Noticias Petroleras

 

¡La UNIÓN en defensa de la Industria Petrolera de México y por el respeto de los derechos humanos y laborales del trabajador de confianza!


Bolivia, privatización y nacionalización del sector petrolero (I)

Fuente: revista “Petróleo y Electricidad”
(26/06/06)


Víctor Rodríguez Padilla, UNAM-FI

Cochabamba, 1de junio de 2006. Bolivia es uno de los países más pobres del mundo. A lo largo de su historia ha sido saqueado de sus recursos naturales: primero fue la plata, le siguió el petróleo y el estaño; hoy son los recursos forestales y el gas natural. Los extranjeros llegaron, sacaron lo que pudieron y se fueron. Y el pueblo boliviano siguió sumido en la pobreza. Españoles, estadounidenses, brasileños y otros, se han aprovechado de presidentes corruptos, debilidad institucional crónica y falta de un proyecto nacional que congregue a todos los bolivianos.

Con una pequeña población (9 millones de habitantes) y un extenso territorio (un millón de kilómetros cuadrados, la mitad de la república mexicana), Bolivia es un país dividido por la geografía, la economía y la cultura. En lo alto se encuentra la zona andina, pobre, indígena y encerrada en si misma; en la parte media y hacia el Amazonas, la región de Santa Cruz de la Sierra, rica, blanca y con la mirada puesta en el exterior. Durante mucho tiempo la conducción del país recayó en los militares y la clase empresarial cruceña, pero la ruina a la que llevaron al país acabó despertando a los alteños.

Ante el saldo del neoliberalismo económico y la ausencia de liderazgo patriótico, inteligente y honesto por parte de la elite económica local, los indígenas han asumido el papel protagónico en la defensa del interés nacional, y la creación de un proyecto de país alternativo al neocolonialismo. El movimiento cocalero y el levantamiento espontáneo que logró revertir la privatización del agua en 2003, se convirtió en un amplio frente en demanda de justicia, equidad y mejores condiciones de vida. En julio de 2004 la mayoría de la población (70% de los votantes), se pronunció por recuperar la propiedad de los hidrocarburos. Los dos presidentes que quisieron impedirlo mediante engaños y el uso de la fuerza, Gonzalo Sánchez de Lozada y Carlos Mesa, fueron derrocados.

El movimiento popular, que para entonces acumulaba decenas de muertos y centenas de heridos, hizo presidente a Evo Morales con el mandato de nacionalizar los hidrocarburos. El encargo fue cumplido el 1 de mayo de 2006 con el decreto supremo 28701. Por razones económicas (carencia de recursos para pagar una expropiación) y diplomáticas (evitar un agudo conflicto internacional con resultados imprevisibles), el primer mandatario se decidió por una nacionalización sin confiscación ni expulsión, pero tomando el control accionario de las principales compañías petroleras en las que participa la empresa nacional Yacimientos Petrolíferos Fiscales de Bolivia. “Queremos socios no patrones”, había advertido Evo Morales en gira por Europa a unos días de haber iniciado su mandato en enero de este año. El control de la toma de decisiones por parte de YPFB, se acompaña con el aumento de la carga tributaria, la elevación del precio del gas exportado a Brasil y Argentina, y la renegociación de 70 contratos de riesgo otorgados ilegalmente por pasadas administraciones.

Las reacciones negativas de propios y extraños no se hicieron esperar: “es un retroceso, una vuelta al pasado; se irán las inversiones; se caerá la producción; se desplomará la economía, habrá más desempleo, más pobreza …”. Hasta Koffi Annan, Secretario General de la ONU, censuró la medida olvidando la resolución de la asamblea general del organismo, que en 1974, reconoció explícitamente el derecho de los países a nacionalizar o tomar el control de sus recursos naturales.

¿Por qué el pueblo boliviano dio ese paso a contrapelo de la globalización? ¿Por qué ganarse la enemistad de los mercados? ¿No es acaso suicida poner en jaque al capital cuando se le considera intocable, sagrado, casi divino, como ocurre en la actualidad? ¿Por qué arriesgar la relación con las potencias mundiales y regionales? ¿Se trata de un acto irracional, una decisión sobre las rodillas, populismo insostenible o nacionalismo trasnochado, como dicen algunos? Lo menos que se puede decir es que fue un gesto de desesperación e indignación ante el saqueo de recursos perpetrado delante de millones de bolivianos empobrecidos y hastiados de los excesos de las políticas del consenso de Washington.

Saldos del neoliberalismo

Durante 20 años Bolivia fue uno de los mejores alumnos de los organismos financieros internacionales. Siguió al pie de la letra sus recomendaciones. En 1985, en plena crisis de la deuda, el FMI condicionó sus préstamos al establecimiento de un severo programa de ajuste estructural. Ello dio pauta para el regreso del Banco Mundial, el cual no sólo intervino en el diseño de las reformas, sino que las financió y condujo en la práctica, a través de sus funcionarios y consultores instalados en las oficinas de gobierno. Traían bajo el brazo el modelo que ambos organismos buscaban imponer en todo el mundo. En Bolivia tuvieron la oportunidad de aplicarlo a fondo y sin cortapisas, gracias a la complicidad y hasta beneplácito de los gobernantes/empresarios que se sucedieron en el poder hasta antes de la llegada de Evo Morales. Sin hipérbole, el Banco Mundial usurpó el papel del Estado para desmantelarlo y entregar lo más rentable de la economía boliviana a las transnacionales.

Del proceso de reformas surgió una nueva manera de organizar no sólo la economía sino el Estado. Se dio autonomía al banco central para garantizar la continuidad de la ortodoxia; se liberalizó el comercio y la inversión; se redujeron aranceles y firmaron tratados de libre comercio; se pactaron acuerdos bilaterales de inversión con máximas protecciones para la inversión extranjera; se disminuyeron los impuestos a las corporaciones y a las familias de altos ingresos. En tres olas sucesivas de privatizaciones el Estado cedió sus actividades en servicios bancarios, minería, electricidad, hidrocarburos, telefonía, telecomunicaciones y ferrocarriles; se desmembraron los ministerios para crear un sistema de comisiones reguladoras (“superintendencias”) autónomas y financiadas por las empresas reguladas. La geometría y facultades del Estado se redujeron a su mínima expresión. En fin, se aplicó el recetario completo, así como las innovaciones que fueron saliendo de los centros del pensamiento neoliberal. Todo lo anterior se endulzó con promesas de crecimiento y estabilidad, de empleos permanentes y bien remunerados, de bienestar para todos, de ingreso a la globalización y camino al desarrollo sustentable.

El resultado fue catastrófico. Por una parte, el ingreso se concentró y desaparecieron las redes de protección social, creció la pobreza y con ella la marginación, delincuencia, insalubridad y otros problemas sociales como la migración hacia las ciudades y otros países. Por otro lado, aumentaron las exportaciones de bienes y servicios, pero también la repatriación de capital y grandes ganancias. Por cada dólar de inversión extranjera directa que han entrado han salido tres.

El Estado entró en crisis profunda. Al dejar de recibir los excedentes financieros de las empresas públicas y al no aumentar sustancialmente la recaudación, ya no pudo seguir funcionando con recursos propios y se volvió cada vez más dependiente de la ayuda y donaciones del exterior. El Banco Mundial acabó pagando directamente el sueldo, prestaciones y bonos de los altos funcionarios públicos. Las instituciones del Estado, crónicamente débiles, se tornaron aún más vulnerables frente a las presiones de los grupos de interés y la corrupción. A final de cuentas el Estado era incapaz de asegurar su rectoría económica y las pocas tareas que le concedía el paradigma neoliberal.

La reforma tampoco creó una nueva y poderosa clase empresarial boliviana, al contrario, debilitó la existente y propulsó un poder transnacional. Las empresas extranjeras se quedaron con los sectores estratégicos de la economía, subieron los precios y tarifas; despidieron personal; bajaron los sueldos; se concentraron en las actividades más rentables y abandonaron el resto; se las arreglaron para no pagar impuestos ni repartir dividendos a los bolivianos; capturaron fácilmente a las comisiones reguladoras, y hasta redactaron leyes y reglamentos utilizando las instalaciones de la Superintendencia de Hidrocarburos, que más tarde serían aprobados por decreto presidencial. La información geológica en materia petrolera en poder del Estado desapareció.

Hidrocarburos

Antes de su desmantelamiento y privatización, YPFB mantenía un claro liderazgo en el sector.
En 1995, producía el 64% del gas natural en el país, el 85% de petróleos y derivados; perforaba el 89% de los pozos; retenía el 100% de las actividades de refinación, y controlaba el 100% de las actividades de almacenamiento de petróleo y distribución de gas. Sus 6 mil empleados y su demanda de bienes y servicios eran factor dinamizador del mercado interno. Del total de sus ingresos brutos el 70.5% se destinaba al pago de impuestos al tesoro y regalías a los departamentos, haciendo de la empresa la principal fuente de ingresos del Estado (50%). A los ojos de las compañías el principal atributo de la empresa nacional era su acceso a reservas probadas y sus flujos de producción.

A fines de 1993, el Banco Mundial y el gobierno recién electo de Sánchez de Lozada operaron rápidamente para llevar adelante la desregulación de los hidrocarburos, la “capitalización” de YPFB y la conversión del país en gran exportador de gas natural. Iban por la joya de la corona. Para justificar el proceso formularon, por un lado, acusaciones de ineficiencia, escasa productividad, corrupción y, sobre todo, carencia de tecnología, recursos financieros y experiencia para aprovechar el “gran potencial” en gas natural (el lector seguramente habrá oído algo similar en el caso de Pemex). Por otro lado, se ofrecieron promesas de inversión, eficiencia, ampliación del tamaño del pastel y de la porción para cada uno de los actores, así como desarrollo acelerado gracias a los recursos financieros que aportaría la exportación de gas.

A cambio de promesas de inversión por 834 mdd, a realizar en un lapso de 8 años, las actividades productivas de YPFB fueron fragmentadas y adjudicadas a tres sociedades anónimas mixtas (esquema propuesto por el PRI y el PAN para Pemex), en las que participaría el Estado como socio capitalista sin actividades operativas. Los rubros de exploración-producción fueron adjudicados a Chaco (Amoco) y Andina (YPF-Perez-Compac-Pluspetrol); el transporte fue otorgado a Transredes (Enron-Shell). Con el tiempo se sucedieron importantes cambios accionarios que posicionaron a Repsol y Petrobrás como las compañías dominantes.

Para desalentar la oposición, se otorgaron paquetes accionarios a los trabajadores. Al mismo tiempo, la nueva ley de hidrocarburos rebajó el pago de regalías del 50 al 18%, así como el impuesto a las utilidades, mediante un mecanismo que distinguía entre producción “nueva” y “existente” –esquema que Vicente Fox buscó introducir en México en 2003 y 2004–, lo cual tuvo por efecto aumentar de manera extraordinaria las ganancias para las compañías y disminuir sustancialmente los ingresos del Estado.

Las refinerías quedaron fuera del esquema de “capitalización” y fueron vendidas directamente a Petrobrás. Adicionalmente y en varias rondas de licitación, se otorgaron 70 contratos de riesgo compartido, en realidad concesiones petroleras muy ventajosas para los operadores privados, con el agravante de haber sido otorgados al margen de la ley, pues nunca se presentaron al Congreso para su aprobación como prevé el marco jurídico de ese país. Los contratos se mantuvieron en secreto hasta que las autoridades se vieron obligadas a entregarlos bajo la presión de las movilizaciones populares.

De esa manera YPFB transfirió todas las actividades productivas y comerciales a sus nuevos socios, y quedó reducido a un organismo administrativo con membrete de empresa petrolera. En lenguaje corporativo, la capitalización no fue otra cosa que un take-over del negocio petrolero boliviano por parte de poderosas compañías extranjeras. Los socios de YPFB se convirtieron rápidamente en patrones. Bajo el nuevo esquema los gastos de los funcionarios públicos, autoridades y reguladores, debían ser aprobados por los directivos de las trasnacionales. Sin haber invertido un solo centavo, se quedaron no sólo con los flujos de caja, sino también con el control y, en la práctica, de la propiedad de reservas probadas valoradas en más de 10,000 mdd. De igual modo, el Estado perdió el control de la fijación de los precios, así como de la capacidad efectiva de fiscalización al quedarse sin personal ni los medios que antes poseía la empresa pública.

Es cierto que las reservas, la producción y las exportaciones aumentaron entre 200 y 300 por ciento a partir de la privatización y extranjerización de las operaciones petroleras, de ahí que algunos aseguren que la reforma fue exitosa. Y tienen razón si el objetivo hubiera sido únicamente incrementar la oferta regional de gas natural y petróleo crudo, tal como deseaba el Banco Mundial y Washington. Lo cierto es que el beneficio para Bolivia ha sido escaso. No se ha hecho un esfuerzo significativo para la industrialización interna de los hidrocarburos, pues los operadores han preferido la exportación por ser lo más rentable en el corto plazo. Las compañías se han limitado a pagar una regalía del 18%. Evaden el pago de otros impuestos reportando altos costos y cero utilidades. Incluso el pago de la regalía se ha visto mermado, pues la forma de medir el gas en boca del pozo permite evadir el pago completo. Y como no hay utilidades no se paga dividendos a YPFB. Los licuables, de alto valor en el mercado, son recuperados en plantas criogénicas instaladas en la frontera, pero del lado brasileño y argentino, lo cual constituye un regalo para Petrobrás y Repsol pero una pérdida para Bolivia. Petrobrás reparte bonos de productividad pero sólo al personal brasileño. Repsol ha exportando hidrocarburos en forma ilegal, asimismo, ha lucrado y actuado al margen de la ley al considerar como suyas las reservas petroleras de Bolivia. El sector está desconectado de la economía local pues los nuevos operadores prefieren utilizar los servicios de empresas extranjeras.

En suma, se trata de un régimen petrolero injusto y plagado de grandes irregularidades jurídicas. Y más allá del quebranto a la soberanía – pues el Estado ha perdido capacidad para ejercer su rectoría, para controlar, supervisar, fiscalizar y decidir en aras del interés colectivo–, se encuentra un pésimo negocio al haber sacrificado en el altar del neoliberalismo y la corrupción, el patrimonio geológico en petróleo y gas natural, y al mayor emprendimiento empresarial del país que era YPFB. Como los socios acabaron convertidos en patrones y los hombres y mujeres de Bolivia reducido a la triste condición de servidumbre, el pueblo se levantó y nacionalizó sus hidrocarburos.

 



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