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Política a la antigüita

Fuente: eluniversal.com.mx
(30/03/07)


Jorge Chabat

El domingo pasado se realizó una concentración de personas en el zócalo de la ciudad de México para clausurar la llamada segunda Convención Nacional Democrática convocada por el ex candidato presidencial del PRD, Andrés Manuel López Obrador.

En dicha manifestación, se habló de rechazar la ley del ISSSTE, la "privatización" de Pemex (cualquier cosa que eso signifique), la reforma fiscal que está tramando el "gobierno usurpador" y también se mencionó la caída del gobierno "espurio" de Felipe Calderón.

Como se puede apreciar, los temas que se discutieron en la CND y las propuestas no son nuevos. De hecho, forman parte de los postulados del PRD desde hace años. Sin embargo, la manifestación del zócalo es importante por dos razones. Por un lado, revela con claridad que López Obrador sigue controlando al PRD, a pesar de la derrota del año pasado y de la presión de Los Chuchos.

Pero, por otro lado, también revela que López Obrador y, por ende, el propio PRD, siguen haciendo política de la misma forma en que la han hecho toda la vida: por fuera de las instituciones, por la vía directa, a través del zócalo.

A pesar de la derrota del 2 de julio, el PRD sigue pensando que ésa es la meta: llenar el zócalo, el cual es una representación del país. Si se es capaz de llenar el zócalo, significa que se tiene el apoyo de la gran mayoría del país. Así de simple. Es la plaza llena como sustituto de cualquier mecanismo institucional. De hecho era lo que hacía el PRI. Ante las denuncias de fraude o de elecciones manipuladas, el PRI llenaba el zócalo. Obviamente no importaban los métodos para atraer gente a la gran plaza. No importaba si iban por voluntad propia o por la amenaza de perder el empleo o por la gorra y la torta. El zócalo lleno era el último argumento. Y esa tradición priísta ha sido heredada y perfeccionada por el PRD.

Así, no importa que no se obtengan suficientes votos para ganar una elección. No importa que no se tengan los diputados suficientes para ganar una votación en el Congreso. No importa que no se tengan incluso los representantes de casilla suficientes para monitorear una elección. Tampoco importa que no se puedan demostrar las irregularidades en un proceso electoral. El zócalo lleno es la prueba de que se tiene la razón histórica. Todo lo demás es irrelevante.

Se ha dicho en varios tonos que López Obrador sigue siendo el líder del PRD y de un amplio movimiento de masas. Puede ser. Es claro que el ex jefe de Gobierno sigue mandando en el PRD. Ahí estaban todos en el zócalo, frente a la plaza llena. Y es obvio que López Obrador sigue siendo un líder de una parte de la población, la cual seguramente se encontraba muy bien representada en el zócalo el domingo.

Pero finalmente, ¿eso qué significa? Significa eso mismo: que hay una parte de la población que sigue a López Obrador, que se siente atraída por su discurso antiinstitucional, por sus llamados a sacar de la Presidencia a Calderón, por sus reivindicaciones nacionalistas a defender a Pemex de una supuesta o real privatización. Pero al final, esa parte de la población no le alcanza a López Obrador ni al PRD para llegar al poder. Le alcanza para llenar el zócalo, pero no para ganar la Presidencia. Ni siquiera para ganar la mayoría en el Congreso.

Entonces, ¿qué sentido tiene llenar la plaza? ¿De qué sirve atiborrar de gente las calles si no se puede atiborrar de votos las urnas? ¿De qué sirve eso si ni siquiera se puede tener representantes de casilla suficientes? ¿De qué sirve, pues, este poder de convocatoria? Más aún, ¿cuántos de los presentes el sábado en el zócalo votaron y votarán por el PRD? ¿Cuántos siquiera tienen credencial de elector? Pero eso no importa.

Porque el juego de AMLO y del PRD sigue siendo por fuera de los carriles institucionales, en la mejor tradición de los movimientos sociales como la Independencia, la Revolución Mexicana. La gran pregunta es si, hoy por hoy, tiene sentido hacer este tipo de política, política "a la antigüita", política para una época en que los votos y los procedimientos institucionales no importaban, política como la hacía el PRI. Esa es la gran pregunta.

Y la respuesta cada vez es más clara. Tal vez sea más divertido y más reconfortante jugar a llenar la plaza y no las urnas. Pero el día de hoy en México, jugar a las manifestaciones multitudinarias sólo da satisfacciones sicológicas, pero no el poder. Tal vez sea ya tiempo de que el PRD se asuma como un partido con vocación real de poder y comience a funcionar en esa lógica. Tal vez ya sea tiempo de que el PRD piense más en cómo va a captar los votos que necesita para ganar en el 2009 y 2012 y no en cómo va a llenar el zócalo el próximo mes.

jorge.chabat@cide.edu

Analista político e investigador del CIDE
 

 



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