Pemex:
la estrategia sin rumbo
Fuente:
CNEE-sur.net
(8/05/08)
•
Por: Jesús Martínez Álvarez
Algunos dicen que estrategia es todo lo que se hace antes de
ingresar a un escenario de potencial o previsible conflicto. Luego
empieza la táctica. Establecer una estrategia implica conocer de
antemano las distintas formas en las que se va a dirimir un
conflicto y cómo enfrentarlo en función del objetivo que se desea
alcanzar.
Una de las estrategias más conocidas durante la Segunda Guerra
Mundial fue la que se puso en práctica después de la derrota
italiana en el norte de África. Hitler envió a Rommel a reorganizar
las tropas italianas y a terminar con los suministros petrolíferos
para los aliados en la base principal de Oriente Medio y donde
atracaban los buques de guerra. El objetivo era el puerto de
Alejandría.
Los aliados, encabezados por los ingleses y ya contando con esa
información, decidieron llamar al ilusionista inglés Maskelyne, para
que, haciendo uso de su habilidad, “desapareciera” el puerto de
Alejandría con todo y sus buques.
El plan consistió en hacer una réplica del puerto, a una escala
menor a la real, llevarlo a una bahía cercana y que, vista desde el
aire, pareciera el puerto que pretendían bombardear los alemanes.
Debido a que los alemanes utilizaban su fuerza área en la noche,
teniendo como principal referencia la visual, los aliados le dieron
especial atención a la iluminación.
Cuando los alemanes decidieron atacar el puerto de Alejandría, éste
se encontraba totalmente a oscuras. La réplica, profusamente
iluminada, fue bombardeada durante tres días y tres noches seguidas.
Desde tiempos ancestrales, la estrategia ha formado parte
fundamental para poder lograr todo objetivo, lo mismo para la guerra
que para los negocios o para cualquier otra actividad humana.
Ahora estamos frente a una estrategia oficial, relacionada con el
impulso a la aprobación de la reforma petrolera. Pero sus resultados
han sido negativos: el resurgimiento de políticos y grupos
desgastados y, lo más grave, una probable polarización nacional
cuyas consecuencias todavía no es posible predecir.
Una vertiente es la estrategia de comunicación. Los mensajes
oficiales no explican ni argumentan. Pretenden vender beneficios
mágicos. “Mamá, ¿ya te enteraste de que podemos ser socios de Pemex?”...
No, no lo sabía… El hijo responde: “Sí, figúrate que vamos a poder
adquirir bonos que nos van a permitir ser socios de Pemex y como
consecuencia, vamos a obtener grandes utilidades, pero sobre todo,
nos va a permitir el que Pemex nos rinda cuentas claras y sea una
empresa totalmente transparente…”. El padre interviene: “¿Tú crees
que eso sea posible? Y el hijo responde con una gran sonrisa: “Desde
luego, sólo se requiere que se apruebe la iniciativa que fue enviada
al Congreso de la Unión”.
El optimismo se desborda en otros spots: la reforma terminará con la
pobreza en México. No se dice cómo ni se precisan beneficios
creíbles, acotados, relación de causa y efecto. Se trata de vender
espejismos, apelar a la fe, repetir para hacer creer.
No podemos negar que la estrategia oficial ha permeado en algunos
sectores que, sin mayor reflexión y análisis, se suman al optimismo
y se pronuncian por los beneficios prometidos.
Es lamentable que un asunto tan sensible y delicado como la
reestructuración de Pemex, con todo lo que ello significa, se esté
tratando como si se quisiera colocar un producto en el mercado.
La mejor prueba es que hasta este momento ni el señor Director de
Pemex ni la señora Secretaria de Energía han podido sostener un solo
argumento sólido para justificar los supuestos beneficios que se
obtendrán de aprobarse la iniciativa en los términos en que fue
presentada. Se tiene la impresión de que el gobierno y el partido
solamente le están apostando a su aprobación, contando con la
totalidad de los votos del Partido Acción Nacional y con unos
cuantos más que se requieren. No es una meta difícil, porque los
mercenarios y los oportunistas abundan, hoy en día, en todos los
partidos políticos.
Nadie está en contra de una verdadera reestructuración de Pemex.
Todos estamos en favor de contar con una empresa altamente
productiva y eficaz, transparente en su operación y que rinda
cuentas.
Para lograrlo, se requiere simple y sencillamente voluntad política.
A pesar de lo obsoleto de nuestras leyes, nada impide que todo
organismo descentralizado de gobierno se maneje de manera
transparente. Pensar que es problema de leyes, es querer seguirse
engañando o en el caso que nos ocupa, querer disfrazar una de las
demandas fundamentales del Banco Mundial reveladas por el Dr. John
Saxe-Fernández: “Es necesario llevar a la empresa Pemex a un punto
de venta”. Y eso es efectivamente lo que se ha venido haciendo a
partir, sobre todo, del año 1990: desmantelar a Pemex; no destinar
un solo centavo a su infraestructura y llevarla a un proceso de
deterioro, de tal manera que se justifique su privatización.
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