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¡La
UNIÓN en defensa de la Industria Petrolera de México y por el respeto de los
derechos humanos y laborales del trabajador de confianza!
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Otro engaño: el petróleo
Fuente:
cronica.com.mx
(24/10/05)
( Pablo Hiriart )
Debajo del río de demagogia y frivolidad que pasa frente a nosotros
en esta precampaña, corre una verdadera tragedia nacional. Nos
estamos quedando sin petróleo.
De hecho, el próximo Presidente de la República será el último que
disponga de ingresos provenientes del petróleo. Y en una proporción
mucho menor a lo que deja el oro negro a las arcas del país en el
presente.
El petróleo en México se acaba en diez años.
Y el candidato que hasta ahora es el más fuerte para ganar la
Presidencia, López Obrador, lo quiere malbaratar: promete bajar el
precio del gas, de la gasolina y demás derivados del petróleo.
“En tres años dejaremos de importar gas y gasolina, y estos
productos, junto con la energía eléctrica, se venderán a precios
justos en el país y seremos competitivos en el mercado
internacional”, dice en el punto 22 de sus 50 compromisos.
De esa manera tal vez López Obrador gane la elección, pero va a
perder al país.
Su ignorancia sobre el tema es dramática, de ahí su demagogia y su
peligrosidad.
Si sus asesores se dieran la tarea de leer un par de documentos muy
sencillos, al menos podrían recomendarle que en el tema petrolero
guarde un prudente silencio.
El primero es el punto de acuerdo aprobado por todos los partidos,
impulsado en la Cámara de Diputados por el ex director de Pemex,
Francisco Rojas Gutiérrez.
Ahí se exhorta al presidente Fox a que envíe su proyecto de
recuperación de la industria petrolera, por una razón tan simple
como escalofriante: Petróleos Mexicanos está en quiebra técnica.
El otro documento es el reporte anual de Pemex elaborado para la
Securities Exchange Comission.
En esas páginas está expresado el colapso de la industria petrolera
en México.
Y se escribe así: en el año 2000 México tenía reservas petroleras
por 12 mil 300 millones de barriles.
Actualmente sólo quedan nueve mil 700 millones de barriles.
Es decir, como lo precisa el acuerdo multipartidista en la Junta de
Gobierno de la Cámara de Diputados, en el actual sexenio las
reservas han caído 26 por ciento.
En cuatro años hemos perdido la cuarta parte de nuestras reservas
petroleras y no se han repuesto.
Al ritmo actual de extracción, de tres millones de barriles al día,
la última gota de petróleo la sacaremos a finales del año 2014. O
sea, en poco menos de diez años.
Pero el problema no acaba ahí.
Pemex perdió todo su patrimonio. Sus activos valen 100 mil millones
de dólares. Pero debe 97 mil millones de dólares.
Aunado a ese cuadro tenemos la deuda no registrada en su balance,
que es la contenida en los famosos Pidiregas.
De acuerdo con el reporte enviado a la Securities Exchange Comission,
al inicio de esta administración Pemex tenía una deuda de cuatro mil
millones de dólares.
A estas alturas del sexenio la deuda en Pidiregas se ubica entre los
47 y los 50 mil millones de dólares.
En consecuencia, en los siguientes años Pemex va a tener que
comenzar a pagar las amortizaciones de esos créditos que no están en
su balance.
En el próximo y en los siguientes años van a ir creciendo los
pasivos acumulados por Pemex. Y el dinero para pagar tendrá que
salir de sus propios ingresos.
Eso quiere decir que los recursos que Petróleos Mexicanos aporta al
erario van a disminuir porque una buena parte tendrá que canalizarse
a pagar deuda de esa institución.
Así las cosas, en el siguiente sexenio tendremos un círculo
perverso. Por una parte, el Estado va a dejar de recibir dinero de
Pemex. Por otra parte, Pemex va a empezar a declinar en su
producción porque no se han explorado nuevas reservas.
No ha habido exploración en aguas profundas, donde supuestamente
podría haber nuevos yacimientos, porque a Pemex lo han dejado sin
dinero para esas nuevas exploraciones.
En la actualidad el dinero que debería canalizarse a la reposición
de reservas petroleras se va al fisco para solventar el gasto de la
federación. Pero esas aportaciones van a disminuir sensiblemente
porque Pemex tendrá que pagar deuda.
De ese tamaño es la gravedad en que se encuentra la industria
petrolera nacional.
Y ante ese panorama, el candidato presidencial López Obrador promete
bajar los precios de las gasolinas y dar baratos todos los
combustibles.
O sea, propone seguir sangrando a esa generosísima institución...
ahora que sólo tenemos petróleo para diez años.
Ahora que Pemex está quebrado.
Y ahora que los precios internacionales del petróleo y sus derivados
están a la alza porque la demanda es mucha y la oferta es incierta.
Mayor irresponsabilidad, imposible.
Pero no es sólo ése el dilema que plantea la crisis petrolera que
viene.
Tenemos una estabilidad macroeconómica importante que se va a ver
afectada porque el Estado no va a sostener el nivel de ingresos
actual por concepto del petróleo.
Por lógica, cuando se deteriore el ingreso petrolero se van a
deteriorar también las finanzas públicas. Y eso está a la vuelta de
la esquina.
¿Qué va a hacer el próximo gobierno para enfrentar la merma de sus
ingresos?
Hay dos caminos, que ya hemos recorrido de manera penosa en nuestra
historia: ampliar el déficit o recortar el gasto.
Es la vuelta a la tragedia de finales de los años 70 y los 80, que
tanta admiración le provocan al candidato López Obrador.
También existe otro camino para enfrentar esa ausencia de recursos
para alimentar el presupuesto. Ese otro camino es una reforma fiscal
de emergencia.
Por su carácter de emergencia será una reforma fiscal mucho más
costosa que la que se desechó en el Congreso hace poco más de un
año.
Esa reforma era planeada. Los recursos que le hubiera permitido
captar al fisco por esa vía liberaban a Pemex para usar sus ingresos
en inversión, en exploración y reposición de reservas.
Pero como nada de eso se hizo, y como a Pemex se le ha dejado en los
huesos, lo que vamos a tener en el siguiente sexenio es una reforma
fiscal para tapar un enorme hoyo, y no una reforma para prevenir
como era la que se desechó.
Para decirlo coloquialmente, vamos a tener una “operación de
caballo” a fin de empezar a sortear la crisis que se avecina por el
flanco petrolero.
Y según lo que apuntan los expertos, una crisis de origen petrolero
es mucho más complicada de remontar que una crisis financiera como
fue la de 1995.
Las crisis financieras se superan con dinero. En el 95, Estados
Unidos nos abrió una línea de crédito multimillonaria y el Tratado
de Libre Comercio trajo dinero como nunca antes por la vía
comercial.
Pero una crisis originada por el petróleo no se resuelve únicamente
con dinero.
El petróleo tiene su ciclo, toma tiempo: explorar, descubrir,
desarrollar pozos, extraer. Eso tarda entre ocho y diez años aunque
se tenga el dinero en la mano para hacerlo.
Por encima de la racionalidad de ese ciclo, López Obrador propone,
en su compromiso 22: “En tres años dejaremos de importar gas y
gasolina”, sin recurrir a esquemas de privatización “en las
industrias eléctrica y petrolera”, y sin aumentar impuestos.
Con sus propuestas de bajar precios a los combustibles y seguir
sangrando a Pemex sin una reforma fiscal que compense la pérdida de
ingresos por esa vía, López Obrador va a ganar muchos votos.
Propone un mundo ideal. Pero es un engaño.
Así es posible que gane las elecciones, porque esos argumentos sin
información suelen gustar.
Pero vamos a perder al país y habremos dilapidado sin remedio lo que
nos queda de la riqueza petrolera.

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