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¡La
UNIÓN en defensa de la Industria Petrolera de México y por el respeto de los
derechos humanos y laborales del trabajador de confianza!
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Transnacionales españolas en Bolivia:
crónica de un saqueo
Fuente:
jornada.unam.mx
(28/07/06)
Alberto Montero Soler
La llegada de las empresas transnacionales españolas a Bolivia a
partir de la década de los noventa se orientó, esencialmente, hacia
los sectores estratégicos de su economía y la compra, total o
parcial, de las empresas públicas que operaban en los mismos. Unos
sectores en los que la capacidad instalada era suficiente como para
no requerir de unos excesivos niveles de inversión de cara a la
continuidad de la provisión del bien o servicio público en cuestión
y que, al eliminarse la regulación sobre los precios públicos,
ofrecían perspectivas de obtención de una elevada rentabilidad.
Pero, además, esa inversión también se orientó hacia otro tipo de
sector estratégico: el de la producción/extracción de las abundantes
materias primas que posee Bolivia, especialmente hidrocarburos.
En este sector concreto, las elevadas tasas de rentabilidad
dependían de una demanda internacional en continua expansión y con
expectativas de precios al alza; de una reducida fiscalidad,
excesivamente generosa en su intento por atraer inversión exterior;
y de su posición estratégica en el centro del continente y,
consiguientemente, de la facilidad para la exportación, sobre todo
de energía, tanto hacia los miembros del MERCOSUR como de la
Comunidad Andina de Naciones.
En este artículo se hará un breve repaso de cuáles son los intereses
de las empresas transnacionales de capital mayoritariamente español
en Bolivia y de algunas de sus oprobiosas actuaciones que, sin lugar
a duda, han repercutido negativamente sobre el bienestar del pueblo
boliviano.
*Los apagones del sector eléctrico*
Una de las primeras transnacionales españolas en llegar a Bolivia
fue *Unión Fenosa ACEX* con su entrada en el sector del transporte
eléctrico de alta tensión al comprar, junto a una empresa
estadounidense, la empresa pública Transportadora de Electricidad (TDE)
en 1997 por 39,9 millones de dólares a pesar de que TDE tenía
entonces en el país activos fijos por valor de 124 millones de
dólares .
De esa forma, y gracias a las presiones de las empresas privadas que
entraron en los sectores de generación y distribución de
electricidad, Unión Fenosa pudo adquirir el 69% del capital de TDE,
mientras que el *Banco Central Hispano* compró otro 10%. Varios años
después, en 2002, la participación de Unión Fenosa se había
revalorizado a tal nivel que pudo venderla a otra transnacional
española, Red Eléctrica Internacional, filial del *Grupo Red
Eléctrica de España*, por 90 millones de euros, lo que la convierte
en su principal accionista.
Lo sorprendente es que esa revalorización no se justificaba en
ningún caso por el nivel de inversión realizado, con sólo 11
millones de dólares invertidos en todo el sector de transporte
eléctrico hasta el año 2003. De hecho, es esa falta de inversión la
razón que subyace tras los graves apagones que, en julio de 2003,
dejaron sin electricidad a La Paz, El Alto, Cochabamba, Oruro, Sucre
y Potosí y que, a pesar de que TDE lo calificó como una "simple
falla", pudo ser demostrada su responsabilidad y se le impuso una
multa de 360.000 dólares. Una sanción que, en cualquier caso, no
provocó los efectos deseados en términos de solución de los
problemas por parte de la empresa porque los apagones volvieron a
sucederse en esas mismas ciudades en septiembre de 2005.
Por otro lado, las transnacionales españolas también intervienen en
el sector de distribución eléctrica al por menor con la presencia
mayoritaria del *Grupo Iberdrola* en dos importantes empresas
distribuidoras como son Electropaz -que suministra electricidad a La
Paz- y Elfeo -lo hace a Oruro. Ambas compañías, cuyas
participaciones fueron adquiridas por un monto de poco más de 65
millones de dólares a finales de 1995, surten actualmente de energía
eléctrica, según consta en la memoria del grupo empresarial, a más
de 400.000 bolivianos, lo que supone un 37% de la energía
distribuida en el país y su facturación en 2005 fue de 65 millones
de euros.
Lo que no consta en esa memoria es que la empresa Electropaz tuvo
que devolver en 2005 más de 22,5 millones de bolivianos a diferentes
municipios de la zona de La Paz por los importes cobrados en exceso
en el consumo de electricidad para alumbrado público.
Y es que el dominio de estas y otras empresas transnacionales sobre
el sector eléctrico en sus ramas de generación, transporte y
distribución buscando la máxima rentabilidad obvia la consideración
del acceso a la electricidad como un derecho esencial de todos los
bolivianos. Y, así, se da la triste paradoja de que a pesar de que
Bolivia cuenta con una capacidad de generación eléctrica de 1.371
millones de watts anuales, casi el doble de un pobre consumo máximo
nacional que no supera los 750 millones, sin embargo, el país cuenta
con el índice más bajo de Sudamérica de instalación eléctrica en los
hogares: la cobertura nacional no llegaba en 2003 al 65% de la
población, reduciéndose dramáticamente hasta un 28,3% en las áreas
rurales.
Y todo ello en un contexto marcado por unas tarifas que, tras la
privatización, fueron indexadas al dólar; en donde la mayor parte de
los ingresos de las empresas posee una cláusula de mantenimiento del
valor; y en donde se descartan proyectos de electrificación que no
son rentables, a pesar de la existencia de demanda social al
respecto.
*Aeropuertos: cuando sólo interesa lo rentable*
La intensidad del proceso privatizador llevó también a otorgar en
concesión diferentes empresas de servicios que, por su naturaleza,
no podían ser transferidas al sector privado por la vía de la
capitalización.
De esa forma, buscando la presunta mayor eficiencia que la gestión
privada pudiera aportar a la prestación de determinados servicios,
en 1996 se otorgaron concesiones por 25 años para la administración
de los servicios en tierra de los aeropuertos de La Paz, Cochabamba
y Santa Cruz a la empresa estadounidense "Airport Group
International" que, a su vez, creó un año más tarde SABSA (Servicios
de Aeropuertos Bolivianos). Ambas empresas entraron a formar parte
del Grupo TBI que, a su vez, gestiona ACDL cuyo capital es propiedad
de dos transnacionales españolas, *Abertis* y *AENA* *
Internacional* con el 90% y el 10% de dicho capital,
respectivamente.
En este caso el problema radica en que el capital privado sólo pujó
por la prestación de servicios en aquellos aeropuertos que ofrecían
una cierta rentabilidad -los tres mencionados- dejando la gestión de
los otros casi 50 aeropuertos medianos y pequeños del país a AASANA
(Administración de Aeropuertos y Servicios Auxiliares a la
Navegación Aérea).
Esta situación tiene visos de revertirse porque el gobierno
boliviano ha anunciado la revisión de esas concesiones y su voluntad
de recuperar su gestión en aras a la integración de toda la
estructura aeroportuaria en sus diferentes niveles si, tras una
auditoría, las empresas concesionarias no realizaron las inversiones
a las que en su momento se comprometieron.
*El negocio de la educación*
El grupo *PRISA* también tiene intereses en Bolivia en dos sectores
de crucial importancia como son el educativo, a través del Grupo
Editorial Santillana, y el de los medios de comunicación. En este
segundo ámbito, PRISA es el principal accionista de la mayor cadena
televisiva de Bolivia, ATB, y edita tres diarios: "La Razón", en La
Paz; "El Nuevo Día", en Santa Cruz; y "Extra".
El acceso de Santillana a su posición dominante en el sector de los
libros de texto en Bolivia, tras ganar frente a otras editoriales
nacionales, varias de las licitaciones internacionales realizadas en
el marco del proceso de Reforma Educativa iniciado en Bolivia en
1994 no ha estado plagado de importantes claroscuros.
Y es que tres de esos procesos de licitación fueron adjudicados al
grupo Santillana entre 1997 y 2000, durante el mandato del ministro
de Educación, Tito Hoz de Vila,.
Hasta aquí nada que cuestionar si no fuera porque, curiosamente, la
hija de dicho ex-ministro, María Cristina Hoz de Vila, junto con la
hija del ministro boliviano bajo cuyo mandato comenzó el proceso de
reforma educativa, Enrique Ipiña Melgar, disfrutaron de una pasantía
de un año para realizar prácticas en la sede del grupo Santillana en
Madrid. Siendo, también curiosamente y según declaraba el propio Hoz
de Vila, las dos únicas pasantes aceptadas en su momento en dicha
empresa. Al finalizar la pasantía, la hija de éste fue contratada
por Santillana y sigue desempeñando su trabajo en el departamento de
Recursos Humanos de dicha empresa.
Junto a estas singulares coincidencias, existe otra vía por la que
Santillana podría ver incrementada su presencia en Bolivia en un
futuro próximo. Así,no deja de ser también curioso que en la primera
visita a España de Evo Morales como Presidente electo, el presidente
del gobierno español, Rodríguez Zapatero, le ofreciera canjear la
deuda que España mantiene con Bolivia por un monto equivalente en
proyectos de inversión en educación en aquel país; canje que se
vehiculizaría a través de los denominados "créditos FAD" [1].
En este sentido, hay que advertir, ante todo, que estos créditos no
dejan de seguir siendo un empréstito y, por lo tanto, deben ser
reembolsados, es decir, no implican, en ningún caso, la condonación
o perdón de la deuda. Pero, además, esos créditos constituyen un
mecanismo indirecto de expansión comercial de las empresas españolas
en los países beneficiarios dado que su concesión está
indisolublemente vinculada a que el país beneficiario gaste su
importe en la adquisición de material educativo ofertado por las
empresas del país acreedor[2].
A partir de aquí, las conclusiones -a las que, por otra parte, no es
muy difícil llegar- puede extraerlas cada cual de lo leído hasta el
momento; sobre todo si se tiene en cuenta que en Bolivia hay tantas
necesidades cuyo alivio también podía haber entrado en la oferta del
presidente Zapatero. Y, además, cabe también la amplia posibilidad
de que esas las conclusiones no se distancien demasiado de lo que
ocurra finalmente si se recuerda el precedente que supuso la empresa
Eductrade, del grupo PRISA y dedicada al campo del equipamiento de
material educativo, en tiempos de los gobiernos de Felipe Gónzalez,
cuando recibió miles de millones de pesetas en créditos FAD [3].
*Ni al agua tienen derecho*
La conversión del agua en un bien económico susceptible de
apropiación privada y mercantilización pero, además, de decisiva
influencia en la geopolítica del futuro han acrecentado el interés
de las grandes corporaciones por acceder cuanto antes al control de
los recursos hídricos de Bolivia. Ese interés obedece a que, por
ejemplo, en 2001 la industria que proporciona servicios de agua
alcanzó unos beneficios cercanos al billón de dólares, sensiblemente
superiores a los de la industria farmacéutica y casi el 40% de los
que se obtienen de la industria del petróleo y que, por su parte,
Bolivia es el quinto del mundo en volumen de reservas de agua
declaradas y protegidas, con importantísimos potenciales si se
tienen en cuenta sus aguas subterráneas.
Así, a instancias del Banco Mundial y bajo su consideración de que
la forma de aumentar la disponibilidad de agua es tratándola como un
recurso más y no como un bien común cuyo acceso en las mejores
condiciones posibles es un derecho humano esencial, se procedió a
entregar la concesión para la distribución del agua potable de la
ciudad de Cochabamba durante 40 años a la firma Aguas del Tunari en
régimen de monopolio. El capital de esta empresa correspondía en un
80% a la empresa Bechtel y en algo menos del 20% a una empresa
española del sector, *Abengoa*.
Las consecuencias sobre las tarifas fueron inmediatas: se
incrementaron en algunos casos en un 200%; se ajustaron a la
evolución del dólar y se transfirió hacia los usuarios los gastos de
instalación de las conexiones[4]. Ese aumento golpeó duramente las
economías domésticas de la zona que vieron como su factura de agua
llegaba a suponer en torno al 22% de los menos de 100$ al mes que
cobra un trabajador medio y provocó una revuelta popular, la
denominada "guerra del agua", que acabó con la rescisión de la
concesión a Aguas del Tunari tras varios meses de lucha y un joven
de 17 años muerto por un disparo de bala.
Al producirse la rescisión del contrato, Aguas del Tunari demandó al
Estado una indemnización de 50 millones de dólares, que
posteriormente redujo a la mitad y, ante la negativa del gobierno
boliviano a satisfacerla, lo ha demandado ante los tribunales de
arbitraje del Banco Mundial.
De esta forma ahora se produc la paradoja de que resulta que la
institución que promovió la privatización del servicio, el Banco
Mundial, es la que debe resolver el conflicto entre la empresa y el
Estado.
Y también resulta muy revelador saber que la empresa en cuestión ha
podido acudir a esa instancia de arbitraje internacional porque
cambió su domicilio fiscal inicial en las Islas Caimán, esto es, uno
de los principales paraísos fiscales del Caribe a Holanda. Este país
sí tiene un acuerdo bilateral de protección de inversiones con
Bolivia y, por lo tanto, permitía que la empresa pudiera acogerse al
tribunal de arbitrajes del Banco Mundial tal y como efectivamente ha
hecho.
La otra empresa con capital español también presente en el sector
hidrológico en Bolivia es *Aguas de Barcelona (Agbar)*. Esta empresa
es propiedad del grupo francés Suez, que controla el 51% del capital
de Agbar, y del grupo financiero catalán La Caixa.
El grupo Suez es la transnacional del agua dominante en América
Latina en donde controla cientos de empresas relacionadas con la
gestión del agua. En Bolivia, participan con una filial, Aguas de
Illimani, a quien se le otorgó en 1997 la concesión de los servicios
de agua potable y alcantarillado en las ciudades de La Paz y El
Alto.
Desde ese momento, los vecinos han denunciado el constante deterioro
de la calidad del servicio, la continua elevación de las facturas,
la desidia en el mantenimiento de las instalaciones, el aumento de
los costes de conexión y, sobre todo, el incumplimiento de sus
compromisos de ampliación del servicio a los hogares pobres de El
Alto como parte de la política pública estatal en materia de agua.
Ante este último incumplimiento, la argumentación que ofrecía la
empresa era que esos consumidores no eran clientes rentables porque
consumían muy poco dado que "acostumbrados a la vida campesina
andina, eran extremadamente cuidadosos con el agua, sin desperdiciar
nunca una gota y, así siguieron después de que se instalaron las
llaves de agua en sus casas. Era bueno para conservar el recurso,
pero malo para el saldo de Suez, y la compañía se sintió
decepcionada por los rendimientos de la inversión"[5].
Todo ello generó que la Federación de Juntas Vecinales de El Alto
(FEJUVE) iniciara una serie de protestas sociales a partir de 2004
solicitando la revisión del contrato y, posteriormente, su
expulsión. Las movilizaciones de enero de 2005, motivaron que el
presidente boliviano, Carlos Mesa, acabara firmando un decreto de
suspensión negociada del contrato. Sin embargo, las presiones de
organizaciones internacionales -entre las que destacó las que
realizó la agencia de cooperación técnica alemana GTZ- para que el
agua fuera gestionada, en el peor de los casos, por una empresa
mixta provocaron que Mesa incumpliera su compromiso. La resultante,
junto a la defensa de Mesa del papel de las transnacionales del
sector de hidrocarburos, fueron nuevas movilizaciones que
determinaron la renuncia de Mesa. Su sucesor, Eduardo Rodríguez,
solicitó una auditoría integral de la compañía que abarcara tanto el
nivel de inversiones realizadas como la calidad del servicio que aún
no ha concluido.
Con la llegada a la presidencia de Evo Morales, la situación parece
haber dado un giro radical; síntoma inequívoco de que, hasta ese
momento, la resolución del problema dependía de una voluntad
política que había sido secuestrada por las empresas transnacionales
del sector.
Y, así, Bolivia ha iniciado el proceso para retirar sus compromisos
de servicios en materia de agua de los acuerdos de la Organización
Mundial de Comercio y ha exigido la retirada de todos los servicios
de agua de dichos acuerdos. Pero, además, se ha iniciado el proceso
para que Aguas de Illimani deje de administrar el servicio de agua
potable en La Paz y El Alto y sea sustituida por una empresa pública
en donde Estado y organizaciones sociales participen en la
definición de las políticas del sector, la toma de decisiones y la
fiscalización de la actividad.
*La gestión privada de las pensiones*
En cuanto al sistema financiero, en Bolivia está presente en estos
momentos el grupo *BBVA* y, hasta hace unos meses, el *BSCH*. Este
último vendió a finales de 2005 su participación en el Banco de
Santa Cruz, uno de los mayores grupos financieros bolivianos y ha
dejado de tener intereses en el país.
Por su parte, el grupo BBVA ha centrado su actividad en la gestión
de los fondos de pensiones privados creados tras el proceso de
desmantelamiento del sistema público de reparto que, tras varias
reformas parciales, fue transformado con la Ley de Pensiones de
noviembre de 1996 en un sistema de capitalización individual con
administración privada.
En la actualidad, el grupo *Previsión BBVA* gestiona las pensiones
de más del 54% de los afiliados al sistema de pensiones y, hasta
hace apenas unos días, también gestionaba el Fondo de Capitalización
Colectiva que es un fondo integrado por el 50% de las acciones de
las empresas capitalizadas. Esas acciones se distribuyeron entre la
población boliviana con mayoría de edad (21 años) a diciembre de
1995 y sus dividendos permite el pago de un beneficio social
denominado Bono Solidaridad (BONOSOL) a todos los bolivianos
beneficiarios una vez cumplieran los 65 años de edad. Lo cual no
deja de ser una triste y cruel paradoja si se tiene en cuenta que,
durante la primera mitad de la década de los noventa, la esperanza
de vida al nacer de los bolivianos era de 58 y 53 años para mujeres
y hombres, respectivamente[6].
En estos momentos, el gobierno de Evo Morales ha recuperado para el
Estado boliviano la gestión de esas acciones.
*El sangrante expolio del gas*
En cualquier caso, la ominosa presencia de las transnacionales
españolas en Bolivia tiene un nombre propio vinculado al sector de
los hidrocarburos: * Repsol-YPF*[7].
La transnacional tiene presencia en el país desde 1995, cuando firmó
un contrato de riesgo compartido con YPFB para la explotación del
Bloque Securé. Le siguió la asociación con Pérez Companc, Petrobras
y Pluspetrol -asociaciones, con estas dos últimas, que sigue
manteniendo- para la explotación de nuevos bloques gasíferos.
Posteriormente, con la adquisición de YPF a principios de 1999,
también pasaba a poseer el 100% de Maxus Bolivia Inc.
Pero, la joya de la corona de Repsol-YPF en Bolivia es la compañía
ANDINA S.A. Esta compañía fue creada con la capitalización de una de
las dos unidades de producción de YPFB y adquirida inicialmente por
tres empresas argentinas: YPF, Pluspetrol y Pérez Companc. En 2001,
y tras la absorción de YPF, Repsol adquiriría sus participaciones a
las otras dos compañías y pasaría a controlar el 50% del capital y
su consejo de administración.
ANDINA es la empresa más importante de exploración y producción de
hidrocarburos en Bolivia, alcanzando un 32% de la producción de
petróleo y un 43% de la de gas natural del país, mayoritariamente
exportado a Brasil. Sus reservas probadas de gas natural, a 31 de
diciembre de 2005, son de 665,7 millones de barriles equivalentes de
petróleo, explota un total de 22 bloques petroleros que abarcan un
total de 4.973.511 hectáreas.
Pero, además, Repsol-YPF también está presente en el sector de la
comercialización del gas licuado en el mercado interno a través de
la empresa Repsol-YPF Gas de Bolivia SA, de la que controla el 51%
de su capital. Esa empresa produce el 45% de la producción total de
Gas Licuado de Petróleo (GLP) del país, con la que abastece el 40%
del mercado doméstico de GLP envasado y el 60% de GLP a granel.
De lo anterior, cabe deducir intuitivamente que la presencia de
Repsol-YPF en Bolivia es muy elevada, no sólo por su implantación en
sectores claves para su economía y el bienestar de su pueblo -el de
la producción de hidrocarburos, por un lado, y el de la
comercialización de una de sus principales fuentes de energía
doméstica, por otro- sino también por la magnitud de los recursos
que controla.
Desde esa posición de predominio, Repsol-YPF podría haber optado por
una estrategia de explotación de los recursos que hubiera
repercutido directamente sobre el desarrollo del país y el bienestar
de su población, legal y legítima propietaria de los recursos que
constituyen la fuente del negocio de dicha compañía. Sin embargo, la
realidad ha sido muy distinta y, avalada por el hecho incontestable
de que el valor de capitalización bursátil de la compañía es
equivalente al doble del PIB boliviano -lo que, a su entender, es ya
de por sí un factor capaz de legitimar cualquier actuación- y de que
los anteriores gobiernos de Bolivia han favorecido la explotación
irrestricta de los recursos aún a costa de la destrucción del medio
ambiente y en menoscabo de los modos de vida y de la propia
supervivencia de los pueblos originarios, la compañía emprendió,
desde su aparición en el país, una estrategia expoliadora que en
nada desmerece la de nuestros insignes conquistadores del siglo XVI
o la de sus herederos.
Las tropelías, desmanes y abusos de Repsol-YPF han afectado a
diferentes ámbitos de la realidad física y social boliviana y se
encuentran ampliamente documentadas en numerosos informes y
publicaciones.
Sin ánimo de ser exhaustivos, dado lo limitado del espacio, pero con
clara intención ejemplificadora, se exponen a continuación a algunas
de las denuncias y consecuencias de las actuaciones de esta compañía
en Bolivia.
Así, aprovechando que los estándares sociales y medioambientales
bolivianos se encuentran por debajo de los reconocidos
internacionalmente -producto, por otra parte, de la presión a la que
se han visto sometidos sus gobiernos por las mismas transnacionales
cuya actividad debía ser objeto de regulación-, Repsol-YPF ha podido
explotar bloques gasíferos en territorios indígenas (las denominadas
Tierras Comunitarias de Origen en 17 de las cuales posee
explotaciones) y en espacios que, necesariamente, deberían
encontrarse protegidos por su inestimable riqueza ecológica[8].
La actividad que Repsol-YPF tiene en esos territorios atenta contra
los derechos humanos y colectivos de los pueblos originarios que han
habitado milenariamente esas zonas y está causando un impacto
cultural devastador, imponiendo su lógica cultural y afectando a las
tradiciones ancestrales de esos pueblos. Un comportamiento que puede
calificarse casi de etnocidio. Pero, además, vulnera la legislación
boliviana sobre cuál debe ser su comportamiento en tales
territorios; no respeta su obligación de consulta a dichos pueblos
sobre las tareas de exploración y explotación que realiza en ellos
(protegida por Convenios de la Organización Internacional del
Trabajo); e incumple la obligatoriedad de realizar análisis de
impacto medioambiental y, cuando los efectúa, desatiende los
compromisos adquiridos en los mismos, siendo múltiples las denuncias
de contaminación de ríos, bosques y cultivos o la tala masiva de
árboles[9].
Todo ello se combina con un desprecio similar hacia las
instituciones públicas bolivianas si bien muchas de sus actuaciones
han pasado a ser objeto de investigación judicial.
Así, Repsol-YPF enfrenta acusaciones por falsedad contable y fraude
tras registrar en la Bolsa de Nueva York como propias el total de
las reservas de gas que explota en el país -esto es, casi el 30% de
las reservas totales de gas boliviano- sin que mediara ningún
contrato de venta del gas o existiera un mercado asegurado para el
mismo. Una decisión que tomó aun sabiendo que el art. 139 de la
Constitución Boliviana atribuye taxativamente la propiedad de los
yacimientos de hidrocarburos al Estado y que la legislación
boliviana sólo permite la inscripción como propia de las reservas
cuando media un contrato de venta del gas o existe ya un mercado
asegurado. Esa denuncia provocó que la empresa tuviera que reajustar
sus reservas mundiales en más de un 25%, de las cuales un 52% del
ajuste correspondía a las reservas declaradas en Bolivia, con el
consiguiente reajuste en su cotización bursátil (cercana al 8%).
Pero, además, que un grupo de accionistas que compraron sus acciones
entre el 28 de julio de 2005 y el 27 de enero de 2006, cuando
presuntamente realizaron esa inscripción, presentara una demanda en
Nueva York contra la compañía por ocultar información adversa sobre
sus actividades en Bolivia.
A ello se le suma el que la Aduana Nacional de Bolivia también
demandara a la emprea por un presunto delito de contrabando de más
de 230 mil barriles crudo cuyo valor superaría los 9 millones de
dólares hacia Chile y Argentina [10]. De hecho, el presidente de la
compañía, Antoni Brufau, llegó incluso a reconocer que se habían
cometido algunos "errores" en la exportación de esos barriles. Un
bonito eufemismo para ocultar lo que siempre se ha denominado como
contrabando.
Pero no todo ha sido moverse en el delicado ámbito de la presunta
ilegalidad, Repsol-YPF también ha utilizado todos los mecanismos que
le confería la debilidad del Estado boliviano en el marco de
globalización de las operaciones transnacionales para realizar
determinadas actividades más que reprobables.
Y, así, no deja de sorprender que en abril de 2004, el gobierno de
Carlos Mesa firmara un convenio de aumento del volumen de
exportación de gas hacia Argentina a un precio "solidario"
(0,98$/Millones de pies cuadrados) porque, presuntamente, el país
vecino sufría de desabastecimiento. Un débil argumento para reclamar
una reducción del precio si se tiene en cuenta que Argentina es la
tercera reserva gasífera de la región y posee un volumen de
producción efectiva superior al de Bolivia.
Ese acuerdo que, en principio, revestía la forma de una transacción
entre Estados encubría una vía para que las filiales de Repsol-YPF y
Petrobras en Bolivia pudieran transferir a muy bajo costo un mayor
volumen de sus reservas de gas boliviano a un precio muy reducido a
sus filiales en Argentina. Allí, el destino del gas era doble. Por
un lado, un mercado nacional mucho más grande y con mayor capacidad
adquisitiva; de tal suerte, el gas que se transfería a 0,98$/Mpc se
vendía al consumidor argentino a 7,55$/Mpc. Y, por otro lado,
impedir que se interrumpieran las exportaciones de gas hacia el
mercado chileno, altamente dependiente de dicho recurso energético.
La resultante era, como no es difícil deducir, un negocio altamente
lucrativo para las transnacionales que expoliaban a precios
irrisorios el gas boliviano para venderlo a terceros países a
precios internacionales. Y, por otro lado, una reducción del valor
de las exportaciones con lo que Bolivia, no sólo dejaba de ingresar
por el menor precio de venta, sino también por el menor volumen de
la recaudación impositiva fijada sobre dicho valor.
Pero, además, también constituye una absoluta aberración que el gas
que se comercializa a nivel interno se cotice según los estándares
internacionales y deba ser pagado a los mismos precios que si en el
país no hubiera un solo yacimiento de hidrocarburos.
En este caso, las consecuencias nuevamente recaen sobre el fisco
boliviano que tiene que subvencionar un precio más bajo para los
consumidores permitiendo que las empresas petroleras disminuyan sus
pagos a las arcas públicas y, por lo tanto, desviando esos fondos de
otros usos alternativos que podrían contribuir en mayor medida a
paliar la situación de miseria en la que vive la mayor parte de la
población.
Y todo ello en un país donde las empresas petroleras tienen los
costes de producción más bajos del mundo; no tuvieron que pagar por
las empresas que adquirieron sino que bastó, simplemente, con unos
compromisos de inversión que en numerosos casos no han satisfecho;
venían pagando impuestos casi simbólicos, los más bajos de todo el
continente; y venden su producción en los mercados interno e
internacionales a los precios de este último.
En definitiva, un negocio redondo para Repsol-YPF en Bolivia sobre
el que hay pocas cifras, gracias a la ímproba tarea de la compañía
por ocultar sus estados financieros, pero sobre el que sus
directivos, cuando se reúnen con sus colegas de gremio, no pueden
dejar de pavonearse[11].
En cualquier caso, parece que ahora, por fin, las cosas están
cambiando en Bolivia gracias a la decidida estrategia de
nacionalización de los hidrocarburos emprendida por el nuevo
gobierno y cuyos detalles escapan a la intención de este artículo.
*Conclusión*
A modo de sintética conclusión general y tras esta revisión de cuál
ha sido el comportamiento de las empresas transnacionales de capital
mayoritariamente español en Bolivia, no es de extrañar que desde
aquel país se siga reivindicando el resarcimiento por los siglos de
colonización que vivió bajo el yugo del imperio español.
Para ellos, durante los últimos años, sólo han cambiado los actores
-ahora más difusos en cuanto a nacionalidad, pero fácilmente
identificables y asimilables en cuanto a rapacidad-, porque las
dinámicas siguen siendo las mismas y los resultados, la miseria más
atroz para la mayor parte de la población, casi idénticos.
Alberto Montero Soler (amontero@uma.es) es profesor de Economía
Aplicada de la Universidad de Málaga y colaborador habitual de
Rebelión
*NOTAS*
[1] Una propuesta sobre la que, por otra parte, viene insistiendo el
actual gobierno español en cuantas oportunidades se le presentan. De
hecho, ha alcanzado acuerdos al respecto con Argentina, por valor de
60 millones de euros, y Brasil.
[2] De hecho, España es el país de la OCDE que mayor porcentaje de
su ayuda al desarrollo vincula, a través de estos créditos, a los
intereses comerciales de sus empresas.
[3] Fue singularmente llamativa la operación que concedió a
Eductrade tres contratos por importe de cerca de 2.000 millones de
pesetas en el marco de un proyecto de cooperación con el ministerio
de Educación chileno para la venta de materiales educativos. La
prensa chilena reveló, años más tarde, que el material escolar
adquirido a Eductrasa con cargo a créditos FAD había sido adquirido
un 70% de lo que hubiera costado a precios de mercado.
[4] Hall y Lobina (2002)
[5] Hall y Lobina (2002).
[6] Un análisis más detallado en Montero (2006).
[7] Para un análisis exhaustivo de la actividad de REPSOL-YPF en
Bolivia es imprescindible el libro de Gavaldá (2003).
[8] Sirva como ejemplo el que Medicos Mundi realizó análisis de
muestras de agua en dos explotaciones petroleras de Repsol-YPF sin
que en ninguna de ellas se alcanzaran los límites mínimos de
potabilidad exigidos por la normativa española y europea. Sin
embargo, según la normativa boliviana, el 70% de esas muestras se
consideran aptas para su consumo y esta legislación la que
Repsol-YPF aplica en sus campos. Un resumen detallado de los efectos
que la extracción de hidrocarburos tiene sobre la salud de las
comunidades vecinas puede encontrarse en el estudio de
Intermon-Oxfam (2004).
[9] "Impactos ambientales, sociales y culturales de Repsol YPF en
territorios indígenas de Bolivia", Monitoreo Indígena Independiente
- Asamblea del Pueblo Guaraní.
http://www.rebelion.org/noticia.php?id=28625
[10] Puede encontrarse más información al respecto en Montero
(2006).
[11] No otro puede ser el sentido de las palabras de Roberto Mallea,
uno de sus ejecutivos, en el III Congreso Latinoamericano y del
Caribe de Gas y Electricidad cuando afirmaba, sin ningún pudor, que
"la rentabilidad en la industria del gas en Bolivia es sumamente
alta; por cada dólar invertido, la empresa petrolera gana 10
dólares. En el sector hidrocarburífero, la rentabilidad es buena
cuando es tres a uno, qué decir entonces de una rentabilidad de 10 a
uno dentro de la industria petrolera que se da en Bolivia".
Intermon-Oxfam (2004, p.27).
Alberto Montero Soler

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