AHORA VIENE LO NO TAN IRRISORIO
El hombre que no quiso
Denise Dresser
Fuente:
UNTCIP.net
(27/11/06)
Quizás el poder absoluto corrompe absolutamente, pero el rechazo al
poder por parte de quien debería ejercerlo entraña su propia forma
de corrupción. Su propia manera de claudicación. Produce el estilo
personal de no gobernar o hacerlo mínimamente. Produce una
presidencia que en vez de pelear por la modernización de México,
prefiere aplaudir su inercia. Celebrar su estancamiento. Darse
palmadas en la espalda por las crisis que evitó y los riesgos que no
tomó. Vicente Fox será recordado en gran medida por todo lo que pudo
hacer y no hizo. Por todo lo que el país exigía y él ignoró.
Porque atrapado en la burbuja de Los Pinos, no pudo mirar más allá
de ella. Se convirtió en un presidente que no quiso lidiar con los
vicios del viejo sistema y erradicarlos. Vio a un país democrático y
económicamente estable, sin entender que esa apreciación era
parcial, insuficiente, irreal. Vio a un sistema político que –desde
su perspectiva– no necesitaba reformas institucionales profundas y
por ello no las promovió. Vio a una economía que no requería –desde
su punto de vista– nuevas reglas del juego y por ello no las empujó.
Vio a un México que sólo existía en la cabeza de alguien que nunca
quiso mirarlo de frente.
Alguien que no pudo encarar a los peores demonios del PRI como forma
de vida y encontrar la forma de exorcisarlos. Alguien que se negó a
entender que en el 2000 tenía ante sí la posibilidad de transformar
y no sólo preservar. Alguien que había denunciado a las tepocatas, a
las alimañas y a las víboras prietas para después tomarse la foto
junto a ellas. O inaugurar presas con su nombre, como acabó haciendo
en el caso de Leonardo Rodríguez Alcaine. O apuntalar a líderes
autoritarios, como acabó haciendo en el caso de Ulises Ruiz. O
avalar la impunidad prevaleciente, como acabó haciendo en el caso de
Romero Deschamps.
Al partir de un diagnóstico equivocado, Vicente Fox adoptó actitudes
equivocadas. Prefirió vender antes que gobernar. Prefirió promover
antes que cambiar. Prefirió viajar a lo largo del país antes que
comprender lo que debía hacer para echarlo a andar. Prefirió
conformarse con la estabilidad macroeconómica, sin pensar en lo que
tendría que haber hecho para construir una economía más dinámica
sobre sus cimientos. Prefirió mirar el vaso medio lleno, sin ver que
la mirada mundial lo veía cada vez más vacío. Un país estable pero
paralizado, subsidiado por su petróleo y sus migrantes. Quizás mejor
que ayer para algunos, pero igual que ayer para muchos.
Un país que, como sugiere el reportaje especial de la revista The
Economist, lleva un sexenio dormido. Seis años dejando hacer y
dejando pasar. Seis años de más de lo mismo ante una realidad que
demanda mucho más. Postergando las decisiones difíciles y las
reformas dolorosas. Posponiendo la modernización en aras de asegurar
la popularidad presidencial. Ignorando los retos que la
globalización exige: una economía más competitiva, una mano de obra
más productiva, una población más educada, un capitalismo más
dinámico que genere riqueza y –al mismo tiempo– tenga los incentivos
para distribuirla mejor.
Un país con logros que palidecen ante el tamaño de los problemas que
Vicente Fox deja tras de sí. Un México más libre pero más
polarizado. Un México con más crédito pero más crimen. Un México con
más vivienda pero más narcotráfico. Un México con más Oportunidades
del cual un número creciente de personas decide emigrar. Un México
con un Estado más descentralizado pero más acorralado por intereses
particulares cada vez más poderosos. Un México con baja inflación y
alta concentración de la riqueza. Un México dividido en un Norte
próspero y un Sur estancado. Un México que va perdiendo la ventaja
competitiva de su cercanía con Estados Unidos, mientras lamenta la
construcción de un muro que su letargo ha contribuido a crear. Un
México donde 20, 30% de la población no cree en las instituciones
democráticas y es convocada a las calles a denunciarlas. Un México
donde la izquierda siente que la quisieron destruir y ahora se
apresta a hacer lo mismo con sus adversarios.
Quizás Vicente Fox no es responsable de esta larga lista de
sinsabores, pero en muchos casos los ha exacerbado. Por acción y por
omisión. Por lo que hizo y por lo que dejó de hacer. Por las viejas
reglas del juego que no modificó y con las que permitió que los
poderosos en México siguieran jugando. Por todo aquello frente a lo
cual cerró los ojos o volteó la mirada. Por la frivolidad desplegada
que su propia esposa fomentó. Por las negociaciones difíciles que
debió haber llevado a cabo y eludió. Por el vacío de poder que
produjo y que otros llenaron. Porque a lo largo de seis años, Fox
fue un candidato permanente pero un presidente intermitente. Fue un
porrista de tiempo completo pero un jefe de Estado que lo debilitó.
Y ése probablemente es su peor legado. Un Estado que en rubros
cruciales ha perdido la capacidad para serlo. Un Estado que existe
para proteger la seguridad de la población pero no puede hoy
asegurarla. Un Estado que existe para gobernar en nombre del interés
público que ha sido rebasado por los intereses fácticos. Un Estado
acorralado por las fuerzas que debería articular pero frente a las
cuales –con Fox a la cabeza– se ha rendido. Un Estado arrinconado
por los múltiples “centros de veto” que constriñen su actuación. Los
monopolistas rapaces y los líderes sindicales atrincherados y las
televisoras chantajistas y los empresarios privilegiados y los
movimientos sociales radicales y los priistas saboteadores que
ofrecen pactar pero nunca lo hacen. Todos los que ejercen el poder
informal en México. Todos los que han llenado el hueco que la
presidencia encogida de Vicente Fox produce y deja allí.
Vicente Fox seguramente justificará su herencia con el argumento de
la presidencia democrática. Dirá que decidió acotar su poder y se
alabará por ello. Dirá que decidió quitarle protagonismo a la
presidencia y argumentará que hizo bien. Dirá que México necesitaba
terminar con el presidencialismo exacerbado y él lo logró. Argumento
tras argumento demostrará lo que no entiende y nunca entendió. Sus
críticos no le exigían que fuera un presidente imperial sino que
fuera un presidente eficaz. No le exigían que se comportara como un
dictador sino como un líder. No le exigían que ejerciera el poder de
manera arbitraria, sino que lo ejerciera y punto. Pero Vicente Fox,
una y otra vez, confundió la autoridad legítima de cualquier
presidente en cualquier democracia con el autoritarismo. Pensó que
si actuaba con firmeza sería catalogado como un priista. Creyó que
si usaba sus atribuciones sería cuestionado por ello.
Para no excederse, optó por no actuar. Para evitar la crítica que
sus acciones podrían generar, evitó llevarlas a cabo. “Respetó”
tanto a los otros poderes que eludió ejercer el propio. Obsesionado
en no parecerse a los presidentes priistas que tanto criticó, acabó
emulando a los defensores del statu quo. Acabó defendiendo lo que en
la campaña presidencial denostó. Acabó disminuido en la misma silla
del Águila que había ofrecido sacar a patadas de Los Pinos. Acabó
siendo el último presidente priista emanado de las filas del PAN. Un
hombre que llegó al poder prometiendo cambiar lo más elemental de su
ejercicio, pero sólo lo encogió. Para mal de la presidencia, para
mal del Estado, para mal del país.
En las “Reflexiones al término del mandato” que Vicente Fox disemina
en días recientes, afirma que ha trabajado al límite de sus fuerzas,
con todas sus capacidades. Y tristemente tiene razón. Hizo todo lo
que pudo dada la persona que es. El ranchero que regresa al rancho.
El personaje necesario para sacar al PRI de Los Pinos que da para
poco más. El presidente que sale relativamente mejor librado que sus
peores predecesores, pero eso es poco decir. Alguien que siembra
esperanzas pero ahora cosecha reclamos. Al juicio de la historia le
corresponderá aclarar si la presidencia desilusionante de Fox se
explica por constricciones estructurales al margen de su
temperamento o si él mismo las exacerbó. Por miedo o flojera o
ausencia de audacia o falta de experiencia. Sea cual sea la
respuesta, termina su período como el hombre que no quiso ser rey y,
al pensar así, desperdició su presidencia.
El ex presidente Jorge Chabat
Una de las reglas no escritas del sistema político mexicano era que
los ex presidentes se iban a su casa y no hacían política. Otra
regla era que a los ex presidentes no se les perseguía
judicialmente, a pesar de los abusos que hubieran cometido. Ello, no
obstante, no era garantía de que su imagen iba a ser preservada.
De hecho, lo común era que una vez que abandonaban Los Pinos, los ex
presidentes eran criticados abiertamente por la opinión pública y
por los mismos presidentes en el poder.
La práctica de criticar a los ex presidentes se acentuó en la medida
en que los nuevos gobiernos necesitaban legitimarse. Así, Echeverría
hizo de la crítica a Gustavo Díaz Ordaz uno de los pilares de
legitimación de su gobierno. Lo mismo pasó con López Portillo y De
la Madrid. Incluso el encarcelamiento de algunas figuras clave del
sexenio anterior se convirtió también en una práctica común.
Paradójicamente, el gobierno de Fox, dado que llegó a la Presidencia
con una legitimidad sin precedentes, se pudo dar el lujo de
prescindir de estas formas de legitimación y, por primera vez en
muchos sexenios, no se persiguió a ninguna figura del gobierno
anterior: los peces gordos que iban a ser procesados nunca lo fueron
y al final Fox le apostó a la conciliación con el antiguo régimen a
cambio de un apoyo para realizar reformas estructurales que nunca
existió. Curiosamente, a pesar de ello, el encono contra el actual
Presidente de parte de los priístas y perredistas es muy grande.
Finalmente, el PRI ve a Vicente Fox como aquél que lo sacó de la
Presidencia de la República, probablemente para siempre, y el PRD lo
ve como aquél que le impidió llegar a dicha Presidencia. Esto es, a
pesar de que Fox les perdonó la vida a los políticos del gobierno
anterior, deja la Presidencia debilitado y con un encono que no
tiene muchos precedentes. En este contexto, ¿cuál es el futuro del
presidente Fox?
Es muy probable que algunas de las reglas del viejo sistema político
prevalezcan en el caso de Fox. Es difícil pensar que el presidente
Calderón inicie una persecución en contra de su antecesor a pesar de
las diferencias que existen entre ambos. Sin embargo, ello no cambia
el hecho de que Calderón llega a la Presidencia con un alto déficit
de legitimidad, en parte por el complicado proceso electoral, en el
cual el Presidente actual tuvo mucho que ver.
De hecho, tanto la aventura loca del desafuero como la no
intervención, o incluso aprobación, del proceso de designación de
los consejeros del IFE, fueron dos elementos fundamentales para
explicar la forma en que se desarrollaron las elecciones y el
espacio que tuvo López Obrador para poner en duda la credibilidad de
las mismas.
Asimismo, las constantes declaraciones de Fox a favor del candidato
panista, también tuvieron como resultado poner en duda el triunfo de
Calderón. Así pues, Calderón puede agradecerle a Fox la credibilidad
mermada con la que llega a la Presidencia.
Desde esta perspectiva, es claro que el presidente electo tendrá
menos margen de maniobra que Fox y que no se podrá dar el lujo de no
investigar los casos de abusos del gobierno anterior. Lo anterior no
significa que Calderón vaya a procesar a Fox, pero sí que no hará
mucho para impedir que la ley se aplique en caso de que surjan
abusos, lo cual no se puede descartar.
Por otro lado, es claro que la capacidad política de Fox para
proteger a su círculo cercano es bastante limitada. Vicente Fox no
es un político nato. De hecho, como se pudo apreciar en su gobierno,
eso de la política no se le da.
La lista de errores cometidos es bastante larga, y va desde el
desafuero hasta el fracaso del aeropuerto de Atenco, pasando por la
decisión de no perseguir a ningún funcionario del régimen anterior.
Como ya señalamos, estos errores le ganaron la animadversión de
propios y extraños: tanto el PRI, como el PRD y una parte del PAN no
ven bien a Fox aunque las razones sean diferentes en cada caso. Aquí
surge la pregunta inevitable: ¿quién va a defender a Fox cuando ya
no sea presidente? Y la verdad es que no vienen a la mente muchos
nombres. No van a ser los medios, tampoco el nuevo presidente, ni
siquiera los Amigos de Fox, muchos de los cuales son ya sus
enemigos. Lo mismo puede decirse de su círculo cercano: ¿quién va a
defender a su esposa Marta y a sus hijos de los ataques furibundos
que le lanzarán, que ya le están lanzando, los medios de
información? En fin, el panorama no parece nada halagüeño.
Al iniciar su sexenio Fox dijo que buscaba ser el "mejor presidente
en la historia de México". Eso, hoy por hoy, ya parece descartado
ante la evidente ineficiencia de su gobierno en muchos ámbitos de
acción. La pregunta ahora es si será el mejor ex presidente. Todo
indica que tampoco va a ser así.