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Plan de Cuauhtémoc Cárdenas para Pemex

“Energía para el desarrollo”

Fuente: macroeconomia.com.mx
( 2005-06-15 )

Cuauhtémoc Cárdenas.

Quisiera en este día, en que se celebra el 67 aniversario de la Expropiación Petrolera, hacer un planteamiento que al llevarse a la práctica pudiera reposicionar al sector de la energía de nuestro país como una de las palancas centrales de un modelo de desarrollo económico sostenido, con racionalidad de presente y de futuro.

Una de las grandes riquezas de México está en sus recursos naturales, particularmente aquellos que tienen que ver con los hidrocarburos y la generación de electricidad. Sin embargo, estamos iniciando el siglo XXI sin contar con una política integrada que favorezca su aprovechamiento sustentable, y, por otro lado, la gestión que se hace de estas áreas, encomendadas constitucionalmente en exclusiva al Estado, presenta insuficiencias que significan la pérdida de oportunidades para el crecimiento del país y de sus empresas, así como para el mejoramiento de su población.

La importancia de nuestro sector energético es ampliamente reconocida. Es no sólo un sector estratégico desde el punto de vista económico y de las finanzas públicas, es factor clave en nuestra política exterior y vital para la seguridad nacional, para el buen funcionamiento de las actividades productivas y el bienestar de las familias mexicanas. Por ello, frente a la situación actual del país -de deterioro social creciente y de un prolongado estancamiento económico-, es preciso dar un cambio radical a las políticas energéticas y en particular a la petrolera, lo que resulta central, por otro lado, en cualquier convocatoria de transformación nacional, con vistas a la elección presidencial de 2006 y a la gestión del nuevo gobierno.
El reto reside en crear los consensos necesarios para que el sector de la energía sea capaz de agregar anualmente, al menos, un punto porcentual al producto interno bruto del país durante los próximos seis años. Un proyecto de gobierno debe ser el conjunto de compromisos que con certidumbre puedan establecer los distintos sectores y actores de la sociedad sin imposiciones y bajo una visión de Estado, por lo que resulta vital diseñar las nuevas políticas a partir una amplia consulta y una participación plural, que lleven a identificar tanto los problemas como a apuntar las vías de solución y las metas por alcanzar.
Aumentar el valor que aportan las actividades públicas en el sector de la energía, considerarían algunos economistas que sólo puede originarse mediante una extraordinaria elevación de la productividad y, ciertamente, en esta área hay un buen trecho por recorrer modernizando instalaciones e incorporando procesos productivos de punta. Otra fuente para incrementar productividades se encuentra en la eliminación de una gran cantidad de ataduras burocráticas que no permiten la modernización del aparato institucional: debe cambiarse radicalmente la visión rentista del sector de la energía que predomina en el gobierno, por una visión que fomente y promueva la actividad productiva y la integración industrial, que tenga como objetivos el progreso de la empresa mexicana, privada y pública, que es la que genera empleos y multiplica el ingreso, y que aumente progresiva y racionalmente el consumo energético de las familias mexicanas a precios cada vez más accesibles.
Se calcula, por ejemplo, que el superávit primario de las empresas públicas oscila entre 2 mil y 4 mil millones de dólares anuales, que se mantiene en términos generales en forma líquida y que la autoridad hacendaria se resiste a liberar, por la imposición de una política económica restrictiva, de un rígido ajuste macroeconómico que inhibe el crecimiento. Estamos hablando de una inversión en el rango de un medio punto del PIB, realizada al través de los organismos públicos del sector energético, que podría utilizarse -como se ha venido haciendo con los excedentes generados por los altos precios del petróleo- en el prepago de deuda pública, pero que también podría bien destinarse para la expansión productiva, lo que significaría la adquisición de insumos, bienes de capital e intermedios a empresas mexicanas, impactando en el empleo y en la reactivación productiva. Se requiere, por tanto, para encauzar al sector hacia esos objetivos, dar una efectiva autonomía presupuestal y de gestión a las empresas públicas de la energía, dejando que sean los directamente responsables de su dirección quienes tomen las decisiones que permitan los mejores resultados tanto económicos como sociales.

Durante los últimos años, la estructura jurídica de las actividades vinculadas con los hidrocarburos y la electricidad han sido objeto de un fuerte y largo debate sobre su apertura o no a la inversión privada. El gobierno e incluso algunas voces que dicen ubicarse en el sector progresista, sostienen que Petróleos Mexicanos y la Comisión Federal de Electricidad no se privatizarán, que no deben privatizarse, sin precisar qué quieren decir con eso. Este es en realidad un falso debate. Pemex y la CFE son sus instalaciones y en general sus activos materiales, y la discusión en realidad se da en torno a las actividades que realizan para aprovechar no recursos propios, sino recursos que la nación les ha encomendado administrar. La definición de qué se privatiza o no debe darse, entonces, respecto al patrimonio de la nación y la condición de estratégicas de las actividades que se realizan respecto a los recursos naturales mismos o a los servicios que se prestan. Lo que debe quedar claro -y lo que define una posición progresista y de soberanía- es cuales son las áreas estratégicas de la energía que se considere deban ser manejadas en función de un interés público y cuales pueden estar abiertas a intereses privados.
Resulta entonces de la mayor importancia política que esa disyuntiva pudiera precisarse desde el punto de vista de la legislación y así quedar superada en lo inmediato. Este asunto se ha convertido en moneda de cambio respecto al cual se ofrecen expectativas que, hasta ahora, han resultado imposibles de cumplir. Sin embargo, la ética y la franqueza como valores deben seguirse exigiendo a quienes nos dedicamos a la política y aspiramos a dirigir al país, y en ese sentido, considero que el régimen constitucional vigente en materia de energía arroja un balance positivo para el país y debe en consecuencia preservarse.

Esta definición no proviene de un ejercicio que mecánicamente sobrepone lo ideológico a las condiciones objetivas del país. Por el contrario, para fijar esta posición se asume como una regla para normar criterios, el análisis puntual en la búsqueda del interés de la nación. Por ejemplo, Pemex, el año pasado, tuvo ingresos por más de 700 mil millones de pesos y pagó contribuciones, sólo por concepto de extracción de petróleo y gas, por más de 400 mil, como resultado de un régimen fiscal incompatible con la lógica y la eficiencia tanto empresariales como industriales, que ha permitido al país, ciertamente, encontrar un equilibrio entre las enormes demandas sociales con el imperativo de finanzas públicas sanas. Pero no es exprimir el recurso y obtener un ingreso en el plazo más corto posible -aun cuando no sea ni el mayor ni el óptimo- la tarea básica del Estado en el sector energético ni se alcanzan así los objetivos amplios que pueden alcanzarse con una buena gestión de los recursos en su industrialización, en incorporar valor agregado a los productos, en la integración productiva, la generación de empleo, la substitución de importaciones, el desarrollo regional.

 



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