Calderón podría perderlo todo
Mal montado
Fuente:
UNTCIP.net
(26/03/08)
•
Denise Dresser
Según un viejo político, es difícil liderar la embestida de una
caballería cuando te ves ridículo sentado sobre el caballo. Y esto
es precisamente lo que le ha ocurrido a Felipe Calderón. Ha
convocado a librar una gran batalla en nombre de la modernización de
Pemex, pero está mal montado sobre el equino que la encabeza. Se ha
sentado de lado, cuando debería cabalgar de frente; ha aflojado las
riendas, cuando debería apretarlas; ha mantenido a Juan Camilo
Mouriño en la silla a su lado, cuando desde hace tiempo debió
haberlo bajado de ese lugar. Si la primera responsabilidad de un
líder es definir la realidad, hoy Calderón parece acorralado por la
suya. Mientras Felipe deambula, Andrés Manuel cabalga. Mientras el
ejército calderonista no sabe qué armas empuñar, la tropa
lopezobradorista las usa sin misericordia.
Si el presidente no logra recuperar el trote, perderá la batalla y
el país la oportunidad de librarla en buena lid.
Ante el profesionalismo político demostrado por Felipe Calderón en
el primer año, sorprende la magnitud de los errores cometidos en los
últimos meses. Uno tras otro y cada vez más graves. Hablar de la
reforma energética sin haber diseñado la estrategia política y
mediática para lograr su aprobación. Proponer la elaboración de un
diagnóstico con el cual comprar tiempo que sólo Andrés Manuel López
Obrador utilizó en su favor. Negar la autoría de un spot sobre Pemex,
para poco después lanzarlo al aire. Defender incondicionalmente al
secretario de Gobernación, cuando la función dual que desempeñó
despierta dudas sobre su afán modernizador. Permitir el surgimiento
de un vacío sobre el contenido de la reforma que AMLO y su cruzada
contra la supuesta privatización llenó. Calderón sonó la trompeta
pero no se puso las botas, ni tomó el fuete, ni apretó las espuelas,
ni se sentó de lleno en la silla.
Todos los presidentes exitosos tienen una característica en común:
la disposición para confrontar la principal ansiedad de la gente de
su tiempo. El petróleo es una de esas fuentes de ansiedad y Calderón
lo ha encarado de manera equívoca. Evadiendo, postergando,
obnubilando. Permitiendo que su principal contrincante determine los
términos del debate público y para mal. Generando una crisis en la
confianza en el gobierno y su capacidad para transformar a Pemex sin
beneficiar a los mismos de siempre. Ante el hoyo en el cual se ha
metido sólo le queda una opción: desmontarse del caballo, reconocer
los errores en su conducción, remediarlos lo más pronto posible y
volverse a subir. Algo similar a lo que hizo durante la campaña
cuando le confesó a Joaquín López Dóriga que las cosas no iban bien.
Algo parecido a lo que acaba de hacer Barack Obama ante el giro
inesperado y dañino que ha tomado su candidatura presidencial.
Replantear o fracasar.
Presentar argumentos políticamente ambiciosos, intelectualmente
sólidos, emocionalmente resonantes. Informar, educar, inspirar a la
ciudadanía a pensar en Pemex y en el petróleo de otra manera. Usar
el púlpito de la Presidencia para convencer a los escépticos,
informar a los desinformados, trazar los pasos de la reforma que
propone y su necesidad. Reconocer que cada bando tiene agravios
acendrados pero de difícil comprensión para unos y para otros.
Entender que no basta ir en busca del “tesoro”, también habrá que
explicar cómo se repartirá, en manos de quién quedará, qué tipo de
desarrollo fomentará, qué modelo de país financiará, qué clase de
mexicanos construirá.
Pero esta labor indispensable de convencimiento público no puede
partir de verdades a medias o de la simple denostación del
adversario y sus motivos. No debe partir del paradigma que concibe a
los esquemas de coinversión como el único remedio para todos los
males que aquejan a Pemex. No puede partir de una postura definida
por la negociación con el PRI tras bambalinas y a espaldas de la
sociedad. No debe estar enraizada en la perspectiva de quienes
quieren extraer más petróleo pero no han explicado qué harán con los
recursos renovados que generará. No puede suponer que cualquiera con
preguntas legítimas sobre la forma de explotar o repartir la riqueza
petrolera se opone a la modernización de México. Si el gobierno de
Felipe Calderón quiere estimular un debate abierto, objetivo y
sereno no debe promoverlo desde el maniqueísmo polarizador o la
manipulación desilusionante con la que mimetiza a sus enemigos.
Calderón sólo logrará montar de mejor manera cuando comience a
respetar la inteligencia de la ciudadanía que gobierna. Cuando logre
delinear los dilemas de Pemex con candor, con valentía, con
claridad. Y eso entrañaría cabalgar hacia donde todavía no existe un
camino y comenzar a labrarlo: enfocando el debate no sólo en cómo
extraer más petróleo, sino también a cómo usar de mejor manera la
riqueza que produce. Centrando la atención no sólo en cómo extraer
un recurso patrimonial, sino también en la forma de usarlo para el
desarrollo. Llamando no sólo a ir tras el tesoro, sino también
aclarando quién lo disfrutará.
Pero arribar a ese lugar de entendimiento compartido requerirá
ciertos pasos imprescindibles. Y el primero sería anunciar que le ha
pedido la renuncia a Juan Camilo Mouriño. Que Felipe Calderón va a
ser el primer presidente de México en deslindarse de un amigo y
colaborador cercano, responsable de un conflicto de interés. Que
quiere acabar con el patrimonialismo en el gobierno y éste caso es
prueba del compromiso calderonista con su erradicación. Que la
reforma energética no se hará a la medida de una “minoría rapaz” y
la salida de Mouriño lo demuestra. Que ha escuchado a la ciudadanía
y es sensible a sus reclamos. Que el gobierno es capaz de
transformar una supuesta derrota política en una oportunidad para
replantear el debate sobre un tema combustible.
Porque si todo esto no ocurre, la reforma energética será inviable.
La transformación de Pemex será inconseguible. El replanteamiento
del papel que juega el petróleo en el desarrollo de México no tendrá
lugar. Por más publicistas que contacte y más spots que disemine y
más conductores de televisión que contrate, el equipo de Felipe
Calderón no logrará su aprobación. O sólo la conseguirá en términos
políticamente suicidas. O habrá diluido tanto su alcance que servirá
de poco. O la obtendrá a costa de polarizar nuevamente al país en
lugar de conducirlo. Si no se monta sobre el tema energético con el
sombrero de la sinceridad en la mano, llegará cojeando al campo de
batalla. Si el presidente no puede inaugurar una conversación
convincente y honesta sobre el petróleo, sin duda lo tumbarán del
caballo en cuanto llegue allí.— México, D.F.
dorisarnez@yahoo.com.mx