Tarascadas a la renta petrolera
Fuente:
CNEE-sur.net
(7/05/08)
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Las reformas enviadas al Congreso por
Calderón, presidente del oficialismo, llevan como consigna compartir
la renta petrolera con los personajes y entes favoritos de su
tambaleante administración. Para ello, empiezan por regularizar lo
que de torcidas maneras han llevado a cabo en etapas sucesivas
durante los años del neoliberalismo más entreguista que ha visto la
historia reciente. Del contratismo, tanto en la Comisión Federal de
Electricidad (CFE) como en Pemex, se han ido dando numerosos pasos
encaminados a introducir al capital privado (por la trastienda) para
hacerlo partícipe privilegiado de la producción de energía eléctrica
(productor independiente) restringida, por ahora, a los clientes de
gran tamaño. O, en el campo petrolero, asociarlo a los altísimos
márgenes de utilidades que genera la exploración y perforación de
pozos, tanto de gas (contratos de servicios múltiples) como de
crudos (servicios adicionales)
Los pretextos para abrir las puertas de par en par a las
trasnacionales de la energía son variados. Los primigenios se
dirigieron hacia la incapacidad de obtener y movilizar los enormes
recursos financieros que exige esta compleja industria. Siguieron
los tecnológicos, en específico los conocimientos e instrumental
para la producción a grandes profundidades marinas. Han hecho su
aparición reciente los organizativos para manejar proyectos de
envergadura y dar autonomía de gestión a las paraestatales. No se
tiene, afirman, capacidad para operar en ambientes de exigente
profesionalización y alto riesgo. Todo lo anterior navega sobre una
capa de preconcepciones que sitúan a las empresas públicas en la
picota de la ineficiencia y a las privadas en la excelencia per se.
La detenida lectura de las cinco iniciativas de Calderón proyecta
una imagen nítida de sus propósitos entreguistas y tramposos. Las
empresas que puedan entrar a la rebatinga de los contratos futuros
en Pemex, todos santiguados por modificaciones a la Constitución,
podrán aspirar a integrar sendas empresas energéticas. Pemex será,
según afirman con repetido entusiasmo nacionalista y de respeto a lo
que es de los mexicanos en los prolegómenos de las reformas, un
titular del crudo y ciertos refinados. Aquellos capitales o empresas
que exploren, perforen o extraigan crudo, además de hincarle el
diente a los rendimientos de estas etapas, podrán continuar las
operaciones hasta llegar al consumidor. Este punto final podrá ser
el de gasolinas, gas doméstico o industrias usuarias de otros muchos
petrolíferos. En toda esa rentable cadena, los privados compartirán
con Pemex los crecientes rendimientos que la refinación o
petroquímicas aportan. Pero, eso sí, Pemex será el titular de
gasolinas, gas o derivados adicionales. Los concesionarios,
contratistas y demás participantes pondrán los instrumentos, los
conductos, administrarán los procesos transformadores por los cuales
el gas se convierte en amoniaco, en electricidad o el crudo en
combustóleo, plásticos y gasolinas. La propiedad de los instrumentos
conductores, transformadores, perforadores y demás palancas
productoras serán de las empresas participantes. El contenido que
fluye por esos tubos y trenes de refinado es de los mexicanos y
nadie lo tocará, arguyen. Sólo se les otorgará una participación de
acuerdo a hallazgos, producción de crudo, costos de refinación,
márgenes en utilidades por ventas, etcétera. Es decir, se les invita
a que les sean simpáticos a los panistas y priístas aprobadores, a
ponerse en la corta fila de los privilegiados, aspirantes a darle
una tarascada al mayor tesoro que todavía permanece en las
desinformadas manos de mexicanos incautos.
Con las reformas propuestas se explica, ahora, la insistencia de la
tecnocracia derechista por definir la renta petrolera como la
diferencia entre los ingresos por la venta de un barril de crudo y
los costos de su extracción (ambos términos multiplicados por los
millones de barriles diarios). Los rendimientos adicionales de la
vasta cadena se tratarán fuera de tal concepción y quedarán reos de
la más cruda rebatinga de postores y socios. Sólo que la renta de un
barril de gasolinas es bastante mayor que la de uno de crudo. Y el
de petrolíferos puestos en casa o en industrias consumidoras
(fertilizantes, plásticos, reactivos químicos y medicinas) es mucho
mayor que los mencionados antes. Y ahí está el detalle de lo que se
va acarreando a lo largo de las modificaciones pretendidas.
Se espera que en el ya próximo debate vaya quedando claro para los
mexicanos de a pie lo que se trama en contra de su riqueza remanente
y de su ya bastante oscurecido futuro de oportunidades para su
desarrollo y bienestar. Pues por lo que toca a la organización misma
de la industria petrolera, el enredo es fenomenal. Se introducen
figuras superpoderosas en el consejo de administración y se plantean
sendos organismos de regulación que harán más complicada la telaraña
burocrática al tiempo que oscurecen las normativas de contratación y
dan prerrogativas desmesuradas a sus directivos. Una sana práctica,
se arguye, de este tipo de empresas. Lo cierto es que tal sanidad
todavía no se conoce, menos aún entre las trasnacionales de renombre
mundial.
Faltan todavía otras reformas adicionales por ser enviadas al
Congreso. Son aquellas que deberán normar las relaciones de Pemex
(¿y CFE?) con la hacienda pública. En estos álgidos puntos habrá de
verse cómo resolver las delicadas conexiones entre la renta
petrolera incautada y los privilegios otorgados, en el transcurso de
las complicidades que marcan a un sistema recaudatorio profundamente
injusto, por la vía fiscal a los grandes contribuyentes nacionales.
Éste es el meollo que ha puesto a Pemex en la situación en que hoy
se encuentra. De la manera en que se aborde este problema, creado
por sucesivas administraciones irresponsables, dependerá mucho de lo
que se promete lograr: la seguridad energética nacional. Y el otro
rubro todavía faltante apunta hacia los volúmenes de la plataforma
petrolera. Sólo se habla de aumentar la producción sin la crítica
suficiente ni la claridad necesaria de ¿a qué dedicar la producción
futura? ¿Al mercado interno o para asegurar parte sustantiva de los
requerimientos del aparato industrial, militar y de consumo en
Estados Unidos?