Sigue diálogo en el ININ; la huelga,
latente
Fuente: CNEE-sur.net
(31/03/08)
• José Antonio Rojas
Nieto
rojasags@yahoo.com.mx
Pemex: asunto de prioridades
A pesar de su ineludible sobre politización, la discusión actual
sobre una reforma energética cuyas características –por cierto– aún
no se conocen, tiene aspectos importantes y virtuosos. Obligar a que
el gobierno presente –como se asegura que lo hará hoy– un
diagnóstico sobre el área energética es uno de ellos. ¿Por qué?
Porque permite a la sociedad ver el nivel de seriedad y profundidad
de la visión gubernamental. Y juzgar –asunto imprescindible– su
integralidad y sustentabilidad.
¿A qué me refiero? A lo que ha sido señalado ya por algunos
estudiosos del área energética, de la petrolera en particular: no es
posible restringir el análisis de lo energético –en este caso lo
petrolero, pero se puede decir lo mismo de lo eléctrico– a los
aspectos de la disponibilidad de recursos y de las condiciones de
producción.
La lamentable y demagógica propaganda gubernamental reciente no hace
sino confirmar la bajeza de miras y la insuficiencia de
perspectivas. Me refiero, al menos, a la que sustenta los espots
televisivos del llamado “tesoro petrolero”. ¿Puede usted creer que
la mayor prioridad petrolera del momento sea la exploración y el
desarrollo de campos en aguas profundas? ¿Se lo han demostrado? ¿Es
cierto –técnica y científicamente probado– que el petróleo en el
futuro tendrá que venir de yacimientos cuya complejidad supera, por
mucho, la que se ha presentado hasta ahora, como se asegura en ese
Programa Sectorial de Energía?
Se trata de una verdad a medias. Y, en consecuencia, existen
opiniones divergentes en torno a este contundente juicio
gubernamental. Y, análogamente, propuestas de prioridades también
divergentes. ¿Ejemplos? Al menos uno. Según informes de Pemex, el
volumen de recursos petroleros descubiertos e identificados es de 44
mil 500 millones de barriles. De éstos, 14 mil 700 (33 por ciento)
son reservas probadas que se pueden producir económicamente con los
métodos actuales; 15 mil 100 (34 por ciento) son reservas probables
que pudieran llegar a extraerse. Y 14 mil 600 son reservas posibles
que también pudieran llegar a extraerse.
¿Cuál es la diferencia entre probables y posibles? Cito definiciones
técnicas. Que las probables se identifican por su cercanía a áreas
ya perforadas o, incluso, no perforadas, pero cuyo volumen y
características se pueden estimar por métodos geológicos y
geofísicos, a partir del conocimiento de las ya perforadas. En
cambio, las posibles sólo son resultado de estimaciones –también con
métodos geológico y geofísicos– pero en áreas no cercanas a las ya
perforadas, aunque dentro de una misma zona, provincia o región
geológica.
Los mismos informes de Pemex estiman que además de esos recursos
petroleros descubiertos e identificados hay otros, los recursos
prospectivos. ¿Cuáles y cuántos son? Son los que todavía no se
descubren y que se estiman con base en información geológica y
geofísica y geoquímica disponible de la zona. Además –muy
importante– se estima que pueden ser recuperados. Son de tres tipos.
Unos primeros los no descubiertos en tierra y en aguas someras
estimados en 24 mil 300 millones de barriles de petróleo crudo
equivalente.
Otros segundos de 9 mil 200 millones en las llamadas aguas
profundas, es decir, en zonas del mar en los que “se toca tierra”
entre 500 y mil 500 metros. Finalmente, unos terceros de 20 mil 300
millones de barriles en las llamadas aguas ultra profundas, es
decir, en zonas del mar en los que “se toca tierra” más allá de los
mil 500 metros de profundidad de agua en el mar. Este sólo juego de
definiciones nos conduce a una serie de preguntas muy importantes,
sin incluir –por el momento– la de la capacidad de recuperación.
Dada la escasez de recursos –huelga decir que por la carga fiscal
draconiana sobre Pemex– qué resulta prioritario: ¿realizar acciones
para que las reservas posibles se conviertan en probables, y las
probables en probadas? o ¿impulsar proyectos que permitan que los
recursos prospectivos pasen a ser parte de las reservas?
Créanme que el asunto no es trivial. Incluso, si se respondiera que
lo prioritario es lo segundo o –idealmente– que se pudieran hacer
las dos cosas a la vez, surgirían nuevas preguntas que obligarían a
nuevas definiciones: ¿Qué tipo de recursos prospectivos debieran
trabajarse primero? ¿Los de aguas someras y áreas terrestres? ¿Los
de aguas profundas? ¿Los de aguas ultra profundas? ¿Los tres? ¿En
qué dosis?
De nuevo, créanme que la respuesta no es simple. Menos simple
demostrar que la prioridad es aguas profundas y aguas ultra
profundas. Y –todavía más difícil– que para ello hay que cambiar el
artículo 27 de la Constitución o, al menos, sus leyes reglamentarias
porque –se dice– no hay dinero en el país para emprender esa tarea
o, habiéndolo, no hay compañías que presten los servicios para
hacerlas.
Ha hecho mucho daño la superficialidad con la que el gobierno y
muchos legisladores han tratado el asunto. Y más daño la ignorancia
o la mala fe que manifiestan con sus verdades a medias. Y, sin
embargo, el asunto no es de iniciados. Ni de especialistas. Es de la
sociedad en pleno. Y para que ésta tome una buena decisión, debe
informársele clara y verazmente. E, incluso, señalarle su enorme
responsabilidad como consumidor de energía –en este caso petróleo–
en términos de ahorro y uso eficiente. Justamente para lograr la
integralidad y la sustentabilidad energéticas. Sin duda.
NB Con mi recuerdo afectuoso a dos petroleros de ley que ya se
fueron: Ulises Ricoy y David Cortés Bastida, aguerridos defensores
del poder social que da el petróleo a la nación.