A la mitad del Foro
León García Soler
El dulce encanto de la oligarquía
Fuente:
jornada.unam.mx
(22/10/07)
• Lázaro Cárdenas del
Río, expropiador Foto: Archivo La Jornada Llegó a noventa dólares el
precio del barril de crudo. Son catorce millones cuatrocientos mil
los mexicanos hundidos en la pobreza alimentaria. Los que se
acuestan con hambre y se levantan con hambre, dicen los organismos
financieros de la globalidad que dieron la receta y hoy urgen al
paciente para que busque un antídoto.
Noventa dólares y vuela rumbo a los cien por barril. Mientras sus
mercenarios protegen a los contratistas en Irak, en Washington
hablan de la amenaza de terrorismo nuclear y exponen sus planes para
bombardear Irán. De Rusia llega Putin a Teherán a formalizar la
alianza regional y petrolera del Caspio. Pero la presión de la
demanda de energía que no cesa en China y la India es mayor que la
incertidumbre geopolítica. A pesar de que las tropas de Turquía
incursionan en el norte de Irak para combatir a los independentistas
kurdos. A pesar de la desestabilización de Pakistán y el retorno de
los señores de la guerra a Afganistán, donde mandan los talibán y
los cultivadores de amapola, mientras las fuerzas de ocupación vagan
sin rumbo. Volvió Benazir Bhutto del destierro y un atentado cobró
la vida de 139 personas de entre la multitud que la recibió en
Karachi.
Todo en nombre de la democracia sinónimo de capitalismo; del Nuevo
Orden Mundial; del libre mercado que sirve de mampara a las
tendencias monopólicas y a la más brutal concentración de riqueza de
que se tenga memoria. La América nuestra es, para vergüenza de las
clases dirigentes recicladas y entremezcladas por la transición en
presente continuo, la región de la Tierra en la que es mayor la
desigualdad. Pero Brasil, Argentina, Chile, Bolivia, Venezuela,
entre otros, rechazaron el yugo de la austeridad paralizante y la
incontenible concentración de la riqueza generada por la economía
del mercado. En México lamemos la coyunda del consenso de Washington
y mientras Paco Gil goza la beatitud del cero déficit, el veinte por
ciento que obtiene el ochenta por ciento de la riqueza generada por
todos, vive el dulce encanto de la oligarquía.
Nuevo régimen fiscal para Pemex, dicen. Nuevo federalismo en el que
el reparto de los excedentes petroleros sustenta la reforma fiscal,
en la que las entidades federativas son “las grandes ganadoras”.
Esto dijo Felipe Calderón en Manzanillo, Colima, el Puerto Viejo
donde se reunió la Conago: los estados recibirán 45 mil millones de
pesos de los 127 mil millones adicionales considerados en el
presupuesto de 2008. Una vez que se apruebe. Porque en San Lázaro no
hubo quórum debido al tradicional recurso parlamentario de abandonar
la sesión, a cargo de la bancada del PRD. Por lo pronto, entre
sonrisas y voluntades expresas de colaboración plural, los “grandes
ganadores” recordaron que no se ha distribuido algo más de 30 mil
millones de pesos de excedentes petroleros correspondientes a los
últimos años del sexenio de Vicente Fox.
Treinta mil millones a sumar al fondo perdido de los miles de
millones de dólares que ingresaron al fisco vía ordeña de Pemex en
el establo que les escrituró la alternancia. Y que se diluyeron en
el gasto corriente. Ni un peso en obras de infraestructura,
escuelas, carreteras, hospitales, restauración de los sistemas de
riego abandonados por los que se fuga el 80 por ciento del agua,
libre o no de contaminación. Ni un peso para invertir en
mantenimiento, en exploración, explotación de nuevos campos
petroleros, ya no digamos en refinerías cuya construcción se ha
pospuesto durante lustros, mientras crecían demanda y consumo y
llegamos a importar gasolinas. Según algunos estudiosos, no todos
partidarios del inmovilismo que condujera a la imposible
privatización, en diez años podríamos convertirnos en importadores
de crudo.
A 100 dólares por barril. Pero México sigue sin rumbo, atado al
timón fijo de la tecnocracia timorata; la de la inversión diferida a
nombre de la disciplina fiscal, o porque rebasaría los sacrosantos
“techos fiscales” y nos condenaría a una espiral inflacionaria
vertiginosa, incontenible, capaz de dificultar la competitividad
rentista de nuestras cúpulas empresariales y ensombrecer el dulce
encanto de la burguesía. Gloria a Gil en el insondable cero déficit.
Y el premio de ministro de Finanzas del año para Agustín Carstens,
seguramente por la inesperada habilidad de los juegos de
birlibirloque en una reforma fiscal que no cobra un centavo más a
los que más ganan, no acomete a los molinos de viento del impuesto
sobre la renta progresivo, pero asegura mayores ingresos con el
tributo empresarial prepagado, con lo que casi recuperaría en cinco
o seis años el 3 por ciento que dejará de ingresar en un año con el
nuevo régimen fiscal de Pemex.
País petrolero. Nunca como ahora, causa de optimismo, instrumento
formidable para enfrentar el reto de generar y distribuir riqueza.
Pero en plena euforia de transparencia oficial, pareciera tenderse
un lente opaco sobre el sector energético; sobre Pemex y el papel
fundamental que habrá de desempeñar en el logro de los planes de
gobierno y los objetivos del Estado mexicano. La Secretaría de
Energía trabaja en monacal discreción, con humildad franciscana, se
diría. Aunque hay presencia firme y accionar constante en la
Comisión Federal de Electricidad; quizás porque genera la única
energía que no puede almacenarse; o porque los agoreros del
fatalismo zedillista toparon con una empresa de Estado cuyos
servicios llegan a más del 90 por ciento de la población.
La conspiración del silencio en torno a Pemex cede ante los
estallidos de bombas en los ductos de gas. Dan voz a una guerrilla
que reivindica los atentados y demanda la presentación de dos de sus
integrantes; desaparecidos, dicen, por las fuerzas del orden. La
tímida discreción oficial contrasta con el sonido y la furia de las
denuncias sobre el influyentismo de la familia del ex presidente
Vicente Fox, quien promueve en la televisión de Estados Unidos su
autobiografía y su proyecto de liderazgo mundial de la ultraderecha
velada de la antigua democracia cristiana. No hacen falta fiscales
especiales, ni comités de salud pública. El de San Cristóbal
Potemkin se basta solo para exhibir el vacío, la prepotencia
intolerante de quien se alzó con el poder y nunca supo que no era
por mandato divino. No cayó una pobre estatua, se desplomó un
colosal engaño.
De petróleo hablaba. El viernes se conmemoró el 37 aniversario de la
muerte del gran expropiador, de “Lázaro Cárdenas, general de
América”. En el Monumento a la Revolución, como cada año, Cuauhtémoc
Cárdenas Solórzano depositó una ofrenda floral ante el mausoleo. Con
él, su madre, su esposa, sus hijos y algunos amigos. Ningún
dirigente del PRD. De espaldas a la historia, agobiados por el
servilismo, se imaginan actores de una épica revolucionaria y son
partiquinos de una disputa sin sentido: pecado de lesa majestad de
Cuauhtémoc Cárdenas al decir “que hay un gobierno, que está tomando
decisiones, que tiene secretarios de Estado, que firma decretos, que
cobra impuestos y (le) parece que esta es una realidad que no puede
desconocerse.”
Frente a un socavón de la ciudad que se hunde bajo sus pies, Marcelo
Ebrard pontifica: “Las declaraciones de Cuauhtémoc Cárdenas
simplemente reflejan su altura política”.
La expectativa, unto del sistema. Frente o atrás del espejo, el
dulce encanto de la oligarquía.