León Bendesky
leon@jornada.com.mx
Tesoro negro
Fuente: CNEE-sur.net
(31/03/08)
• La falta de
imaginación ha sido un rasgo definitorio y enraizado de la política
mexicana; se advierte, ya por muy largo tiempo, en la forma en que
se conduce al Estado y cómo se administran los asuntos públicos en
general. Esa ausencia de ideas ha hecho prácticamente
indistinguibles a los sucesivos gobiernos, a pesar de la alternancia
partidista en el poder. Tal vez por eso en un acto reciente en el
que se prometía una vez más algún servicio a una comunidad, uno de
sus miembros haya confundido a Felipe Calderón con Ernesto Zedillo,
y es que en verdad desde hace muchos sexenios todos les han sido
intercambiables.
La situación del petróleo muestra de nueva cuenta la dominante
ausencia imaginativa en la conducción del país. Es en verdad
paradójica la manera en que operan quienes están jugueteando –y ésa
es la imagen que se proyecta– con una reforma energética en el
gobierno y el Congreso. Así aparece, también, a quienes se expone un
asunto de tal relevancia y a quienes en última instancia se dirige
su trabajo, es decir, los ciudadanos.
Precisamente cuando el precio del crudo es el más elevado, justo
cuando se reciben grandes ingresos excedentes por la exportación de
petróleo y en tanto se obtiene una enorme renta petrolera, el
argumento oficial es que hay que salvar a Pemex de la crisis en que
se encuentra. Por eso resulta inverosímil decir que contamos con un
tesoro en aguas profundas al que no se puede acceder.
Esto equivale a reconocer de manera cruda la situación en la que
desde el gobierno y por décadas se ha expuesto a la empresa
petrolera estatal y a la industria petroquímica en conjunto. En vez
de declaraciones de esa naturaleza convendrá admitir
responsabilidades y actuar en consecuencia, lo que no se relaciona
necesariamente con la reforma que se fragua en Los Pinos.
La visión que promueve el gobierno sobre los recursos petroleros y
sobre Pemex es muy endeble para construir una reforma de la
envergadura de la que requiere en sector energético. Lo que ha
habido en torno a Pemex durante décadas y lo que está detrás de la
necesidad de rescatarla, según propone el gobierno, es una falta de
imaginación completa, a la que se asocia un modo ya caduco de
administrar la empresa, de hacer política y de gobernar.
Esto se envuelve en la carencia crónica de una política energética y
de una estrategia para el uso de los hidrocarburos; en la
inmovilidad política de conveniencias para reducir la brutal
dependencia fiscal del gobierno con los ingresos del petróleo; en la
falta de una estructura corporativa y laboral moderna y funcional en
una empresa pública de la relevancia de Pemex y en la profunda
corrupción que caracteriza a esta industria. Pemex va a
contracorriente de lo que ocurre en la industria petrolera, sobre
todo en aquella que es propiedad estatal en otras partes del mundo.
La reforma que se busca sólo acentuará la miopía gubernamental
respecto del sector.
El emperador va totalmente desnudo y nadie puede ya embaucar a la
gente para que haga como que cree que porta elegantes trajes. El
traje con el que ahora quiere vestirse Felipe Calderón como líder de
una reforma energética y de la reconversión de Pemex puede acabar
siendo un disfraz. La reforma con la que hasta ahora sólo ha amagado
y que apoyan su débil gabinete y su partido, junto con muchos
potenciales beneficiarios, tiende a ser inconsecuente.
Lo saben todos. Y por eso la propuesta presidencial de extraer “el
tesoro que tenemos a más de 3 mil metros de profundidad” es, una vez
más, una muestra de la falta de imaginación para concebir al país y
la sociedad. Todo al respecto se ha dicho a medias, es opaco, como
si hubiera que esconderse de aquellos mismos a los que se representa
desde el gobierno y a quienes se trata de convencer infructuosamente
de que la reforma que se intenta es la mejor decisión.
La arraigada práctica del quehacer político, siempre con la menor
transparencia posible, sigue siendo la norma en México. En este caso
puede asociarse con el origen mismo del gobierno actual. Así se está
procediendo para actuar sobre uno de los aspectos claves de las
grandes distorsiones que padece la economía y, también, el orden
político prevaleciente.
El tema general de la energía, y en este caso del petróleo en
particular, no puede acabar siendo un motivo de manipulación
política. Se trata de un asunto clave para soportar un proceso de
desarrollo de largo plazo. Está en el centro de la posibilidad de
renovar el crecimiento productivo y superar, así, el estancamiento
de la economía.
Éste es un asunto en el que intervienen aspectos básicos de índole
técnica del manejo de los recursos de hidrocarburos y de la gestión
financiera que va más allá de Pemex, e incide en el conjunto de las
finanzas públicas. Lo que se pone al descubierto cada día son
nocivas prácticas políticas y de administración que pueden lindar en
la ilegalidad y afectan de modo directo la viabilidad de la empresa.
La industria petrolera requiere imaginación y perspectiva políticas,
y no puede ser objeto de remate en el mercado.