Carlos
Fazio
Sobre nazis, terror y medios
Fuente:
CNEE-sur.net
(6/05/08)
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México vive una aguda lucha de clases.
La actual disputa en torno al petróleo, que confronta a
privatizadores y nacionalistas, exhibe el problema de manera
descarnada. Continuación de la pelea en torno al fraude de Estado
electoral, el conflicto sobre la privatización de Petróleos
Mexicanos expone, en definitiva, la disputa entre dos proyectos de
nación dentro de los marcos del sistema.
La primera fase de la lucha en torno a la contrarreforma energética
de Felipe Calderón desnudó la renovada alianza de clases de los
partidarios del status quo y el inmovilismo; de quienes se oponen a
todo cambio social y al pensamiento crítico y solidario. Y como
tantas veces antes en el pasado reciente, dicha alianza clasista se
movió, en términos de propaganda, en dos terrenos interrelacionados,
complementarios y, en rigor, sincronizados: el de los intelectuales
orgánicos del sistema y el de la guerra sucia mediática patrocinada
por la derecha más reaccionaria. En ambos casos, el escenario
principal de la campaña de manipulación e intoxicación
propagandística fueron los medios electrónicos bajo control
monopólico, Televisa en primer lugar. Sin embargo, la prensa escrita
también jugó papel destacado, sobre todo en las secciones de
opinión.
El blanco de la campaña fue el mismo que desde 2002, atravesando por
los videoescándalos, el desafuero y la guerra sucia electoral, tiene
inquieta a la oligarquía y llega hasta nuestros días: Andrés Manuel
López Obrador, estigmatizado entonces como populista radical, mesías
tropical, hombre autoritario y violento, y caricaturizado ahora como
fascista, nazi y golpista, entre otros epítetos y trucos retóricos
fuera de toda proporción y objetividad.
En el fondo, la reacción de la cúpula empresarial, la ultraderecha
corrupta y sus papagayos mediáticos no se reduce a señalar a AMLO
como “un peligro para México”. El verdadero temor de la plutocracia
gobernante, sus aliados priístas y los intelectuales políticamente
correctos guarda relación directa con el avance de la conciencia
popular, las masivas acciones de la resistencia civil pacífica
contra el fraude electoral y en defensa del petróleo y el
surgimiento de distintas formas de organización horizontal en todo
el territorio nacional.
Si a ello se le suma la existencia en México de otras fuerzas
antisistémicas, algunas de carácter armado (EZLN, EPR, ERPI), se
comprende por qué el régimen recurre de manera persistente a la
mentira, la falsificación de la información y al terrorismo
mediático, en el contexto de una guerra contrainsurgente en ascenso.
La cúspide de la campaña mediática fue un espot difundido en
horarios estelares de Televisa, donde se comparó la toma de las
tribunas en el Congreso por legisladores del Frente Amplio
Progresista con acciones encabezadas por Adolfo Hitler, Benito
Mussolini, Augusto Pinochet y Victoriano Huerta. Por medio de una
secuencia de imágenes, esos anuncios pretendieron equiparar a López
Obrador con los personajes mencionados, mientras se afirmaba que,
con la “clausura” del Congreso, la “democracia” mexicana y la “paz”
estaban en peligro. Un insulto a la inteligencia, o una forma falaz
y absurda de sembrar miedo y alimentar el encono y la polarización
social.
La liga directa del Partido Acción Nacional con los promotores
visibles de los espots de propaganda negra (entre ellos los
neofascistas Guillermo Velasco Arzac y José Antonio Ortega, quienes
en colusión con el genocida presidente de Colombia, Álvaro Uribe,
presentaron además una denuncia penal por “terrorismo
internacional”, ante la Procuraduría General de la República, contra
Lucía Morett y 15 mexicanos más, cuatro de ellos asesinados en el
Sucumbíos ecuatoriano), no dejó duda sobre quién fue, en realidad,
el autor intelectual de la nueva campaña de odio: el gobierno de
Felipe Calderón. Una vez más, el respaldo público del Consejo
Coordinador Empresarial al régimen desnudó el carácter de clase de
la nueva guerra sucia mediática.
John M. Ackerman recordó en estas páginas que el fascismo es una
ideología basada en la razón de Estado y la fidelidad total al jefe
de la nación, que utiliza la violencia y la propaganda para generar
un clima de miedo y odio contra los “diferentes”. Y no es
precisamente López Obrador quien se ha acercado en los últimos años
al fascismo, sino los gobiernos del PAN y los grandes monopolios
privados, legitimados por la jerarquía conservadora de la Iglesia
católica e intelectuales áulicos que viven de la teta del poder.
Con un agregado: igual que ocurre en Colombia, Venezuela, Ecuador,
Argentina y Bolivia, el nuevo laboratorio mediático de abril en
México forma parte de la “guerra de cuarta generación” impulsada por
la administración Bush en el marco de su lucha contra el
“terrorismo” (como sustituto del viejo fantasma comunista).
El concepto, acuñado en 1989 por William Lind del Pentágono, abarca
la guerra asimétrica, la guerra sucia, el terrorismo y la
propaganda, en combinación con estrategias no convencionales de
combate que incluyen la cibernética, el control de población y la
política.
Asociada a la guerra sicológica, la generación de matrices de
opinión falsas y negativas, mediante el reciclamiento de mensajes
fabricados que son difundidos en la gran prensa internacional,
permite librar batallas que se resuelven sin fusiles. Las grandes
unidades militares son remplazadas por pequeñas unidades mediáticas
que montan grandes operaciones de prensa que buscan determinada
reacción de la sociedad. Con una ventaja central: a la familia
Santos del diario bogotano El Tiempo, y a Emilio Azcárraga Jean, de
Televisa, no hay que engañarlos o convencerlos. Son herramientas
dóciles, porque sus intereses económicos y de clase coinciden con
los objetivos de las guerras sicológicas de Washington.