federal o alguna forma de privatización, objetivo final del
capital internacional y sus aliados en el país, así mismo, para que
las empresas públicas pierdan competencias, conocimientos y
experiencia y, a final de cuentas, tengan que aliarse con firmas
privadas o sean remplazadas por estas.
Durante la administración de Vicente Fox se redoblaron los intentos
por “desmonopolizar” la industria y “modernizar” a Pemex, es decir,
entregar segmentos enteros de la industria petrolera a las
transnacionales, y socavar las bases técnicas, financieras y
gerenciales del organismo público. Al interior de la empresa se
aceleró la remodelación en función de intereses privados, en un
proceso completamente al margen del mandato constitucional y legal.
El intento fallido de incluir empresarios de renombre (como Carlos
Slim) en el Consejo de Administración de Pemex no se limitaba a
mejorar el desempeño del organismo introduciendo la visión y
prácticas empresariales del sector privado, la verdadera intención
era preparar la privatización entregando la administración de bienes
públicos a empresarios privados.
Como parte de la estrategia de apertura, recomendada por el Banco
Mundial, se encontraba y se sigue utilizado la voz de alarma y el
temor a la escasez. Las acciones del gobierno han tenido como fondo
un ambiente de crisis e incertidumbre sobre el abasto de
combustibles, debido a la supuesta incapacidad del sector público de
asumir las inversiones que hacen falta para responder al crecimiento
de la demanda. Vivimos bajo la amenaza de escasez, racionamientos,
importaciones masivas, cuando esos resultados son, por omisión o
comisión, producto del accionar gubernamental en manos de
neoliberales desde 1982. Los medios masivos de comunicación ligados
a intereses empresariales han jugado un papel central en la
estrategia de desinformación, desasosiego e intimidación.
El discurso oficial repite sin cesar que Pemex no se privatiza, sin
embargo, durante la administración de Vicente Fox y el primer año
del gobierno de Felipe Calderón se han venido transfiriendo
sistemáticamente la operación petrolera a empresas extranjeras en un
proceso de encogimiento y eventual extinción de Pemex.
- Contra viento y marea Pemex puso en marcha los
anticonstitucionales Contratos de Servicios Múltiples (CSM) que
permiten a una empresa extranjera explorar, extraer, procesar gas
natural, así como elaborar gas metano y otros petroquímicos básicos.
[3]/ Al realizar esas actividades el contratista se transformaba en
productor independiente de gas natural y “petroquímicos básicos”
(hidrocarburos naturales) que no prevé ni la Constitución ni la
legislación secundaria, porque la exploración, extracción y demás
eslabones de la cadena del petróleo y el gas natural están
reservados al Estado.[4]/ Los CSM no son un contrato de obra, son
contrato de servicios operativos que comprende actividades
reservadas a la Nación. Con Vicente Fox se asignaron 5 contratos y
ya con Felipe Calderón otros 3; y hubieran sido más pero el sector
privado desdeño los bloques ofrecidos por Pemex.
- El gobierno federal dejó a Pemex fuera de la industria de gas
natural licuado. A Pemex se le prohibió participar en las
licitaciones realizada por la CFE para abastecer con ese combustible
a las zonas de Altamira, Tamaulipas y de Ensenada, Baja California.
Dentro del nuevo modelo empresarial Pemex fue excluido de cualquier
proyecto de regasificación dejando el camino libre a Shell, Total,
Sempra, Repsol, Chevron-Texaco y otras compañías transnacionales.
Durante la presente administración Pemex tampoco participó en el
concursó para abastecer a la zona de Manzanillo, Colima.
- El gobierno federal ha permitió que Baja California sirva de
plataforma energética de los EU. El suelo mexicano es utilizado para
recibir gas natural de ultramar y maquilar electricidad sin ningún
beneficio para el país pero poniendo en riesgo la seguridad
nacional, el ambiente y el bienestar de las comunidades aledañas a
las instalaciones de las transnacionales.
- El Congreso, a solicitud del gobierno federal, aceptó modificar el
Anexo 401 del TLCAN, en abril de 2004 para permitir la entrada
masiva de destilados importados de Estados Unidos y Canadá. Además,
se confirió origen a los productos refinados a partir de crudos
provenientes de otras regiones, por lo que dichos destilados entran
ahora libres de arancel.
- Se aceleró la extracción de petróleo crudo y su envío a los EU a
pesar del desplome de las reservas probadas. El gobierno federal ha
concentrado atención y recursos en extraer crudo para el mercado
estadounidense. La integración energética con los EU va viento en
popa pero sin objetivos ni estrategia que no sean los que se dictan
desde afuera.
- El Congreso posibilitó a los particulares a desarrollar la
cogeneración en Pemex (2005). La administración de Felipe Calderón
ya entregó el primer proyecto a una empresa privada.
- El Congreso permitió a particulares explotar gas natural a partir
de mantos de carbón (2006), tomando como pretexto el “accidente” en
la mina Pasta de Conchos. Las disposiciones oficiales en materia de
seguridad industrial que se tomaron luego del percance (reglamentos
y normas) muestran claramente que los cambios en la Ley Minera
tuvieron una intención muy diferente a la de salvaguardar la vida de
los mineros y resultan inconstitucionales.
- Recientemente y al margen de la Constitución Pemex dio en
concesión (bajo la forma de un contrato de servicio), la red de
oleoductos y poliductos de la Región Sur (2007), pretextando el
estado deplorable de la infraestructura, accidentes recientes y
falta de presupuesto.
Así, los últimos gobierno neoliberales ha convertido a la industria
petrolera y a Pemex en una vasta área de negocio del sector privado,
especialmente extranjero. De continuar la tendencia toda la obra
pública y los servicios relacionados por la misma acabarán siendo
realizadas por firmas privadas y Pemex sólo se dedicará a otorgar
contratos. Si el contratismo ha invadido áreas medulares de la
explotación petrolera no es producto del azar sino de la voluntad de
que así suceda.
Autodestrucción
La naturaleza del modelo empresarial que los neoliberales le han
impuesto a Pemex es autodestructiva. La crisis a la que el equipo
gobernante está llevando a la empresa pública no es producto del
agotamiento de los recursos naturales, de los vaivenes económicos, o
de la insolvencia de su personal. Es el resultado de un plan
diseñado específicamente para eliminar la cultura nacionalista,
liquidar el patrimonio y entregar las actividades productivas al
sector privado.
A la empresa pública,
- Se le concentra en la extracción y exportación de crudo, pero
transfiriendo los trabajos petroleros a firmas transnacionales
(Schlumberger, Halliburton...) al amparo de amplísimos “Contratos de
Servicios Integrales” (CSI), que en sus últimas versiones resultan
ilegales porque el contratista realiza actividades reservadas al
Estado.
- Se le impide ejercer el oficio de petrolero. En el caso de Pemex
Exploración y Producción es claro como se le quiere desaparecer como
empresa petrolera. De acuerdo con el Plan de Negocios de esa
subsidiaria de Pemex, las operaciones serán transferidas
paulatinamente a las transnacionales mediante “innovadoras
modalidades de ejecución”.
- Se le quitan o niegan actividades operativas, entre otras aquellas
relacionadas con el natural licuado, la distribución de gas natural,
la cogeneración, la petroquímica y las actividades en el extranjero.
- Se favorece a sus competidores en el mercado nacional. Pemex está
convertido en una agencia comercializadora de los carburantes,
combustibles y petroquímicos importados de los EU y Canadá.
- Se le aplican controles excesivos e inmovilizantes que resultan en
ineficiencia. Mediante controles y restricciones asfixiantes por
parte de la SHCP y la SFP, se busca que Pemex no pueda responder de
manera ágil y oportuna a los problemas que se le presenta y de ahí
que falle o proporcione bienes y servicios de mala calidad. El
gobierno espera que el desempeño deficiente sea sancionado por la
opinión pública con un espaldarazo a la privatización.
- Se le impide desarrollar tecnología. El grupo que dirige a la
empresa ha impuesto la idea de que Pemex nunca podrá cerrar la
brecha tecnológica, excepto en renglones puntuales, por lo que debe
limitarse a “seguir a la tecnología”. Se hace caso omiso de las
experiencias exitosas de las empresas petroleras públicas altamente
tecnológicas como Petrobrás, Statoil, Petronas Sinopec y CNPC. El
Instituto Mexicano del Petróleo esta siendo sometido a un proceso de
liquidación silenciosa.
- Se desmontan equipos técnicos y se despide selectivamente al
personal. Los equipos técnicos están siendo desmantelados pues las
operaciones se están entregando ya sea a empresas petroleras (Repsol
YPF, Petrobras…) o a empresas de servicios (Halliburton,
Schlumberger…). Los trabajadores de la antigua generación de
petroleros, la más reticentes a la nueva estrategia empresarial,
están siendo despedidos y jubilados. Jóvenes administradores sin
experiencia pero ligados al partido en el poder (PAN) sustituyen con
salarios desproporcionados a ingenieros y técnicos que acaban siendo
contratados por las compañías privadas en precarias condiciones
laborales.
Paralelamente, el gobierno federal aplica mecanismos presupuestales,
fiscales, regulatorios y contables, para conducir a Pemex al borde
de una crisis financiera que justifique una costosa capitalización
por parte del Estado o, la verdadera intención, una reforma legal
con carácter aperturista y privatizador. Pemex está en crisis por
obra y gracia del gobierno federal en manos de economistas formados
en universidades estadounidenses y sus emulaciones locales.
El mecanismo opera de la siguiente forma:
- Se le quitan sus remanentes. El régimen fiscal desmedido que pesa
sobre Pemex tiene esa función. El organismo reporta pérdidas después
de impuestos desde 1998. El nuevo régimen fiscal y los ajustes
subsecuentes han beneficiado al organismo desde 2006, sin embargo la
desgravación ha sido completamente insuficiente vista la magnitud
del problema.
- Se le obliga a cumplir un voluminoso superávit primario. Dicha
obligación se inscribe cada año en la Ley de Ingreso a solicitud de
la SHCP. Pemex invierte el excedente en instrumentos financieros
diversos cuyo monto acumulado ya supera 30 mil millones de dólares
en 2007.
- Se le obliga a endeudarse. Al no tener suficientes recursos
propios Pemex tiene que recurrir al endeudamiento para realizar sus
programas de obras. Dentro de esa política de endeudamiento, la SHCP
obliga a utilizar sobre todo el nefasto esquema Pidiregas.
- Se le inventan pasivos. Los pasivos laborales y ambientales están
siendo contabilizados como si la empresa fueran a entrar en un
rápido proceso de liquidación, lo cual contradice los compromisos
presidenciales de que Pemex no se privatiza. Según los tres últimos
directores de la paraestatal, estos pasivos han aumentado
considerablemente debido a que “estamos utilizando normas más
rigurosas para su reconocimiento”. En realidad se trata de un manejo
contable tendencioso para inflar el pasivo y desaparecer el
patrimonio. Y lo mismo se hace en la CFE.
Durante las conferencias y comparecencia en el Congreso de los tres
últimos directores generales de Pemex (Raúl Muñoz Leos, Luís Ramírez
Corzo y Jesús Reyes Heroles) se ha planteó un escenario catastrófico
para la primera empresa del país. En los estados de resultados la
evolución de los costos y la elevada carga fiscal ocasionan pérdidas
después de impuestos. En los estados de situación patrimonial, las
pérdidas y los pasivos crecientes derivan en disminución sistemática
del patrimonio. En algunos trimestres las obligaciones de la empresa
con sus acreedores, tenedores de títulos financieros, instituciones
bancarias, contratistas, proveedores y trabajadores con derecho a
jubilarse, ya han sido mayores que los activos contables de la
empresa, incluidos los pozos, las instalaciones y las plantas. Es
decir, el patrimonio del organismo ha desaparecido.
Paradójicamente, a pesar de la quiebra contable, Pemex estaría
produciendo grandes cantidades de hidrocarburos y aportando al
erario una enorme masa de recursos que el gobierno federal se empeña
en mal gastar salvando empresas privadas, tapando los hoyos que deja
la evasión y la elusión fiscal, ofreciendo altísimos salarios y
prestaciones a los altos funcionarios públicos y sufragando gasto
corriente. Lo peor es que se empeña en perpetuar ese modelo
expoliador, inequitativo y perverso ampliando la búsqueda y
extracción de petróleo crudo con ayuda de las transnacionales aunque
tenga que cederles una parte sustantiva de los hidrocarburos
extraídos.
2. La reforma energética de Felipe Calderón
Los esfuerzos privatizadores de Felipe Calderón, plasmados o no e
iniciativas de ley, se enfocan en tres direcciones: el recurso
natural, la industria petrolera y el organismo público Petróleo
Mexicanos
En el plano del recurso natural la intención es que empresas
privadas puedan explorar y producir hidrocarburos, en alianza con
Pemex o de manera independiente, realizando las operaciones
petroleras al amparo de un título concesión o un contrato riesgo,
ambos prohibidos por el texto constitucional vigente. En ese tema
hay cinco puntos medulares de análisis y toma de decisiones:
- Derechos de propiedad sobre los hidrocarburos
- Distinción entre la administración del petróleo crudo y la del gas
natural
- Régimen fiscal al que estarán sometidas las compañías y Pemex
- Regulación que deberán cumplir los operadores independientemente
si son públicos o privados.
- Institución encargada de aplicar la regulación
En cuanto a la industria petrolera. La intención del gobierno
federal es permitir que empresas privadas puedan realizar
actividades hoy reservadas constitucionalmente a la Nación,
concretamente:
- Exploración y producción de petróleo, gas natural y otros
hidrocarburos
- Refinación de petróleo y procesamiento de gas natural
- Operación de oleoductos y poliductos.
En ese tema hay dos puntos medulares de análisis y toma de
decisiones:
- Arquitectura de mercado
- Régimen de propiedad, y dependiendo de lo anterior, el
- Arreglo financiero entre Pemex y los “operadores independientes”
(productores de hidrocarburos, refinadores, transportistas de
hidrocarburos y productos refinados, comercializadores).
Por lo que toca a Pemex, la intención es que inversionistas privados
puedan beneficiarse de los resultados obtenidos por la paraestatal,
a la que se le daría un nuevo status jurídico, una nueva misión, un
nuevo régimen fiscal, así como nuevas formas de gobierno, rendición
de cuentas y relación con sus trabajadores y el sindicato. Se trata
de que Pemex piense, decida y actúe como empresa privada, para
ampliar líneas de negocios, elevar eficiencia y productividad,
maximizar el valor de sus operaciones, todo ello en beneficio no de
todos los mexicanos sino de sus accionistas en México, Nueva York,
Londres, París y Tokio.
2.1 Apertura de las actividades de exploración y producción
La intención del gobierno federal y los promotores de la apertura es
cambiar la legislación secundaria para cuadricular el territorio
nacional y otorgar al sector privado nacional y extranjero
concesiones o alguna modalidad de riesgo.[5]/ Las compañías
asumirían las inversiones y los riesgos, a cambio recibirían una
parte del volumen o del valor de la producción, pudiendo exportar
libremente los hidrocarburos y el capital producto de su venta. Si
el contrato las obliga a suministrar al mercado nacional la venta se
realizaría a precios internacionales (costo de oportunidad del
productor). No estarían sometidas a restricciones cambiarias y
podrían repatriar sin limitaciones y libres de todo gravamen capital
y ganancias a sus casas matrices.
Para justificar y facilitar su aceptación por parte de la sociedad
el gobierno denomina a esas modalidades de contratación petrolera
“Alianzas estratégicas para adquirir tecnología”. La realidad es que
la tecnología está disponible en el mercado y no es necesario
comprometer la producción para adquirirla. De igual manera, con la
finalidad de ocultar el daño a la nación, los promotores de la
apertura señalan que las alianzas empezarán con empresas “públicas”
como Petrobrás y Statoil que en realidad son empresas de capital
mayoritariamente privado, con objetivos y estrategias similares a
las de Exxon-Mobil, Shell, BP, Chevron, Repsol YPF y las demás
transnacionales. Las señales y anuncios de la corriente aperturista
indican que la apertura se realizaría en cuatro planos:
Pozos cerrados o abandonados por Pemex. Se trata de pozos poco
productivos, que fueron cerrados por incosteables o porque Pemex
encontró yacimientos más rentables en otro lado. Intentan justificar
la entrega de esos pozos con argumentos como los siguientes: “se les
conceden al sector privado para que les saque la última gota”; “se
trata de petróleo que no es rentable para Pemex pero sí para un
privado”; “es poquito petróleo, casi nada”; “se trata de dejarle al
sector privado lo que Pemex ya no quiere”. Esa modalidad de apertura
se la impusieron a Argentina, Venezuela y Ecuador, los gobiernos
neoliberales de la década de los años 90 aconsejados por el Banco
Mundial. Es claro que los pozos cerrados sólo interesarán a los
inversionistas si aún contienen cantidades significativas de
petróleo para cubrir costos, riesgos y ganancias. Esos yacimientos
representan una puerta y un derecho de entrada; son un pretexto para
abrir y entregar el petróleo a particulares. Ya con el título minero
en la mano los concesionarios o contratistas buscarán nuevos
yacimientos en el área contratada. En Venezuela se dijo los
“Convenios Operativos” aportarían cuando mucho unos 20 mil barriles
diarios, pero en la práctica han rebasado 500 mil barriles y
representan casi el 20% de la producción venezolana en 2006.
Petróleo marginal. Se trata de petróleo muy viscoso, alto contenido
de azufre, importante complejidad tecnológica, baja productividad,
muy intensivo en capital, por ejemplo, el petróleo localizado en
Chicontepec y en algunas zonas de la sonda de Campeche. Esa
modalidad de apertura se le impuso también a Venezuela en la década
de los años 90, para explotar petróleo pesado de la cuenca del
Orinoco mediante “Convenios de Asociación”, con muy poco provecho
para Venezuela pero con excelentes ganancias para los socios
extranjeros.
Aguas profundas. Se trata de yacimientos localizados en tirantes de
agua superiores a 500 metros en el Golfo de México. Según el
gobierno federal ahí está el futuro de México pues los recursos
potenciales son enormes. Al respecto se debe señalar que las cifras
que maneja Pemex son totalmente especulativas porque no ha perforado
pozos de exploración que permitan soportar tales cifras. La
corriente aperturista argumenta que Pemex no tiene tecnología,
conocimientos, experiencia, ni capital para afrontar el reto. Se
insiste en la urgencia de explotar ese petróleo y que el país no
puede esperar a que Pemex y el IMP desarrollen tecnología propia.
Cabe destacar que ese organismo público supuestamente discapacitado
ha perforado cuatro pozos y, de acuerdo con la paraestatal,
descubierto cuatro campos en aguas profundas: Nab-1 (600 m),
Lalail-1 (806 m), Noxal (900 m), Lakach-1 (988 m). Además, la
urgencia es relativa pues aún hay importantes oportunidades
geológicas en aguas someras y en tierra firme. Y ¿cuál es la
necesidad de producir 3, 4 o 6 millones de barriles por día, cuando
la economía sólo necesita 1.7 millones de barriles y no será sino
hasta después de 2030 que se requieran 3 millones de barriles por
día? ¿Para qué agotar el patrimonio de las futuras generaciones si
los recursos que generan las exportaciones de petróleo crudo ya no
se usan para desarrollar el país? ¿Para qué extraer más petróleo si
el gobierno ya no utiliza el petróleo como palanca de desarrollo?
Los gobiernos neoliberales han utilizado el petróleo para gasto
corriente, en particular para llenar los huecos que deja la evasión
y la elusión fiscal que sólo beneficia a las clases favorecidas de
la sociedad. La pista de la política de exportaciones masivas y
crecientes de petróleo se encuentra en las presiones de los Estados
Unidos y su estrategia de seguridad energética, que contempla
expoliar el subsuelo mexicano para que a ellos no les falte
“petróleo confiable”, “petróleo amigo”. Las transnacionales
–incluyendo Petrobras y Statoil– han dejado claro que no son firmas
de servicios, que son compañías petroleras cuyo negocio es buscar y
producir hidrocarburos; que aceptan venir a México siempre y cuando
el Estado les otorgue derechos exclusivos en una zona donde ellas
puedan decidir qué hacer y cómo hacerlo y se queden con una parte de
los hidrocarburos extraídos pagando pocos impuestos.
Yacimientos transfronterizos. Son yacimientos que atraviesan la
frontera política. El interés se concentra en el Cañón de Alaminos
en el Cinturón Plegado de Perdido, frente a las costas de
Tamaulipas. Es una zona con tirantes de agua de entre 2,500 y 3,500
metros. La corriente aperturista justifica la entrega de este tipo
de yacimientos al sector privado por razones de ¡soberanía! Lanzan
gritos de alertan sobre la inminencia del “efecto popote”, el robo
de hidrocarburos desde pozos del otro lado de la frontera. Y,
envueltos en la bandera, llaman a defender los recursos naturales
del país cambiando la Constitución para que Pemex tenga la
posibilidad de aliarse con el eventual ladrón en esa zona fronteriza
y en todo el resto del Golfo de México. Al respecto se debe señalar
que la mayor parte de la zona en cuestión está fuera del alcance de
la mano del hombre, pues el límite tecnológico es de 3,060 metros en
pozos de exploración y 2,400 metros en pozos de producción. Las
formaciones geológicas corren a ambos lados de la frontera, pero
hasta ahora nadie sabe si contienen hidrocarburos y menos aún si
forman yacimientos. Los escasos pozos perforados de lado americano
han resultado secos y si hubieran encontrado hidrocarburos aún no
habría tecnología para extraerlos. Algunos aseguran que se trata de
una carrera para ver quién llega primero y le roba al otro. Eso no
está tipificado en el derecho internacional; en cambio éste le
permite a México protegerse del eventual robo por parte de EU. No se
requiere cambiar la Constitución para contemplar este tipo de caso.
La urgencia no tiene base ni técnicas ni jurídicas.
De acuerdo con sus promotores la apertura de las actividades de E&P
implicará tareas regulatorias: por un lado, establecer un nuevo
reglamento de trabajos petroleros para que se lleven a cabo conforme
a las buenas prácticas de la industria;[6]/ por otro lado, crear una
institución de mercado parecida a las que existen en Noruega, Brasil
y Canadá (Alberta), cuya función principal será administrar, a
nombre del pueblo mexicano, la exploración petrolera por parte de
empresas privadas, públicas o mixtas. Desde hace 10 años el gobierno
lleva a senadores y diputados de paseo por esos países para
convencerlos de las bondades de la apertura y la creación de un
Directorado o Consejo del Petróleo.
2.2. Apertura de las actividades aguas abajo
En ese nivel el proceso de desregulación y liberalización se
concentraría en dos direcciones: por una parte, refinación de
petróleo y procesamiento de gas natural y, por la otra, construcción
y operación de oleoductos y poliductos.
Refinación. La propuesta de la corriente aperturista es que existan
refinerías privadas que maquilen el crudo y entregue los productos
resultantes a Pemex. La Constitución prohíbe este tipo de
infraestructura y actividad por parte del sector privado, porque la
refinación forma parte tanto de la explotación petrolera como de la
industria petrolera, ambas reservadas a la Nación. Algunos aseguran
que las “refinería maquiladoras” cumplirían con la ley porque no
habría transferencia de los derechos de propiedad; Pemex sería dueño
del crudo y los productos resultantes; el privado sería dueño de la
refinería y obtendrían un margen por barril procesado con dos
componentes: un cargo fijo para rembolsar las inversiones y un cargo
variable dependiendo de la carga procesada; todos los riesgo serían
para Pemex y el gobierno federal. Si se llega a prosperar esa
propuesta se crearía una figura equivalente al “productor
independiente de productos derivados del petróleo”. Será el
“salinazo” de Felipe Calderón.
Más adelante, dependiendo de cómo les fue con la primera parte de la
apertura, vendría la libre importación y la liberalización de las
actividades comerciales. Las refinerías maquiladoras se
transformarían en “refinerías de mercado”. Las gasolinerías
cambiarían la bandera “Pemex” por las de Shell, BP, Chevron,
Exxon-Mobil,…A lo largo de los últimos 15 años, desde el TLCAN, esas
compañías han venido adquiriendo gasolinerías a través de
prestanombres. Algunos gasolineros han firmado contratos con las
transnacionales para continuar como operadores de las estaciones de
servicio cuando se liberalice el mercado.
Oleductos, poliductos y tanques de almacenamiento. La creación de un
mercado de productos refinados pasa necesariamente por la
desregulación y liberalización de los sistemas de transporte,
almacenamiento y distribución. En un proceso similar al que puso en
marcha en 1995, cuando Ernesto Zedillo abrió la industria del gas
natural en sus actividades corriente abajo, se procedería a crear
una filial de Pemex dedicada específicamente a esa actividad;
establecer una regulación para monopolios naturales (almacenamiento
y transporte por ductos) y transferir a la CRE la responsabilidad de
regular esas actividades; permitir la propiedad privada de los
productos derivados del petróleo así como de ductos y poliductos y;
establecer el libre acceso a la red de transporte y distribución por
parte de terceros. Por lo pronto, la república mexicana ha sido
dividida en zonas y Pemex ha entregado en concesión los ductos de la
región sur (Tabasco).
2.3. Corporatización de Pemex
“Sin privatizar” se abriría el capital social de Pemex en la Bolsa
de Valores. Algunos aseguran que “ahora sí todos los mexicano
tendremos la posibilidad de ser dueños de una parte de Pemex”. El
organismo público se convertiría en “sociedad de interés público”.
El precedente son tres iniciativas: una presentada por los diputados
priístas Guillermo Hopkins y Omar Fayad (2002) y otra por el senador
Genaro Borrego (2005) también del PRI. Durante la pasada
legislatura, la Comisión de Energía de la Cámara de Diputados
elaboró una iniciativa de “consenso” (PRI-PAN). Las tres iniciativa
coinciden en proponer, por un lado, privatizar una parte del capital
social del organismo (20% para empezar) y dar a los representantes
de los accionistas privados un peso decisivo en la conducción de la
empresa; por otro lado, darle autonomía presupuestal y estratégica
para que el consejo de administración –dominado por accionistas
privados– defina el rumbo y destino, los medio y los fines, se
autoevalúe y se autopremie. Se trata de una doble privatización: la
del capital social y la de la toma de decisiones, incluyendo las
operativas, administrativas, organizativas, financieras, laborales y
estratégicas. Esa apertura se extendería a la Comisión Federal de
Electricidad, Luz y Fuerza del Centro, Aeropuertos y Servicios
Auxiliares, Caminos y Puentes Federales, Servicio Postal Mexicano y
Telecomunicaciones de México, entre otros.
Según el Senador Francisco Labastida, alfil de Felipe Calderón, la
reforma tomaría forma modificando 10 leyes secundarias.
2.4. Estrategia de Felipe Calderón para impulsar la reforma
La estrategia para sacar adelante la reforma energética neoliberal
conjunta acciones como las siguientes: hacer pública la reforma
cuando ya todo esté acordado entre Felipe Calderón y las cúpulas del
PAN y del PRI; limitar el debate al Congreso para no dejar que la
sociedad participe y el tema se les salga de las manos; enviar la
iniciativa al Senado donde Francisco Labastida, operador de Los
Pinos, se encargará de hacer modificaciones cosméticas y se la
redacción final de las reformas; aprobar el paquete completo en un
proceso fast track tal como se hizo con la ley del ISSSTE; acompañar
el albazo legislativos con una campaña de medios descalificando a
todos aquellos que se opongan; utilizar la aplanadora mediática para
abrumar a la sociedad mediante un diagnóstico catastrofista, una
situación de urgencia y una solución única. Bajo la bandera de vamos
a rescatar a Pemex y preservar la rectoría del Estado en el sector
energético se propondrá una serie de medidas legales supuestamente
sin costos para nadie y en beneficio de todos los mexicanos. Se dirá
que se trata de “la reforma que el país necesita; sin cambiar la
Constitución, sin perder la rectoría del Estado, sin privatizar, sin
vender a Pemex y, ante todo, preservando la soberanía”.
Se insistirá que sólo se trata de alianzas estratégicas; que lo
único que se desea es fortalecer a Pemex, que los yacimientos
continuarán siendo de todos los mexicanos, que la inversión privada
sólo vendrá a complementar la inversión pública; que se necesita
mucho dinero, que no tienen ni Pemex ni el gobierno federal; que
Pemex no tiene tecnología para aguas profundas y para obtenerla está
obligado a aliarse con las grandes compañías internacionales; que
abrir o no abrir la industria petrolera ya es un debate rebasado;
que ya todos los países abrieron incluyendo a Cuba, y que ya sólo
queda México y Corea del Norte cerrados a la inversión extranjera;
que Lázaro Cárdenas estaba a favor de la inversión privada; que la
expropiación no eliminó la inversión privada; que los argumentos que
se dieron cuando se nacionalizó (1958) ya no son válidos; que no
perderemos soberanía; que no debemos tenerle miedo a la inversión
extranjera; que ya somos grandes, que podemos controlar a las
transnacionales.
De igual modo se dirá que Cantarell está declinando muy rápido, que
ya sólo tenemos petróleo para 10 años y que pronto seremos
importadores de petróleo crudo; que la apertura hará más grande el
pastel y las rebanadas serán más grandes para todos; que las
compañías extranjeras harán mejor las cosas que un Pemex
burocrático, ineficaz y corrupto; que Pemex dejará de ser la caja
chica y se convertirá en una empresa moderna, competitiva, de clase
mundial; que las alianzas serán con empresa petroleras públicas como
Pemex; que el capital privado ya participa en Pemex; que no se puede
seguir con un esquema donde se exporta crudo barato y se importa
gasolina cara; que sólo se trata de flexibilizar las leyes para que
Pemex pueda entrar en campos petroleros en donde no puede entrar;
que las alianzas permitirán construir ductos para que el petróleo no
tenga que transportarse en pipas; que se trata de una reforma
energética integral que abra la posibilidad a la participación del
capital privado en Pemex, a fin de "rescatar" a la paraestatal de la
quiebra técnica en que la dejó el gobierno de Vicente Fox; que dicha
reforma es para contar con una seguridad energética y lograr que la
producción petrolera no caiga, además de dotar un valor agregado a
la producción del hidrocarburo; que se hace para impulsar la
diversificación energética para que México no dependa tanto de la
producción de hidrocarburos y que las finanzas públicas, federales,
estatales y municipales ya no estén sujetas a los recursos
provenientes de ese sector; que el principal objetivo es que las
finanzas públicas del país no sufran un colapso en caso de que el
precio del barril de petróleo decaiga en el mercado internacional;
que de no abrir se tendrá que desviar recursos públicos al sector
petróleo y sacrificar el gasto social en educación, salud y combate
a la pobreza.
Como el lector podrá apreciar, se trata de una serie de
exageraciones, chantajes, mentiras, medias verdades y falsas
promesas para engañar al pueblo de México.
Conclusiones y propuestas
A lo largo de 25 años los gobiernos neoliberales han llevado a cabo
un proceso paulatino pero constante para transferir al sector
privado, nacional y extranjero, funciones, responsabilidades,
decisiones y ganancias asociadas a la explotación del petróleo, gas
natural y los demás hidrocarburos. La industria petrolera mexicana
se privatiza, se extranjeriza y Pemex se desmantela. Se trata de un
desastre consentido, alentado, promovido por el propio gobierno
federal, con la finalidad de privatizar las actividades y reducir a
Pemex a su mínima expresión como empresa petrolera. El contratismo
alcanzó su máxima expresión durante la administración del fatuo
Vicente Fox. De manera específica, los CSM han servido para
transferir a empresas extranjeras, entre ellas Repsol YPF y
Petrobras, la explotación de campos petroleros que fueron
descubiertos y equipados por Pemex. Felipe Calderón no sólo ha
refrendados esos contratos sino que ha otorgado más y ahora impulsa
la bursatilización de Pemex y las “Alianzas Estratégicas”, pomposo
título utilizado para encubrir concesiones y contratos riesgo que
abrirán campos petroleros y pondrán los hidrocarburos en manos de
extranjeros. Es una estrategia equivocada, contraria al interés
nacional.
La mayor parte de los problemas del sector, en particular del
subsector petrolero, se podrían resolver con un giro de la política
energética, el cumplimiento del estado de derecho, mejores arreglos
institucionales, así como el fortalecimiento de las autoridades de
tutela y regulación. A continuación proponemos ocho líneas
estratégicas.
1. Reforma de las administraciones tributarias y diversificación de
las actividades productivas, así como limitación de las
exportaciones de petróleo crudo.
El ingreso que genera la producción petrolera, particularmente las
exportaciones de petróleo crudo, han petrolizado las finanzas
públicas y fragilizado el sistema tributario. El petróleo ha
inducido un círculo vicioso en el plano fiscal. Esa ventaja les ha
permitido a los tres niveles de gobierno congraciarse con los
contribuyentes cobrando pocos impuestos, así como tener
administraciones tributarias con muchas insuficiencias y
deficiencias. A su vez, la baja recaudación no petrolera ha obligado
a recurrir a los hidrocarburos como fuente de ingresos.[7]/ Esto ha
significado presión sobre el recurso natural y la industria
petrolera: por una parte, Pemex debe cumplir cuotas de producción
fijadas por SHCP, aunque ello signifique sobreexplotación del
subsuelo y disminución de inversiones en las actividades
industriales de la cadena petrolera; por otra parte, el organismo
público aún soporta una carga fiscal excesiva que merma su salud
financiera.
Cambiar la arquitectura de mercado no solucionaría el problema
tributario. Lo conducente sería fortalecer la recaudación no
petrolera, combatiendo la evasión y la elusión fiscal, así como
diversificando e impulsado las actividades productivas. También se
lograría estableciendo una plataforma de extracción compatible con
el nivel de reservas o incluso disminuyendo la exportación de
petróleo crudo en el marco de una política petrolera
conservacionista. Cabe destacar que la apertura de las actividades
de exploración y producción de hidrocarburos con la esperanza de
hacer más grande el ingreso a repartir agudizaría el carácter
rentista de las finanzas públicas.
2. Nuevo pacto social sobre el reparto de la renta petrolera, para
fortalecer la capacidad de gestión pública de los hidrocarburos,
propiciar la industrialización y elevar el nivel educativo de la
población.
En la actualidad el sistema de precios de los hidrocarburos está
diseñado esencialmente para maximizar el aporte fiscal en el corto
plazo. Se usan referencias internacionales para reflejar el costo de
oportunidad para el productor o el costo del suministro alternativo,
pero en el fondo está la maximización de la renta. Los afectados no
sólo son los consumidores de combustibles –incluyendo a Pemex– sino
también los de electricidad pues las tarifas eléctricas reflejan
esos precios. Además, como dichas tarifas superan por lo regular los
costos marginales de largo plazo se crea una renta económica, la
cual es acaparada tanto por algunos usuarios mediante subsidios
cruzados, como por el fisco a través del superávit financiero de la
CFE y de impuestos extraordinarios.
Las clases pudientes son las principales beneficiarias de las
cuantiosas rentas que genera el sector energético, pues no se les
cobra impuestos y si evaden no se les persigue. Hacienda prefiere
aumentar la extracción y exportación de petróleo crudo, así como
mantener precios elevados de los combustibles y la electricidad, que
hacer una reforma fiscal que afecte al capital y las familias de
altos ingresos.
Por otra parte, el ingreso petrolero que llega a la tesorería de los
tres niveles de gobierno se utiliza principalmente para sufragar
gasto corriente, especialmente en época de elecciones, y no para
realizar inversiones estratégicas en educación e infraestructura. La
renta petrolera tampoco se usa como capital de riesgo para
exploración de zonas frontera, ni para fortalecer capacidad técnica
y gerencial del Estado en materia de hidrocarburos. Y, salvo algunas
excepciones puntuales, la renta tampoco se usa para industrializar
al país mediante el suministro de insumos a precios inferiores al
costo de oportunidad para el productor, ni para crear
infraestructura, ni para elevar la productividad mediante la
creación de una mano de obra calificada y educada.
El mal uso del maná petrolero no se resolvería liberalizando la
industria, pues sólo resultaría en una mayor apropiación de renta
por parte de particulares. Lo que se requiere es un nuevo pacto
social alrededor del reparto de esa riqueza, acuerdo que no será ni
inmediato ni sencillo. En esa dirección resulta fundamental revisar
nuevamente el régimen fiscal de los hidrocarburos, con la finalidad
de blindarlo contra mordeduras por parte de la SHCP y los
gobernadores; por su parte, el Estado debe instruir a Pemex a
utilizar los recursos derivados de la desgravación para cumplir con
eficacia y eficiencia metas de política energética, mandato que debe
ser plasmado en un contrato-plan obligatorio para ambas partes.
Asimismo, resulta crucial incluir en el nuevo régimen fiscal un
derecho especial para financiar un fondo educativo, así como
aumentar el monto del derecho para la investigación y desarrollo
tecnológico, ampliando su alcance a las otras fuentes de energía,
las universidades públicas, institutos y centros de investigación;
finalmente, por razones de justicia social, se debe incluir a los
municipios productores de hidrocarburos en el reparto del ingreso.
3. Una nueva relación de los organismos públicos con el Estado, para
incrementar la eficiencia, calidad y productividad en el suministro
de energía.
La inversión en la industria petrolera estatal no la define Pemex
sino la SHCP. Por esa razón no sigue criterios técnicos, económicos
y estratégicos típicos de una empresa petrolera, sino criterios de
estabilidad de las finanzas públicas.[8]/ De ahí derivan inversiones
muy elevadas en la etapa de producción, pero insuficiente en
exploración, transporte, almacenamiento, distribución y
mantenimiento. Como resultado se tienen cadenas productivas
desequilibradas, se produce hidrocarburos sin reponer lo extraído;
se quema gas natural sin provecho por falta de infraestructura para
reinyectarlo o llevarlo a tierra; se exporta petróleo crudo pero se
importan grandes volúmenes de gas natural, refinados y
petroquímicos; se modernizan el parque existente pero no se
construyen nuevas refinerías; proliferan derrames y accidentes en el
sistema de ductos.
La SHCP no sólo determina los presupuestos de los organismos y la
forma de ejercerlos, sino también los precios y tarifas de los
bienes y servicios que ofrecen. De esa manera, al fijar ingresos y
restringir gasto corriente y de capital, los obliga a operar con un
importante superávit financiero. Y para los proyectos de inversión
los obliga a utilizar créditos, especialmente Pidiregas, lo cual ha
elevado exponencialmente el endeudamiento.
Para resolver la interferencia política en las decisiones operativas
y de inversión no se necesita eliminar la exclusividad del Estado a
través de los organismos públicos, es decir, no se necesita
remplazar el mecanismo comando y control por un sistema de
incentivos económicos aplicado a un conjunto de nuevos operadores
guiados por la lógica del lucro y la ganancia. Bastaría con
equilibrar el mandato que dichos organismos reciben del Estado
conforme a una política energética coherente y armoniosa, y dejarle
a Pemex, CFE y LFC la libertad operativa para ejecutarlas (esquema
de contrato-plan con autonomía de gestión). Tampoco se necesita
transferir derechos de propiedad para aislar la toma de decisiones
de políticas coyunturales; no es indispensable establecer un consejo
de administración dominado por consejeros independientes que
defiendan intereses de tenedores de acciones o constancias
fiduciarias. Transferir derechos de propiedad no es la única manera
para mejorar eficiencia, productividad, transparencia y rendición de
cuentas.
4. Fortalecimiento técnico y político de las autoridades tutelares,
nuevas regulaciones y arreglos institucionales para garantizar la
explotación racional del subsuelo, el óptimo nacional, el interés
colectivo y el respeto del estado de derecho.
Las instituciones tutelares y reguladoras del sector son débiles. No
obstante que la secretaría es responsable de la política energética,
ésta se define esencialmente en la SHCP, Pemex y CFE. Y como no
tiene ni capacidad ni fuerza para ejercer las funciones que la ley
le encomienda, los organismos públicos acaban autorregulándose. La
administración del patrimonio petrolero es una responsabilidad
eminentemente política, en la práctica delegada a Pemex. Lo mismo
sucede con el plan de explotación de los yacimientos, el cual debe
ser aprobado por la autoridad regulatoria y no dejados al arbitrio
del organismo público.
Cambiar estructuras industriales no ayudaría a superar la debilidad
institucional. Es más, en algunos casos la profundizaría. Sería el
caso si se llegara a permitir la entrada de actores muy poderosos,
capaces de poner en jaque al Estado. El fortalecimiento de la
Secretaría de Energía es necesario para definir y poner en práctica
una política energética equilibrada, coherente y sustentada, pero
también para asegurar la actuación coordinada de los organismos
públicos alrededor del óptimo nacional.
En materia del subsuelo se requiere fortalecer las funciones
política y regulatoria. Como la Secretaría de Energía siempre ha
fallado en la administración de las cuencas sedimentarias, no sólo
se requiere fortalecerla en esa área, sino también hacer intervenir
al Congreso. Por ejemplo, una vez definida la plataforma de
producción y la relación reservas/producción, los legisladores
aprobarían y garantizarían recursos para que Pemex pudiera cumplir
con esa meta en un periodo razonable.[9]/ En materia regulatoria la
Secretaría también ha fallado, pero esa deficiencia podría
subsanarse emitiendo un nuevo reglamento de trabajos petroleros y
fortaleciendo su capacidad de fiscalización y control. Para ejercer
con eficacia y eficiencia ambas funciones resulta indispensable
ubicar en Pemex los recursos técnicos y humanos necesarios y
suficientes para realizar esa tarea y transferirlos a la Secretaría
de Energía.[10]/
5. Recuperación de actividades operativas, reorganización interna y
reconstitución del capital humano de los organismos públicos, para
recobrar la solvencia técnica y administrativa del Estado que le
permita cumplir con eficacia y eficiencia la encomienda
constitucional.
Desde hace algunos años, pero especialmente durante la presente
administración, los organismos públicos han estado transfiriendo
funciones, derechos de propiedad y centros de decisión a empresas
privadas. El proceso es más visible en Pemex, con el traspaso
sistemático de las operaciones petroleras a terceros, y la
concentración de los recursos institucionales en la administración
de los contratos correspondientes. Como resultado, las actividades
administrativas han tomado mayor relevancia que las operativas, se
han multiplicado los puestos de dirección, y los cuadros técnicos
emigran hacia el sector privado. La transferencia incluye cadenas
completas de valor, como es el caso del gas natural no asociado
mediante contratos de servicios múltiples (CSM). El contratismo
exacerbado conlleva la descapitalización técnica y humana, y en
consecuencia a la pérdida de capacidad operativa. Paralelamente, se
ha estado promoviendo un cambio cultural para que los organismos se
organicen, reflexionen y actúen como empresas privadas ajenas a la
función social con la que se crearon y crecieron, y cuando el
personal no está de acuerdo es despedido o jubilado, acelerando la
descapitalización de recursos humanos altamente calificados.
La política gubernamental de hacer del sector energético una vasta
área de oportunidad de negocios y de preparar el terreno para la
liberalización, ha significado para Pemex y CFE encogerse para hacer
espacio al sector privado. Ello explica el contratismo
exacerbado,[11]/ la interdicción de ampliar cadenas de valor;[12]/
la especialización forzada;[13]/ la transferencia de negocios
rentables;[14]/ la contratación adelantada de obras;[15]/ y la
licitación de proyectos de dudosa necesidad.[16]/ Los organismos
también han tenido que contraerse para que encuentren acomodo
empresas extranjeras dedicadas a la generación y venta de
electricidad,[17]/ la explotación de gas natural y la producción de
petroquímicos básicos.
La reforma estructural de corte neoliberal está enfocada a debilitar
y arrinconar aún más a Pemex, CFE y LFC, pues sólo así sería posible
crear mercados en cascada, multiplicar el número de participantes,
limitar el poder de mercado de los operadores históricos y atraer
inversión extranjera. Por el contrario, el cumplimiento del mandato
constitucional significaría una reforma para recuperar y elevar la
solvencia técnica, administrativa y financiera del Estado para
garantizar que la explotación directa de los hidrocarburos y la
prestación del servicio público de energía eléctrica, se realicen
cumpliendo lo más altos estándares de eficiencia, eficacia y
productividad en el marco de una política energética de Estado.
6. Restauración de valores esenciales en las relaciones
internacionales y prestar mayor importancia a la integración
energética con los países latinoamericanos para equilibrar la
integración asimétrica y subordinada con los Estados Unidos.
Después de la crisis financiera de 1994-1995 el gobierno federal ha
mostrado disposición y prestancia para poner a México al servicio de
las políticas de seguridad energética de los Estados Unidos. Desde
entonces la plataforma de producción de crudo es funcional a los
intereses del país vecino. Más aún, el gobierno del presidente
Vicente Fox se convirtió en promotor del Acuerdo de Libre Comercio
de América (ALCA) y entusiasta participante de la Asociación para la
Seguridad y Prosperidad de América del Norte (ASPAN). Aceptó poner
en práctica las recomendaciones de la Casa Blanca, empezando por la
tarea de unificar regulaciones, lo cual significa para México
adoptar las del país vecino. Felipe Calderón ha seguido sus pasos.
Los CSM fueron la respuesta de Vicente Fox al pedido explícito de
George W. Bush de abrir la explotación de gas natural al sector
privado de este lado de la frontera. Paralelamente, dio su
autorización para que empresas estadounidenses instalaran en suelo
mexicano centrales eléctricas y regasificadoras de gas natural
licuado para evadir las estrictas regulaciones ambientales de
California, soslayando que en dichas instalaciones se producirán o
recibirán bienes esenciales para la economía estadounidense, por lo
que serán objetivo militar y objeto de las políticas de seguridad
nacional de ese país. Bajo la bandera de la lucha contra el
terrorismo también permitió la vigilancia y protección de las
instalaciones petroleras mexicanas por parte de agencias de
seguridad de los Estados Unidos. Y con el pretexto de que Pemex
coloca instrumentos financieros en las bolsas de valores del país
vecino, el organismo obedece a una autoridad extranjera, en la
ocurrencia, la Security Exchange Commission, la cual le dicta los
criterios que debe cumplir en materia de cuantificación de reservas,
contabilidad e información económica y financiera. Felipe Calderón
ha dado continuidad a esa política de integración subordinada.
Sin embargo, la política energética no debe ser elemento que
debilite la autonomía del Estado frente a los factores
internacionales. Buscar la seguridad energética exclusivamente en el
marco de América del Norte amplifica los riesgos para México, pues
ata el destino del país a una región con un déficit estructural
creciente en petróleo, gas natural y productos refinados, fenómeno
agravado por la declinación de la producción mexicana y el aumento
de importaciones de gas, petrolíferos y petroquímicos. Las
circunstancias de corto y largo plazo indican la necesidad de
adoptar una política de seguridad nacional en el campo de la energía
en la óptica de país independiente, rescatando los principios de no
alineación, independencia, soberanía y patriotismo. México debe
acercarse, apoyar y apoyarse en los países de América Latina y el
Caribe. Mayor cooperación con Brasil, a la vanguardia tecnológica en
aguas profundas, con Venezuela y Bolivia, potenciales
suministradores de gas natural, le permitiría a México ampliar el
abanico de oportunidades, diversificar riesgos, satisfacer
necesidades, impulsar intereses y, a final de cuentas, equilibrar la
relación asimétrica y subordinada que ahora tiene con los Estados
Unidos.
7. Nueva escala de prioridades en los objetivos de la política
energética con la intención de hacer del hombre el centro del
desarrollo, elevando la importancia de los propósitos sociales,
ambientales y políticos en una visión de largo plazo.
La política energética de las últimas administraciones ha colocado
en la cúspide de las prelaciones las metas económicas inmediatas.
Los criterios sociales y ambientales son tomados en cuenta, cierto,
pero se les concede una importancia secundaria e incluso marginal.
Las comunidades aledañas siguen siendo consideradas como un estorbo
a los proyectos, por lo que se les margina, engaña, escatima la
reparación de daños y no se les hace partícipes de los beneficios.
El principal criterio para seleccionar proyectos es el costo
económico de muy corto plazo y el aporte de inversión extranjera.
De ahí han surgido paradigmas técnico económicos con ventajas que
difícilmente compensan los inconvenientes: en electricidad,
centrales de ciclo combinado operando con gas natural bajo la figura
de productor independiente; en hidrocarburos, proyectos de
extracción y exportación de petróleo crudo antes de cualquier otra
inversión; en refinación, reconfiguración del parque existente pero
bloqueo sistemático a la construcción de nuevas refinerías; en
fuentes renovables, inclusión marginal en los planes de expansión
del sector eléctrico y aliento al desarrollo subsidiado y protegido
de proyectos privados. En el plano sectorial el enfoque de oferta
avasalla a la óptica de la demanda.
Del dominio absoluto de ese criterio económico se deriva una serie
de problemas, entre los cuales, déficit de gas natural, productos
petrolíferos y petroquímicos, lo cual ejerce fuerte presión sobre la
balanza comercial; pérdida de diversificación de fuentes de energía
para generar electricidad; cadenas productivas desequilibradas;
infraestructura insuficiente y con cuellos de botella; fuentes
alternativas de energía muy poco utilizadas; ineficiencia y
dispendio en el consumo de energía; proyectos al margen de las
comunidades, daños sociales y ambientales.
Resulta ilógico querer corregir el sesgo economicista de la política
energética cambiando estructuras industriales, porque el plano de la
racionalidad es de una jerarquía superior al de los instrumentos. Lo
que corresponde es redefinir objetivos, prioridades y enfoques. Las
externalidades positivas y negativas deben ser incluidas
sistemáticamente en los costos de los proyectos, para después
seleccionarlos con base en indicadores de sustentabilidad en los
cuatro planos que la componen (económica, social, ambiental y
política), y de acuerdo con una escala de prioridades que derive de
las políticas generales de desarrollo y el proyecto de país. Todo
ello en el marco de un proceso permanente de planeación estratégica
integral, de la demanda hacia la oferta, con visión de largo plazo y
satisfacción del óptimo nacional, con amplia participación
ciudadana, sometido a aprobación legislativa y a la evaluación y
vigilancia ciudadana de su cumplimiento
Se requiere avanzar simultáneamente hacia procesos productivos y
estilos de vida menos intensivos en el uso de la energía. Es
imperativo utilizar fuentes de mayor calidad ambiental y consumir
combustibles cada vez más limpios, lo cual implica utilizar fuentes
renovables de energía y construir refinerías adaptadas a las
necesidades y recursos nacionales. También se impone el
reordenamiento industrial para la elaboración de productos con menor
contenido energético y menor contenido de transporte, así como la
promoción de patrones de consumo que no desperdicien recursos. La
clave para tener menor contaminación es usar la energía de manera
más eficiente, de preferencia evitar su uso, pero sin menoscabo de
las cantidades indispensables para mantener y elevar la calidad de
vida, especialmente si se trata de cubrir rezagos sociales.
8. Transparencia y combate a la corrupción
Con base en la desinformación sistemática el gobierno ha buscado
justificar decisiones de política energética o reformas que no gozan
de consenso entre la sociedad. Peor aún, con ese objetivo ha
inducido la quiebra contable de Pemex, CFE y LFC, mediante la
agregación de pasivos difícilmente justificables y la consecuente
reducción o desaparición de su patrimonio. Paralelamente, afirma que
carecen de tecnología, capital, conocimientos y experiencia, de ahí
la necesidad de apertura o alianzas con las grandes firmas
internacionales. Sin embargo, también los exhibe como empresas de
clase mundial y en los primeros lugares de las clasificaciones. La
desinformación y el doble discurso conducen a paradojas y
contradicciones que nublan el panorama e impiden hacer una
evaluación objetiva de lo que se tiene actualmente y de las
alternativas.
Por otra parte, lejos de amainar con la alternancia de partido en el
poder, la corrupción ha crecido. Las empresas públicas y los
recursos naturales son considerados botín de guerra, objeto de
saqueo antes de la apertura o el cambio de administración. La
descomposición política y la disolución social rampante en el país
se traducen en una crisis de conductas y valores éticos que se
amplifica en el sector energético. La credibilidad y confianza en
las instituciones y organismos sectoriales es muy baja, tanto por
parte de la sociedad como del propio personal que ahí labora. La
prensa da cuenta prácticamente todos los días de actos ilícitos a
todo lo largo de las cadenas energéticas que involucran autoridades,
directivos, sindicatos, trabajadores, proveedores y consumidores.
Otras veces los actos son legales pero totalmente inmorales como la
contratación de proyectos o servicios muy onerosos, innecesarios,
aberrantes o banales, pero que reportan beneficios a los que los
aprueban.[18]/
No se necesita una reforma estructural para corregir la contabilidad
y mejorar la situación financiera de los organismos públicos. Una
reforma de esa naturaleza tampoco es indispensable para establecer
rigurosos programas de racionalización de costos y aumento de la
productividad. Cambiar la arquitectura de los mercados, implantar la
racionalidad del capital, transferir derechos de propiedad, no es
una condición necesaria ni suficiente para transparentar decisiones,
utilizar los recursos con honestidad e informar a la sociedad en
forma verídica, amplia y frecuente. Tampoco es necesaria una reforma
radical para establecer programas de erradicación de la corrupción,
enriquecimiento ilícito, complicidad, amiguismo, así como núcleos
burocráticos que manipulan la ley, usan patrimonio y recursos
públicos con fines personales, partidistas o ajenos a la función
pública. Dos elementos clave para lograrlo son la contraloría de la
administración pública por parte de la ciudadanía, así como un
gobierno honesto, respetuoso de la ley, bien organizado y con
responsabilidad social.
[1] Entre las experiencias de coinversión se cuentan las de Deer
Park, Pemexlub y Mexpetrol.
[2] La entrega de subsidios es lo que hay detrás de la exigencia de
que Pemex les garantice el suministro de materia prima a precio por
debajo de las referencias internacionales en le marco de contratos
de largo plazo.
[3] La incompatibilidad de los CSM con la Constitución y la
legislación secundaria ha dado pauta a dos demandas judiciales
presentadas en tribunales federales en abril y mayo de 2004
respectivamente: la primera por parte de la Unión Nacional de
Trabajadores de Confianza de la Industria del Petróleo, y la segunda
por 170 Senadores y Diputados, encabezados por el Senador Manuel
Barlett.
[4] Los productores independientes de hidrocarburos quedaron
cancelados con la reforma constitucional de 1940, tal como se indica
explícitamente en la iniciativa del Presidente Adolfo Ruiz Cortines
para reformar la Ley Reglamentaria del Artículo 27 Constitucional en
el Ramo del Petróleo.
[5] Contratos de producción compartida, contratos de beneficio
compartido, contratos de servicios operativos, contratos de
asociación, etcétera. El nombre es lo de menos, lo importante es el
contenido y la naturaleza privatizadora de los recursos naturales y
las actividades petroleras.
[6] En todo caso tendrían que ser la mejores prácticas de la
industria
[7] Al no tener control sobre los precios de la mezcla mexicana en
le mercado internacional, la SHCP le impone a Pemex cuotas de
producción y le aplica un régimen fiscal excesivo.
[8] Ciertamente el Congreso tiene la última palabra en materia
presupuestal, pero en la práctica los legisladores aprueban casi
todo lo que propone Hacienda.
[9] Si el objetivo de la política energética es la autosuficiencia,
la exportación se define como un residuo, es decir, sólo se exporta
lo que resulte después de satisfacer la demanda interna. En la
actualidad sucede lo contrario, la meta de exportación se considera
un objetivo, por lo cual la producción es la que se debe adaptar
para que eso se cumpla. Y como la exploración ha resultado
insuficiente para soportar la política de producción el resultado ha
sido una caída sistemática de las reservas.
[10] Algunos proponen la creación de una institución de mercado,
especializada, independiente y autónoma, denominada Directorado o
Consejo Mexicano del Petróleo. Dentro de esta posibilidad se
requiere decidir si dicho organismo también tendría facultades
políticas (administración de las cuencas sedimentarias) y la forma
en la que participaría el Congreso. Con los atributos señalados ese
consejo sería, en principio, más efectivo y eficiente que una
subsecretaría, sin embargo, ¿cómo se justificaría la introducción de
esa institución de mercado cuando existe exclusividad del Estado en
materia de hidrocarburos?
[11] Los organismos tienen la consigna de contratar con el sector
privado la mayor cantidad posible de bienes y servicios.
[12] Por ejemplo, la presidencia de la república ha decidido excluir
a Pemex de la cadena del GNL, para que sean las grandes empresas
foráneas las que desarrollen y aprovechen ese lucrativo negocio.
[13] Pemex en extracción-exportación de crudo; CFE en
transmisión-distribución; LFC en distribución
[14] Por ejemplo, la exportación de electricidad a Belice y las
operaciones petroleras en la Cuenca de Burgos que realizaban CFE y
Pemex con buenos beneficios económicos.
[15] El ejemplo más notorio es el vigoroso programa de construcción
de centrales licitadas bajo la figura de producción independiente,
completamente desfasado del crecimiento de la demanda de energía
eléctrica. Esa costosa sobre inversión presiona las finanzas
públicas.
[16] Se trata de obras, como El Cajón, La Parota y la Yesca. El
objetivo principal de desarrollar esos proyectos ha sido sacar a
flote a empresas constructoras privadas.
[17] Se trata de los productores independientes y las grandes
sociedades de autoabastecimiento.
[18] A los tribunales han llegado demandas por ejercicio indebido
del servicio público, abuso de autoridad, coalición de servidores
públicos, uso indebido de atribuciones y facultades, concusión,
ejercicio abusivo de funciones, tráfico de influencias, cohecho,
peculado, enriquecimiento ilícito, delitos cometidos por los
servidores públicos, delitos contra el consumo y la riqueza
nacionales, delitos contra la economía pública y fraude por
simulación.