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¡La
UNIÓN en defensa de la Industria Petrolera de México y por el respeto de los
derechos humanos y laborales del trabajador de confianza!
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A la mitad del foro
Fuente:
jornada.unam.mx
(18/06/07)
León García Soler
Los bueyes y la carreta
En su torre de marfil, Alan Greenspan fue oráculo de la Reserva
Federal; el Mago de Oz ante cuyas palabras se inclinaban los dueños
del dinero, y los simples mortales conteníamos el aliento en espera
de los efectos económicos que predecían los dígitos dictados para
fijar las tasas de interés del imperio. El prime rate y el rechinar
de los ejes de las carretas del subdesarrollo o las economías a
horcajadas, "en vías de desarrollo".
El hombrecillo de la magia se retiró. Hoy viaja por el mundo y
predica la sabiduría acumulada en décadas de dictador de la economía
global. Vino a México y sentenció la catástrofe del ingreso público
si no damos vía libre a la inversión extranjera en Pemex. La
expropiación y nacionalización del petróleo, punto de partida del
progreso y del auge del capitalismo en México. Hoy los timoratos
dicen que no viene el capital del que habla Greenspan porque Pemex
es del Estado y nuestras leyes permiten la expropiación. Terquedad
ignara contra certeza jurídica. Dondequiera que se ha constituido un
Estado-nación, las leyes fundamentales establecen la facultad
soberana de expropiar, de ejercer lo que los juristas anglosajones
llaman emminent domain, el dominio eminente sobre la propiedad
privada.
Donde impera la economía de mercado, donde la democracia es sinónimo
de capitalismo y receta para enderezar entuertos ajenos; donde
aceptamos y acatamos el consenso de Washington, ahí también puede el
gobiernos expropiar en favor del interés común y fincar sobre
terrenos registrados como sacrosanta propiedad privada.
El formidable señor Greenspan no trajo a cuento el pecado original
mexicano de la expropiación petrolera. Lo suyo es la moneda, el
capital y su flujo, rentas fijas o inversiones de riesgo. La del
petróleo es una industria de riesgo, de alto riesgo. Y altos
rendimientos. Los miedos que alientan los patrocinadores de prédicas
capitalistas nada tienen que ver con que Pemex sea del Estado: la
apabullante mayoría de las grandes empresas petroleras son de
propiedad estatal. En Noruega, en Arabia Saudita, en Irán, en Rusia,
en Brasil, en Venezuela. En fin, los timoratos nativos gritan que no
fluye el capital porque Pemex es del Estado. Pero desde los primeros
instantes del petróleo nacionalizado hubo y hay capital privado
invertido en trabajos de exploración, perforación, refinación y
distribución de crudo y gas. Lo que se debatía en la señorial
reunión donde el señor Greenspan nos anunció el agotamiento de las
reservas si no damos paso a la inversión extranjera, capital y
tecnología para explotar los depósitos en mares profundos del Golfo
de México, era la catástrofe fiscal, desplome del ingreso, de la
hacienda pública. Pemex paga impuestos que equivalen a algo más de
40 por ciento del total recaudado por un ineficaz sistema que capta
entre 10 y 11 por ciento del PIB.
Dicho en términos de lego: Pemex no puede crecer y aumentar su
capacidad de exploración, producción, refinación y construcción de
ductos, porque el fisco se queda con todo. Y, para colmo, la
autonomía de gestión y el nuevo régimen fiscal indispensables para
evitar el deterioro de Pemex, sólo podrían hacerse si Hacienda
encuentra fuentes de ingreso que suplan lo que dejaría de ingresar
por el nuevo régimen fiscal de Pemex. Y, de paso, dejar la parálisis
de una recaudación apenas superior a 10 por ciento del PIB. En los
países de la Unión Europea el ingreso fiscal es de entre 20 y 30 por
ciento del respectivo producto interno bruto. Los del sur pobre, en
Centroamérica, por ejemplo, captan 16, 17 y algunos 20 por ciento.
Vuelvo al lenguaje de lego. El problema de Pemex es fiscal: lo
ordeñan. Acierta el señor Greenspan, la catástrofe sería para la
hacienda pública. De eso sabe. Las tasas impositivas, el régimen al
que está sujeto Pemex impiden que se invierta y podrían (no hay
certidumbre fatal) conducir al agotamiento de las reservas probadas,
dado el incremento en la producción de crudo y el acelerado descenso
de los campos marítimos en explotación frente a Campeche y Tabasco.
Acierta el gran oráculo de la Reserva Federal. Pero puso la carreta
de Pemex adelante de los bueyes de la reforma hacendaria y la
disponibilidad de capital. Si a las empresas extranjeras del gran
capital dispuesto al riesgo las someten al régimen fiscal de Pemex y
a un sistema de presupuesto anual, sin horizonte para la inversión a
largo plazo, se les atoraría la carreta y los bueyes de la inversión
se irían a la barranca.
Los legisladores panistas se reunieron con el presidente Calderón y
recibieron adelantos de la iniciativa de reforma fiscal que
presentará el titular del Ejecutivo ante la Cámara de Diputados.
Plácida posición plural cuando se trata del poder de la bolsa, que
debiera ser del Congreso y nadie disputa al Ejecutivo. Al
inconcebible Vicente Fox le aprobaron por unanimidad los
presupuestos diseñados ostentosamente por Paco Gil. Por hacer ruido,
reviven el espantajo del IVA a medicinas y alimentos. Para curarse
en salud aseguran que la reforma no contempla dichos impuestos. Y
nadie sabe si habrá avances en materia de participaciones de las
entidades de la República federal. Del centralismo de 1824 al de
1929 y, con el vuelco finisecular, vuelta al origen, con la opción
de la Conago y los espacios de poder real para gobernadores que
podrían reclamar voz y voto en la distribución del ingreso.
Lo extraño es que en el antiguo régimen, sin excluir los años del
priato tardío, los diputados y senadores del Congreso de la Unión
tuvieron las facultades y la representación necesarias para dictar
el cómo y el cuánto de las participaciones del ingreso y para el
gasto público. Hoy, el Poder Legislativo hace contrapeso retórico y
simbólico al Ejecutivo; el deber de oponerse lo cumplen en la
fantasía de lo absoluto, detrás del espejo. La obsesión litigiosa
los impulsa a acudir al Poder Judicial; a llevar conflictos
políticos a una Suprema Corte a la que han puesto al filo de
legislar y en riesgo de dictar sentencias políticas.
La Corte resolvió la inconstitucionalidad de la llamada ley
Televisa, preservó la certidumbre jurídica en asunto de interés
capital, en el que el brillo del poder mediático pareció ocultar que
estaba en juego la facultad soberana del Estado de otorgar o negar
una concesión. Vino lo del IFE y se reafirmó la separación de
poderes, así como la precisión de ejercer exclusivamente las
facultades que la ley les señala.
Pero en plena tormenta anual del magisterio y tras el alto costo del
abuso del poder para eliminar adversarios (en el caso de Ulises
Ruiz, el presunto operador electoral de Roberto Madrazo), el pleno
de la Corte discute si tiene la facultad de investigar posibles
violaciones a las garantías individuales. El ministro Genaro Góngora
se erigió en tribuno del pueblo: "La sociedad oaxaqueña está
esperando justicia. Hay heridas que no han cerrado y es un foco que
en cualquier momento puede estallar. El trance social no ha
concluido y es necesaria nuestra intervención."
No hablaba el senador Góngora. ¿Puede la Corte "intervenir"
directamente? ¿Puede declarar desaparecidos los poderes del estado
libre y soberano de Oaxaca?
¡Cuidado! Separación de poderes. Pesos y contrapesos. Sin la
vacuidad del presidencialismo ilustrado que se declaró fiel de la
balanza.

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